david pérez
En esta columna quiero dialogar con el contenido de un libro que llegó a mis manos físicamente. Sueño olímpico (Grijalbo, 2025), escrito por Jorge Cuevas y el propio atleta olímpico Juan Luis Barrios. Quiero plantear en «voz alta» algunas reflexiones en torno al deporte, a su práctica profesional, al papel de las instituciones deportivas, a la conciencia crítica de los atletas y al papel de la prensa especializada. Todo a propósito de algunos pasajes del libro que señalaré directamente.
«Hombres grises». Me gustó la elección de la paleta de tonos grises para hablar de los federativos del deporte y su burocracia. Quizá le hubiera hecho más justicia al carácter combativo de Juan Luis, con el que se le describe en el libro, que se les pintara de cuerpo entero con nombres y apellidos a esos funcionarios o, mejor aún, describir las prácticas institucionales que juegan en contra del desarrollo del deporte de alto rendimiento en México.
En los pocos momentos en los aparece el trabajo de los federativos, se puede entender cómo los atletas tienen que sortear los obstáculos que les ponen desde la institución que debería allanar su camino. La historia narra una decisión arbitraria que da mucha rabia sólo de leerla, no puedo imaginar lo que significa para un atleta padecer los efectos de dicha decisión.
Pasan las administraciones de distintos partidos políticos en los tres niveles de gobierno y parece que la cultura en general no cobra la importancia que su potencial merece, menos aún la cultura deportiva. Con todo, lo que ya existe se podría gestionar de otras maneras, por eso me parece importante arrojar luz sobre esos «hombres grises», sacarlos de las sombras y de las instituciones deportivas.
«No humanos». Encontré algo en el texto que interpreté como una especie de «contradicción». La narración menciona que los tiempos que tienes que conseguir para llegar a unos Juegos Olímpicos no son humanos. Y cuando revisas los tiempos de las categorías en las que compite Juan Luis Barrios puedes dimensionar el tamaño del desafío. Al mismo tiempo, en otro momento, el protagonista cuenta que, sumando todo el ritual que hizo en el día de su competencia eliminatoria el resultado son ¡13 horas de calentamiento!, y claro, 16 años de trabajo para correr una prueba de 13 minutos. Humanizar el proceso del atleta, como lo hace este libro, permite conocer a profundidad la dimensión heroica del deportista.
«Chicharrón». Además del protagonista, hay una figura que atraviesa toda la historia por su rol fundamental, el entrenador Tadeusz Kepka «el científico de la pista». Al narrar parte de la infancia de Kepka en su natal Polonia, se da cuenta de su participación infantil en la resistencia polaca contra el ejército nazi. Su trabajo en ese grupo disidente consistía en esconder carne dentro de los costales de papa porque sólo el tubérculo estaba permitido. Esa misión era tan peligrosa como la del resto del grupo clandestino porque, de ser descubierto, recibiría la misma pena, le darían «chicharrón».
Ahora que vivimos la proliferación de altavoces fascistas, en la que se reviven algunos elementos del discurso y del programa político de odio e intolerancia, es de extrañar que no haya muchas voces desde el mundo del deporte que hagan frente en la opinión pública para rechazar el regreso de esas ideas y de esas prácticas. Se antoja muy difícil que las convicciones políticas de Tadeusz Kepka forjadas en la lucha contra el ejército nazi no estuvieran presentes en el carácter que imprimía en el entrenamiento de sus pupilos.
«Joserra y Faitelson». La historia da cuenta de conversaciones entre Juan Luis Barrios y dos de los periodistas más influyentes en materia deportiva en México. Estos intercambios me llevaron a pensar en la cobertura mediática que se hace de deportes que no son el futbol o que no son de grupo. Quizá sólo en el box se tiene un seguimiento importante sobre las figuras mexicanas en esa disciplina.
Cuando haces una revisión de cómo se le da cobertura a los eventos deportivos en distintas geografías te das cuenta como en otros países valoran mucho algunos detalles que pasan desapercibidos en México. Por ejemplo, en Colombia la televisión y la radio suelen contabilizar los diplomas que ganan sus deportistas que terminan entre el cuarto y el octavo lugar en una disciplina olímpica. Cuentan los diplomas y las medallas que obtiene su país. En otros países, la televisión pública transmite competencias de atletismo que no tienen la atención de unos Juegos Olímpicos o continentales.
Parece que la televisión, y por lo tanto las audiencias, nos acordamos de los atletas cada cuatro años y encima, si no consiguen medallas, nos parece poco. Y allí encuentro una de las riquezas de este libro, porque permite conocer más aspectos de la persona y no sólo al atleta que llega a unas olimpiadas. Permite entender mejor el proceso que construyó distintos aspectos de la vida de quien vemos competir en la pista.
La historia de uno de los mejores corredores mexicanos de todos los tiempos no cumple solamente con los aspectos inspiracionales de este tipo de narraciones, va mucho más allá. Permite mirar de frente todo lo que a simple vista no se puede ver tan fácilmente. El protagonista de la historia no corre sólo contra el cronómetro, corre contra la indiferencia, contra la burocracia y contra un país que muchas veces llega tarde a apoyar a sus propios atletas. Y aun así, se coloca en la línea de salida y empuja hasta el límite. Tal vez ahí radica lo verdaderamente olímpico, no en la medalla, sino en la obstinación de seguir avanzando incluso cuando todo alrededor parece diseñado para detenerte.
@davidperezglobal





