david pérez

Al final de un partido flojo, la tribuna silba. «Buuu». Pero antes y en repetidas ocasiones, un sector dirigió un grito homofóbico a un jugador.

Sonoramente son muy difíciles de confundir; éticamente están en planetas distintos. El futbol mexicano —y sus comunicadores— meten ambos actos en la misma bolsa, «son cosas de la pasión», afirman. No. Abuchear un rendimiento no es lo mismo que agredir la dignidad de una persona. Y las consecuencias no sólo son éticas, son deportivas y legales.

La prensa y los jugadores centraron el debate en los abucheos que recibió la selección mexicana de futbol varonil.

Jugadores experimentados y con carrera en el futbol inglés se quejaron abiertamente por los abucheos de su propia afición pero ninguno se atrevió a solicitar al árbitro que activara el protocolo de la FIFA cuando un sector amplio de la afición lanzó un grito homofóbico sobre uno de sus compañeros de profesión.

Escribo contra el comodín que pretende equiparar todo lo que sale de la grada con «libertad de expresión». Abuchear a un equipo por el marcador o el desempeño es crítica colectiva al espectáculo; dirigir un grito homofóbico a un jugador es discriminación contra una persona o grupo. Lo primero cabe en el disenso; lo segundo debe activar protocolos, sanciones y daños que trasciendan el espectáculo.

Elementos que necesitan ser tratados diferente:

Objeto del acto

Abucheo: va directo al desempeño (mal partido, mala gestión táctica, mala puntería, etcétera).

Grito homofóbico: va a la identidad (real o atribuida) de una persona/grupo. No cuestiona cómo se juega, deshumaniza.

Condición jurídica

Abucheo: amparado por libertad de expresión (con límites de orden público).

Discriminación: restringida por estándares internacionales (ICCPR, art. 20.2) y códigos deportivos específicos. Ninguna expresión está protegida cuando es incitación al odio o trato degradante.

Respuesta reglamentaria

Con el abucheo: el juego sigue.

Con el grito homofóbico/racista: aunque no lo pareciera existen protocolos de tres pasos (parar, suspender, abandonar el partido) y sanciones que van de multas a cierres de estadio y perder el partido. FIFA y UEFA lo establecen con claridad en sus reglamentos, es decir, en el papel; incluso la FIFA ha endurecido además el Código Disciplinario.

Daño causado

Abucheo: incomoda, presiona, pero se inscribe en el juego. Por las declaraciones de Raúl Jiménez y Edson Álvarez, parece que los abucheos en Torreón les incomodaron demasiado.

Discriminación: lesiona derechos, produce daño psicosocial y multiplica riesgos de violencia dentro y fuera del estadio.

Algunas consecuencias

México ya pagó la cuenta y no aprende. Por el grito homofóbico, la FMF ha sido multada y castigada; FIFA ha advertido escenarios de pérdida de puntos o exclusión si hay reincidencia. No es folklore, es sanción que para sorpresa de nadie no erradica la problemática.

Europa tiene manual y precedentes. En UEFA, si el insulto persiste tras advertencia, el árbitro abandona el partido y el equipo responsable puede perder por 3-0. Inglaterra, Francia, Rumanía, Serbia… la lista de casos y multas es larga. Los capitanes han declarado que aplicarán el protocolo si es necesario.

FIFA va por sanciones obligatorias. En 2024 propuso que todas las federaciones adopten penalizaciones automáticas, incluida la derrota por incomparecencia, además de impulsar el reconocimiento del racismo como delito en los estados miembros. La señal es inequívoca: la discriminación no compite con la libertad de expresión; la anula.

«Pero todo es pasión». Contra algunas de las objeciones

— «El estadio es catarsis, hay que aguantar».

La catarsis no es licencia para dañar. El propio reglamento diferencia entre disenso (abucheo) y odio (insulto a identidad). Parar un partido no “mata” la pasión; protege a quienes la hacen posible.

— «Es cultura popular; el grito no va con mala intención».

La intención no borra el impacto. Los estudios sobre abuso y odio muestran efectos persistentes en el rendimiento y la salud mental de atletas. Además, las cámaras amplifican y legitiman, lo que empieza «de broma» termina normalizando violencia.

— «Censuran al aficionado».

No. Se sanciona un acto que vulnera derechos y reglamentos aceptados por clubes y federaciones. La misma FIFA forma a árbitros, personal y seguridad en el gesto antidiscriminación y el procedimiento de tres pasos. Todo sigue sin funcionar en México.

Lo común no se sostiene solo por los afectos, como pasa en la afición a un equipo de futbol, sino por los hábitos. También en un estadio la política empieza cuando el otro aparece como alguien con el que me identifico o alguien al que convierto objeto de mi intolerancia o mi odio.

Permitir que el insulto a una minoría se disfrace de “tradición” erosiona el estándar civil mínimo en un espacio público. Si en el estadio toleras el agravio, es más fácil convivir con él en otros espacios. Confundir abucheos con odio es desarmar la cultura democrática en el deporte.

El futbol admite pasión, ruido, ironía y decepción. Abuchear es un veredicto sobre lo que pasó en la cancha; gritar un insulto homofóbico es equiparable a un delito. La primera es una práctica de la crítica; la segunda, una práctica del odio. Si de verdad queremos estadios vivos, hagamos del abucheo una crítica necesaria a todos los estamentos del futbol profesional y un límite al poder de la multitud. Lo demás no es pasión, es permisividad.

IG @davidperezglobal

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