Ricardo Bravo
Pocas cosas le pudieron caer mejor a la estrategia política del pánico que las imágenes de miles de migrantes marroquíes rompiendo el cerco fronterizo, tanto por mar como por tierra, en busca de oportunidades en territorio español. Tan “ni mandado a hacer”, que existe suspicacia sobre quién orquestó lo que parece un muy bien coordinado movimiento de miles de personas, en donde, debe decirse y subrayarse para que la narrativa de pánico no robe el foco, murieron muchas personas: seres humanos desesperados por la falta de oportunidades.
Hay hechos: la cercanía del rey marroquí con Donald Trump, la animadversión del estrambótico presidente hacia uno de los únicos gobiernos de izquierda en Europa y, más específicamente, la oposición estadunidense a las políticas “permisivas” de España hacia los migrantes. Pero yo no entro en el mercado de las predicciones. Más de mi interés, independientemente de si hay o no un orquestador de la tragedia, es su utilización en el ámbito político para la retórica de la ultraderecha. Y es que la estrategia de la ultraderecha hoy en día es puro pánico.
Es por todos sabido, los sentimientos son un arma imprescindible en la política. Imprescindible, no porque no se pueda hacer política sin sentimientos, sino porque venden muy bien; porque sería muy difícil ganar electoralmente sin ellos. Y hay sentimientos que se vale que acompañen a la política: la esperanza, la solidaridad. Pero el pánico rara vez es un buen compañero. Porque las mejores decisiones colectivas se toman con cabeza fría, de manera racional, deliberando con los demás, encontrando puntos en común y puliendo la idea original. El pánico es antitético a esa forma de tomar decisiones; nos llena de alerta y de urgencia; hay que decidir rápido, como sea, o estamos acabados.
Y no es que no haya cosas por las que estar preocupados, muy preocupados, y que no se deba nunca levantar la voz política para mostrar la urgencia de algunas de ellas. ¡El agua, nos la estamos acabando! ¡Cada año es más caliente, o con más lluvia donde nunca, o con más fenómenos naturales nunca vistos! ¡Estamos en un punto de no retorno! (Curioso, el fenómeno para el que el pánico podría ser más justificable es el que la ultraderecha niega). Pero, en general, el uso del pánico para una plataforma política tiene siempre algo de engañoso. Trump nos marcó la línea desde su primer mandato. Son los mexicanos, los migrantes, los que le están quitando a ese país su grandeza. No lo harán grande de nuevo a menos que se deshagan de los migrantes.
Por eso Ceuta cae como anillo al dedo. Porque Europa adolece del mismo padecimiento y le espera el mismo destino que a los Estados Unidos si no hacen algo ¡RÁPIDO! Las imágenes son, desde donde se vean, impresionantes. Pero se les pueden dar muchas interpretaciones. La que más gana terreno en los medios: una invasión. El mejor representante de la visión, con su característico buen gusto, es Elon Musk, quien equipara la tragedia con una escena de la película Guerra Mundial Z en la que unos zombis apiñados unos sobre otros toman una ciudad amurallada. Musk gusta de este tipo de puntadas. Acepta no haber visitado Londres en varios años, pero asegura que la ciudad es más musulmana que Karachi o Yakarta (no lo dice como un cumplido).
El problema con esa interpretación es cuando se hace zoom a las imágenes, por ejemplo, al bebé que pusieron en un flotador para que llegara al otro lado, que fue rescatado por una persona de la Cruz Roja. ¿Buena idea? Estamos de acuerdo, no lo es. ¿Irracional? Sé que algunos se inclinarán a decir que sí, pero ¿ustedes saben de qué vienen huyendo? Y esa es la otra interpretación, la de una tragedia. El de miles de personas dispuestas a arriesgar su vida y a poner a sus bebés en flotadores en el mar, porque piensan que esa es la mejor opción que les queda. Y entonces, más que pánico, la respuesta es compunción, lástima y, por qué no, vergüenza propia.
El pánico, la interpretación de la migración como invasión, es una estrategia política que se exporta sin importar contextos. Para reír: el presidente de Argentina publicó un decreto que otorga facultades extraordinarias a su gobierno para expulsar migrantes. Un país, con baja migración, legal prácticamente toda, con flujos que no han variado en décadas, habla de migración como si fuera un tema de la coyuntura argentina. No les sorprenda si el tema se importa también a nuestro país. De antemano: según la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica, con datos de 2023, vivían en México menos de 1 millón de personas extranjeras, es decir, menos del 1% de la población total. Difícil pintar la idea de una invasión… Y luego vale pensar dos veces la estrategia, porque el discurso del pánico migratorio se aplica a los países occidentales o, como les gusta a los guerreros de la batalla cultural, a la civilización judeocristiana. ¿Están seguros de que nos están incluyendo en el paquete? No sé, me suena a que la preocupación de los Estados Unidos por la migración mexicana muestra que nos consideran más mexicas o toltecas.
La política del pánico de la ultraderecha va más allá del tema migratorio. ¡Tan solo alcen la vista y miren hacia todos lados!
«Los therians, sí, los therians, son quienes destruirán a la humanidad».
«La separación de los baños es un tema de vida o muerte».
«El feminismo acabará con la familia».
Todos ellos, vaticinios vacíos, para conservar las cosas como están. Porque: “¿Para qué moverle, si estamos bien?”. ¿Quiénes estamos? ¿Todos? Antes dijeron que aumentar el salario mínimo, para que a la gente le alcanzara para comer, desestabilizaría la economía. O que si las mujeres utilizaban minifaldas, se acabaría el deseo. O que los matrimonios homosexuales destruirían la familia y la institución del matrimonio. Según el Inegi, en 2024, los matrimonios del mismo sexo representaron el 1.2% de los matrimonios en el país. Por eso se peleaban entonces… dándose golpes de pecho. “¿Para qué moverle, si estamos bien?” El matrimonio sigue siendo el mismo, pero tenemos 6,312 familias que en 2024 fueron tratadas como se debe, como iguales. Para mí que el pánico va casi siempre en dirección equivocada.





