david pérez
Un cartel rojo dice sin rodeos «Mega reta contra la inauguración del estadio». La pelota aparece en llamas, como si el barrio estuviera incendiándose por dentro. Y abajo, la consigna más peligrosa para cualquier megaevento: «Cerremos Tlalpan para jugar». Es un llamado a reapropiarse de una calle y del sentido de la misma. Cuando el futbol se convierte en obra pública en beneficio de pocos, en plan de negocios y en marketing urbano, la respuesta más pertinente puede ser jugar en la calle para recuperar espacios.
Colectivos agrupados como Asamblea Antimundialista están convocando para el sábado 28 de marzo al mediodía, a la altura del bajo puente del Estadio Azteca, a una protesta en formato de partido callejero que, según se puede leer, incluirá «intervenciones gráficas», «mic abierto» y «tianguis autogestivo», con la intención de cerrar Tlalpan.
La acción es a propósito de la reinauguración del estadio, hoy identificado en la cobertura mediática como Estadio Banorte, y de los preparativos del próximo Mundial de futbol. La protesta también es presentada como respuesta al partido amistoso México vs Portugal asociado a la reapertura del recinto.
El cartel no protesta contra el futbol. Protesta contra el uso del futbol. Protesta contra el Mundial como paquete que incluye obras no consensuadas con vecinos, reordenamiento del comercio, turismo nocivo extremo, vigilancia, etcétera. Es decir, una protesta contra el diseño de espacios destinados para el visitante y no para quien vive ahí. Será una protesta antigentrificación y antimundialista en la línea de las que han ocurrido en otras partes del mundo en contextos parecidos.
El Mundial necesita que Tlalpan funcione como corredor logístico, y la Asamblea Antimundialista propone convertirla en plaza pública. Este acto de resistencia en el fondo no es sólo un bloqueo, es una disputa por la definición de lo público, por la reivindicación de los derechos.
La consigna del cartel enlista un inventario que no es retórico: «despojo», «saqueo», «turistificación», «desapariciones» y «represión» rumbo al Mundial. La palabra desapariciones trae a la cancha la crisis que el espectáculo necesita dejar fuera de su imagen. La memoria que invoca esta asamblea de colectivos es una advertencia necesaria. Si el megaevento se vende como celebración, la pregunta obligada es quién paga esa fiesta y quién queda fuera.
La reinauguración se narra como proeza de modernización con entradas VIP, remodelaciones aceleradas, estadio listo para el Mundial, y una ciudad «puesta a punto». En paralelo, cualquier forma de protesta se intenta encuadrar como una amenaza al partido inaugural, como un «boicot», como una molestia. Ese encuadre es cómodo porque reduce la discusión del modelo urbano a un problema de tránsito. Pero el cartel que invita a la manifestación no está discutiendo el tráfico, está discutiendo la propiedad del espacio.
Algunas objeciones
«Quieren arruinar la fiesta del futbol».
La fiesta no se arruina por preguntar quién la financia y quién la padece. Se arruina cuando la fiesta exige silencio, represión y expulsión.
«Eso no es protesta, es una provocación»
Se está convocando a un juego, al micrófono abierto, al tianguis y a la gráfica, es decir, a formas clásicas de ocupación cívica. La violencia no está en el balón, está en el despojo.
«No se puede cerrar una arteria como Tlalpan»
Se puede, y se hace cada vez que hay un evento que interesa al poder económico. Se hace con operativos, cierres, vallas, desvíos. La objeción real no es la posibilidad, sino quién tiene el derecho a ocupar la ciudad.
«El Mundial trae beneficios»
Puede traer ciertos beneficios económicos, pero las preguntas democráticas son cómo se reparten y qué consecuencias tienen esos supuestos beneficios. Si el beneficio es turístico y el costo es local, el saldo es la desigualdad.
El cartel que invita a la manifestación del próximo 28 de marzo recuerda algo que en el contexto del negocio del Mundial se pretende olvidar, que el futbol es un lenguaje común, por eso también puede ser protesta. Una mega reta en el bajo puente es un recordatorio del cuidado necesario de la ciudad por parte de quienes la habitan, porque la calle no es pasillo para un megaevento, y el barrio no es escenografía para la transmisión internacional. Si el Mundial va a convertir la ciudad en vitrina, la ciudad puede responder con lo más simple y más político que puede ofrecer en este contexto, es decir, jugar en la avenida e invitar poner el cuerpo en estado lúdico para «cerrar Tlalpan para jugar».
@davidperezglobal




