david pérez
León Krauze cuestionó a Christian Martinoli —y por extensión a Luis García— por la «vulgaridad» en las narraciones y en su podcast; pide cuidar el lenguaje porque «los oyen millones» y porque la grosería «no construye un mejor deporte ni —mucho menos— una mejor conversación pública».
La crítica de Krauze recorrió la prensa y las redes; Martinoli respondió con ironía y la discusión escaló. En el fondo no estamos hablando de groserías, sino de poder cultural, de quién fija los límites de lo que se puede decir y lo que no se puede decir en el espectáculo más popular del país.
Escribo contra la moralina de los «buenos modales» cuando funciona como filtro de clase, cuando llamar «vulgar» a una forma de hablar suele ir de arriba hacia abajo. Lo que ciertas élites denominan «refinamiento» es, muchas veces, distinción social.
Norbert Elias lo explicó con lucidez: el ideal cortesano de modales surge en la corte —no en la plaza— y codifica jerarquías. El «buen decir» disciplina cuerpos y lenguajes para sostener diferencias de estatus. Trasplantado a las transmisiones deportivas, ese ideal intenta domar un habla plebeya que no pidió permiso para narrar el juego.
Tres puntos para salir del maniqueísmo
«Alta» y «baja» cultura no son naturalezas, son fronteras móviles. Cuando se condena el tono de Martinoli/García por «vulgar», a menudo se reactiva la vieja división entre «cultura seria» y «cultura popular». Esa frontera sirve para jerarquizar audiencias y estilos, no para mejorar el análisis. Los códigos de urbanidad cambian con las configuraciones sociales, lo que ayer fue escándalo hoy es estándar.
Regular el lenguaje puede ser prudencia… o control. Sí, el periodista tiene responsabilidad. Pero otra cosa es convertir esa responsabilidad en norma cortesana, en una vigilancia del habla que castigue lo chusco por impropio, no por falso. El deporte que vemos y su contexto —grada, memes, podcasts— habla mayormente en registro popular; pedirle sonsonete palaciego es negar una parte del ecosistema.
Hay límites que no son clasistas, son éticos. En efecto, no todo vale en el entretenimiento. El límite no es el modalesómetro del comentarista más pulcro, sino la dignidad de las personas. Cuando el lenguaje apunta a la discriminación —insultos homofóbicos, racistas o misóginos— deja de ser estilo y entra a la cancha de los derechos y de los protocolos (FIFA/UEFA han sancionado por ello a México y a otras federaciones). No deshumanizar es el estándar. Lo demás es preferencia estética.
Algunas objeciones
— «Pero la grosería degrada la conversación pública».
Depende qué y a quién. Hay groserías que expresan lo popular sin dañar a nadie y hay fineza que humilla. El criterio es la lesión a la dignidad, no la corrección cortesana.
— «Los comunicadores modelan a millones; deben de hablar “bien”».
De acuerdo en la responsabilidad, en desacuerdo con confundirla con homogeneidad. La responsabilidad se mide por veracidad, contexto y no discriminación.
— «Sin modales no hay civilidad».
Es importante no confundir civilidad con cortesanía. La primera sostiene la vida común; la segunda marca distancias. El deporte televisado necesita más de la primera que de la segunda.
Antes de terminar, me gustaría aclarar que no me gusta el estilo de las transmisiones que realizan Christian Martinoli, Luis García, Jorge Campos y Zague. Considero que no me aportan nada a lo que estoy viendo; cuando veo un partido de futbol no busco que me hagan reír. El futbol y su contexto ya me parecen, en sí mismos, interesantes.
Como el mismo Martinolli ha dicho en más de una ocasión, cuando él se pone serio les gana a los demás por mucho; él, sabiéndose líder de audiencias, opta por otro formato. ¿A usted le gusta ese estilo? Vea sus transmisiones. ¿No le gusta? No las vea. Pero no intenten imponer «buenos modales» como una forma de clasismo.
La disputa no es «modales contra groserías». «Los buenos modales» como vara única son una nostalgia de la corte. El futbol —una plaza masiva— pide otros criterios, pide verdad, contexto y dignidad. Si a alguien le irrita el registro, que cambie de canal. Si alguien agrede a personas o grupos, que cambie de conducta. Lo primero es el gusto; lo segundo es el límite ético.
IG: @davidperezglobal





