Armando G. Tejeda
A las 12:30 horas de la mañana España se apagó por completo: la red eléctrica dejó de funcionar, los sistemas de telefonía no respondían y sólo algunos lo hacían de forma irregular, y hasta el agua empezó a escasear por la perdida de potencia de las bombas que permiten trasladar el líquido a los hogares. Lo que parecía que sería una cosa de minutos se convirtió en el apagón masivo más largo de la historia reciente del país, en el que después de casi nueve horas se empezaron a recuperar los servicios de electricidad en la mayor parte del país. En Madrid las casas se volvieron a iluminar cerca de las diez de la noche.
A la espera de conocer los motivos del apagón masivo, que también afectó a Francia y Portugal, los responsables del servicio pública de abastecimiento de electricidad en España, Red Eléctrica, sopesan la hipótesis de que el origen del fallo masivo fue “una fuerte oscilación de los flujos de potencia acompañados de una pérdida de generación muy importante. Es decir un grave desequilibrio entre generación y demanda” que provocó que el sistema “colapsara”, según señaló Eduardo Prieto, director de servicios para la operación.
Pero el presidente del gobierno español, el socialista Pedro Sánchez, que compareció cinco horas después de ocurrido el apagón, no confirmó ninguna hipótesis concreta y anunció que se investigarán las posibles causa, “sin descartar ninguna”, incluidos unos rumores que se fueron propagando con rapidez que apuntaban a un supuesto ciberataque o a las consecuencias de un fenómeno atmosférico.
Poco a poco, casi nueve horas después, el país y sobre todo las grandes ciudades, como Madrid y Barcelona, empiezan a recuperar la normalidad después de una jornada de caos, en la que muchas personas tuvieron que volver de sus centros escolares o de sus puestos de trabajo como pudieron, la mayoría a pie, ya que los servicios de trenes y metro se suspendieron y los autobuses estaban saturados. Además del grave trastorno de tráfico que provocó el apagón, al no haber semáforos, lo que provocó que en muchas calles voluntarios ataviados con un chaleco amarillo se pusieran a controlar la circulación.







