Ignacio Betancourt
Lo terrible de un país como México es que sus políticos y sus funcionarios gubernamentales y empresariales, en su inmensa mayoría, sólo se dedican a medrar (hurtar, criminalizar la protesta social, etcétera), nunca a servir a la población, que es para lo que ésta les paga (ya han pasado tres años sin que aparezcan los 43 estudiantes de Ayotzinapa).
La sociedad civil mexicana coexiste fracturada, claramente dividida y separada. Población (ciento veinte millones de habitantes) y clase política y grandes empresarios, un ínfimo grupúsculo de unos cuantos miles de encorbatados que han convertido a la política y a las grandes empresas en un simple pretexto para explotar y enriquecerse sin límite. Lo podemos ver en la reciente tragedia de los terremotos, en donde partidos, funcionarios y políticos se empeñan de mil maneras en convertir en pordiosera a la población damnificada. La ayudan porque son “muy caritativos” pero no por obligación, siguen usando al ciudadano como siempre lo han hecho, sólo para la foto publicitaria y sentimentaloide.
No es gratuito que la población afectada haya comenzado a expulsar de sus colonias y sus comunidades a todo tipo de funcionarios, incluido el llamado presidente de la república y los integrantes de su gabinete. Un claro ejemplo de cinismo lo constituye Miguel Mancera en la ciudad de México, cuando dice que apoyará a los damnificados con ayudas de “no más de ochenta mil pesos”. Pero ojo, un peso es también “no más de ochenta mil”.
Lorenzo Meyer escribió hace algún tiempo en un ensayo titulado “La institucionalización del nuevo régimen”: El examen del proceso político mexicano postrevolucionario lleva a anotar el hecho de que los grupos sociales organizados, rara vez tuvieron la capacidad de formular y presentar iniciativas políticas significativas, ni de presionar para su ejecución. Lo creo. Históricamente la población mexicana ha sido vulnerable a las peores atrocidades por parte de quienes la gobiernan; se ha generado una especie de nefasta tradición de impunidad para los abusos, lo que en estos tiempos ya resulta disfuncional, por no decir insoportable.
El cinismo de políticos, partidos y funcionarios de toda laya que ya ni la burla perdonan, aprovechan actualmente la tragedia que padece la población, y presurosos siguen comportándose como hace cincuenta años, acudiendo a los lugares destruidos (no sólo por la naturaleza sino por la corrupción permitida por los gobernantes) para con toda desvergüenza fotografiarse con las víctimas al mismo tiempo de que no se cansan de prometer soluciones que nunca se concretan. Así habrá de irles en las próximas elecciones de 2018.





