Luis Ricardo Guerrero Romero
Ya se habían acostumbrado a soñar juntos y dormir separados, toda circunstancia era el relevo de la otra. Desde luego, dos casas distintas ocasionan dos cosas distintas. Sin embargo, se sentían, se pensaban, se amaban, se desdeñan en una realidad paupérrima de amor. Pero las mañanas son diferentes, momentos de llegar a la realidad, espacios en los que nuevamente ellos eran eros y viceversa. Ambos con la libertad de no ser un compromiso. Otra vez y otra mañana se rebelan ante sí, ante nosotros, ante ustedes, ante ellos. Nada que le exija al uno o al otro, nada de verte aquí o allá a una hora con la cotidianeidad de los esposos, aunque también nada de ficción o de hacerse pasar por los amantes responsables en lo que dura la vejez. Sencillamente él era tú, y ella era ella. Quizás todo podía pasar sin irremediable desconsuelo, es decir, me refiero al abatimiento que se vive cuando en realidad se está muriendo, porque el tiempo pasa y la bruma de un deseo se conserva cual sagrado retrato roto, emblemática canción gastada, adorable silencio seco. ¿De verdad sólo había bruma?, o más bien que sus vidas están selladas con la niebla, o mejor dicho con una neblina enamorada que se aclimata con el calor de dos cuerpos prendados.
Es el día XIV (quattuordecim) del mes de febrero, y entre ellos sienten de todo, sin haber ocurrido nada.
Las historias de los enamorados en estas épocas parecen estar tan lejos de lo que uno en su adolescencia concibió. Mientras impera la digitalización del amor, sedente ve desde su trono la rutina embelesada. Basta hoy para los concupiscibles una billetera llena, un coche cómodo, un pedazo de tierra, o unas ganas de sexo-genitalidad para decirse te amo. Es común, pero es no normal, es opaco el sentimiento, pero no es abrumador… De eso último nos habremos de ocupar.
Las palabras abrumador, abrumante, brumal son algunos exiguos derivados de nuestro sustantivo: bruma. Que si bien es cierto cada día nos visita, a diferencia de la niebla y la neblina, podemos decir, según los expertos meteorólogos, siempre hay bruma en el ambiente —a causa de las moléculas con higroscopicidad— o sea, todos los días son abrumadores científicamente. Pero en el anterior relato no es así, sino que sólo entre esos amantes —los que son capaces de amar, pues eso significa la palabra, así como el caminante, es el capaz de caminar—, hay cierta bruma, es decir hay brevedad, pero también hay tiempos invernales. La etimología de bruma nos indiaca aquel periodo del solsticio de invierno en que había una capa húmeda en el ambiente, pero éste era un periodo breve (de allí su origen más remoto) en aquellos ayeres.
Además, bruma se puede tomar en otros sentidos, como lo hace con maestría Rubén Darío en “Tarde del trópico”: Los violines de la bruma / saludan al sol que muere. / Salmodia la blanca espuma: miserere. La blanca espuma, aquello que es de por sí efímero, le canta al sol su muerte. Hoy son los catorce días del mes de febrero y bruma sigue siendo una palabra grave y femenina.





