Emir Olivares Alonso, enviado
Pekín. El descenso de la serpiente emplumada en el templo de Kukulcán, en Chichen Itzá –en los equinoccios de primavera y otoño– es una de las imágenes que más sorprenden a la gente de este lado del mundo.
El impacto no sólo se debe a la precisión astronómica de los antiguos mayas, sino a su parecido con otro ser mítico alabado a miles de kilómetros de distancia: el milenario dragón chino.
Ese paralelismo se muestra en Maíz-oro-jaguar: Gran exposición de las antiguas civilizaciones maya y andina, que tras dos años de negociaciones entre autoridades culturales de China, México y Perú, se exhibe en el Museo de la Capital, el segundo más importante en esta ciudad.
La muestra, a cargo de la Administración Municipal de Patrimonio de Pekín, se conforma de más de 800 piezas, 384 de ellas mexicanas. Está abierta al público desde el pasado 18 de mayo y permanecerá hasta el 18 de octubre.
Los organizadores aseguran que se trata de la exposición internacional “más ambiciosa y de mayor escala” en los cerca de 10 años de historia del museo. Ha recibido hasta ahora cerca de 80 mil visitantes.
En dos extremos del mundo antiguo florecieron a la par tres grandes civilizaciones: china, maya e inca. Aun cuando no existe consenso académico sobre una relación histórica entre ellas, varios expertos han hallado algunas coincidencias en sus cosmovisiones.
A lo largo del recorrido museográfico, los visitantes pueden descubrir los avances de las dos culturas precolombinas, su forma de organización, sus contribuciones científicas y agrícolas y, también, los paralelismos con el pasado chino.
Rasgos análogos
La profesora de la carrera de doble especialidad inglés-español de la Universidad de Lengua y Cultura de Pekín, Zhou Sirui, apunta que aun cuando la civilización china se asentó a miles de kilómetros de las antiguas culturas americanas, éstas “comparten numerosos rasgos análogos en múltiples aspectos”.
Detalla que elementos culturales de la antigua China como el dragón (long) y el fénix (feng) –vigentes en la China moderna– tienen mayores semejanzas con la visión que las civilizaciones prehispánicas daban a Quetzalcóatl (Kukulkán) y al quetzal, la cual difiere del significado que el mundo occidental, en particular Europa, dio a esos seres mitológicos.
En información ofrecida por los organizadores se asienta que ya en los años 60 del siglo pasado, el antropólogo Kwang-chih Chang formuló la hipótesis del “continuo civilizacional” sino-maya, que apunta a los paralelismos entre ambas cosmovisiones.
La exhibición se divide en tres fases: la primera, dedicada a los mayas, con 224 piezas del Instituto Nacional de Antropología e Historia del periodo Clásico de esa civilización (300-800 antes de nuestra era), alusivas a su legado histórico, artístico y cosmogónico.
En el centro de la sala, varias luces neón forman el contorno de una réplica tridimensional a escala del templo de Kukulcán. En su interior se expone una de las piezas más buscadas: la máscara de jade de Calakmul.
Hay también incensarios, vasijas adornadas, grabados y grandes esculturas, como El sostenedor del cielo, “auténticas reliquias provenientes del otro lado del planeta”.
Los curadores hicieron especial énfasis en el árbol sagrado: la ceiba (yaaxché), centro de la cosmovisión maya, que abarca y comunica tres planos: el superior (mundo espiritual), el intermedio (el terrenal) y el inframundo o Xibalbá, que se funden a cada descenso de Kukulcán.
El legado astronómico, matemático y arquitectónico de esa antigua cultura es parte central de la exposición. El dominio en la siembra de la milpa, la precisión de sus calendarios y el legado que constituye la creación del número cero son también elementos que los visitantes conocen con asombro.
“El maíz fue uno de los cultivos fundamentales de la civilización maya. En sus mitos de creación, los seres humanos fueron moldeados con masa de maíz, por lo que los mayas se denominaban a sí mismos ‘hijos del maíz’”, explica Shao Xinxin, curador de la exhibición e investigador del Museo de la Capital.
Recuerda que el periodo Clásico de la civilización maya coincide aproximadamente con el final de la dinastía Han hasta la dinastía Sui y Tang en China.
Azucena Cardoso, encargada de Asuntos de Cultura y Promoción de Turismo en la embajada de México en China, sostiene por separado que hay mucho interés de los ciudadanos de ese país por la cultura mexicana, en este caso, por los mayas.
“Nuestro objetivo es traer más y exponer no sólo sobre esa civilización, sino mostrar que hubo muchas más, como la olmeca, la zapoteca, la mexica”, sostiene al adelantar que en las próximas semanas se abrirá una muestra más sobre culturas originarias mexicanas en Shanghái.
Las piezas salieron del país con apego a la Ley de Monumentos y tras un recorrido por varios puntos del planeta, Pekín será el último, y regresarán a territorio nacional.
La segunda sala está dedicada al legado de la cultura inca. Elemento central en la exposición andina es el oro, mineral sagrado para esa cosmovisión. La curadora fue la experta Zhao Yazhuo.
La pieza más emblemática traída de Perú es una diadema de oro de la cultura mochica, la cual “constituye una obra cumbre de la metalurgia andina”.
En su centro figura un rostro con rasgos felinos y ojos incrustados con piedras de crisocola y láminas de oro; su boca tiene colmillos hechos de conchas de turbante y alrededor del rostro ocho tentáculos, cuyos extremos adoptan la forma de criaturas mitológicas parecidas al siluro.
De acuerdo con los expertos, los ornamentos, piezas de ceremonial y funerarias de la nobleza mochica –que incluyen tocados, máscaras, adornos nasales, pendientes auriculares, pectorales, sonajeros y cetros– simbolizaban su estatus secular y jerarquía teocrática.
Aportación de la UNAM
En el tercer nivel se exponen 160 piezas y elementos aportados por la Universidad Nacional Autónoma de México, que salen del país por primera vez. Está dedicado a la relación entre las culturas mesoamericanas con animales como el jaguar, el quetzal, el perro, los reptiles y el guajolote.
“El jaguar, felino exclusivo del continente americano, es un tótem sagrado y símbolo de poder venerado tanto por los mayas como por los pueblos andinos. En la cosmovisión maya, es la encarnación del sol: durante el día, ese astro ilumina el mundo de los vivos, pero al caer la noche, se transforma en un jaguar moteado que desciende al inframundo. Al transitar por los tres planos del universo, el jaguar simboliza tanto la muerte y el caos como la esperanza del renacimiento”, se expone.
Esta parte de la muestra se enfoca a un público más joven, nativos digitales, por lo que incorpora inteligencia artificial, herramientas digitales y experiencias de realidad virtual.
La subdirectora del Museo de la Capital, Tan Xiaoling, afirma que la civilización china entabla un diálogo cercano con las civilizaciones maya y andina en los espacios expositivos del museo, con el fin de generar una resonancia espiritual en los visitantes.
Los organizadores destacan la recepción que el público ha dado a la muestra y confían que en el periodo vacacional de verano –mediados de julio a inicios de septiembre– la asistencia se triplique.
Consultada por La Jornada, la profesora Zhou insiste: “En China, el dragón es un símbolo supremo del poder celestial. Refiere a la prosperidad climática, a la lluvia oportuna y la fertilidad de la tierra. El fénix es la contraparte masculina del dragón, simboliza la paz social, la renovación y el renacimiento. La pareja de dragón y fénix representan la armonía entre el yin y el yang, la prosperidad total y la felicidad suprema”.
Para la cosmovisión maya –y de otras civilizaciones originarias de México– en cambio, la serpiente emplumada es el ser mitológico que conecta el cielo con la tierra. Creían también en la existencia de pares opuestos, complementarios e inseparables, que constituyen la esencia de todo: vida y muerte, masculino y femenino, luz y oscuridad.
El legado de esas culturas hoy es patente. Sendas edificaciones forman parte de las llamadas Siete Maravillas del Mundo Moderno: la Gran Muralla (China), Machu Pi-cchu (inca) y Chichen Itzá (maya).





