david pérez

En un estadio de futbol en Túnez se desplegó lo que en el ambiente de las aficiones organizadas se conoce como «tifo». Es una manta gigante que presenta un mensaje de forma artística y creativa. Es una mezcla entre arte callejero y caricatura artística. En ese «tifo», se podía ver una alegoría de la justicia pero con vendas en los ojos, rodeada de fuego, mientras una élite caricaturizada celebra frente a una portada ficticia que anuncia ejecuciones. El mensaje es una clara denuncia política.

Algunos repiten sin cesar que el futbol y la política no deben mezclarse. Una frase útil, no porque describa la realidad, sino porque la pretende ordenar. Porque delimita quién puede hablar y quién debe callar.

Lo que hicieron las barras organizadas del Espérance de Tunis no es nuevo. Es, más bien, la continuidad de una tradición que un sector del propio futbol global ayudó a construir, que es la grada como espacio de expresión política. Basta recordar los «tifos» en Italia, Alemania, Brasil o Turquía para entender que algunos estadios nunca han sido neutrales. Curiosamente, cuando el mensaje incomoda a ciertos centros de poder, entonces sí aparece la exigencia de neutralidad.

El contexto no es menor. En Israel, el debate sobre la pena de muerte para personas acusadas de terrorismo ha sido una discusión recurrente en los últimos años, impulsada por sectores de la derecha política. Diversos medios han documentado cómo figuras cercanas al gobierno de Benjamin Netanyahu han promovido iniciativas en ese sentido. Al mismo tiempo, organizaciones como Amnistía Internacional han denunciado de forma reiterada violaciones a derechos humanos en el trato a prisioneros palestinos.

Es decir, el «tifo» responde a un conflicto documentado y debatido en la arena internacional. Entonces, la pregunta no es si el futbol debe ser político. La pregunta es: ¿qué tipo de política se tolera en el futbol? Porque mientras los patrocinadores, los gobiernos y los organismos internacionales convierten el futbol en una plataforma de poder —con inversiones, diplomacia deportiva, construcción de imagen y legitimación por asociación—, a los aficionados se les pide que se limiten a cantar y consumir.

El problema no es la política en el futbol. El problema es quién la ejerce. Cuando una grada africana denuncia una injusticia internacional, el gesto se lee como provocación. Cuando un Estado utiliza el deporte para proyectar legitimidad global, se le llama estrategia. Esa asimetría evidentemente no es casual.

La imagen de Temis en el «tifo» no sólo es una crítica a la justicia selectiva, además, es una denuncia a la comunidad internacional que decide cuándo intervenir y cuándo ignorar. Y en ese sentido, el mensaje no es únicamente sobre Palestina o Israel. Es sobre el orden internacional que jerarquiza vidas, conflictos y narrativas.

Esta expresión artística rompe con la ficción de que el futbol es sólo un juego. Porque recuerda que el estadio también es un espacio público. Y porque evidencia que incluso allí —entre cánticos, banderas y coreografías— se disputan las mismas preguntas que afuera. ¿Quién tiene derecho a hablar? ¿Quién decide qué es legítimo decir? ¿Y qué ocurre cuando alguien lo dice de todas formas?

El «tifo» es un recuerdo potente de que la grada no sólo anima, también interpreta, juzga y toma posición. Porque cuando la justicia aparece en medio del fuego acompañada de la denuncia del trato a presos políticos, deja de ser una metáfora decorativa, es una acusación. El problema no es que el futbol se politice; el problema es que hay quienes quieren decidir qué formas son aceptables y cuáles deben silenciarse. Este mensaje presentado en una pintura recuerda que, incluso en el espectáculo más globalizado del planeta, hay quienes siguen dispuestos a usar el juego para decir lo que afuera se intenta callar.

@davidperezglobal

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