david pérez

Flamengo, Vasco, Fluminense y Botafogo, cuatro equipos de futbol que generan pertenencias que suelen colocar a sus aficionados en tribunas contrarias pero que aparecieron juntos en una manifestación de apoyo a Lula en el centro de Río de Janeiro. El pasado 18 de octubre, seguidores de los cuatro clubes compartieron las calles, los cantos y, sobre todo, los objetivos. Sin el respaldo oficial de sus equipos, lo cual hace más interesante la convocatoria y las manifestaciones que realizaron, los aficionados de estos clubes «enemigos» se manifestaron juntos.

La escena llama la atención por la rivalidad previa, pero no podemos quedarnos en la sorpresa de ver juntos a quienes acostumbramos imaginar enfrentados, hay otras capas de esa realidad que podemos explorar, por ejemplo, el trabajo que hace posible esa cooperación, ¿cómo se transforma el vínculo con un equipo en capacidad para defender la democracia junto a quienes consideramos nuestros rivales?

Arquibancada pela Democracia (Tribuna por la Democracia) ofrece un punto de partida. Este colectivo reúne a aficionados de distintos clubes alrededor de la defensa democrática, los derechos sociales y las políticas públicas para las minorías. En una intervención durante un acto público, uno de sus participantes lo contó de la siguiente forma: «aquí cada quien tiene un equipo, pero juntos somos el movimiento de las aficiones por la democracia». Las camisetas conservan su significado mientras sus portadores construyen un compromiso compartido.

¿Cómo se construye ese compromiso? Otros testimonios de la organización política de aficionados cariocas permiten acercarnos a sus prácticas. En 2018, Bernard Brito, integrante de Tricolores de Esquerda y Torcedores pela Democracia, explicó que celebraron una plenaria de colectivos, miembros de barras y movimientos futbolísticos para acordar un manifiesto y actividades. Hubo una reunión, una discusión y decisiones sobre qué hacer juntos.

Los motivos para organizarse estaban dentro de su experiencia como aficionados. Diogo Cavalheiro, del Coletivo Popular Alvinegro, vinculaba la participación con entradas accesibles, horarios compatibles con la vida de los trabajadores y estadios donde mujeres y homosexuales pudieran sentirse seguros. Vitória Oliveira, de Guerreiros do Almirante y Mulheres de Arquibancada, explicaba que ser apartidarios no significaba ser apolíticos. La defensa democrática adquiere así contenidos reconocibles en la vida cotidiana.

La periodista Penélope Toledo, integrante de Torcedores pela Democracia, ha reflexionado sobre manifestaciones en el Maracaná y debates en espacios públicos. Las describe como experiencias de una articulación carioca que ayudan a comprender cómo se organiza políticamente la afición, sin atribuirlas automáticamente al colectivo actual. El encuentro comienza alrededor del futbol y puede prolongarse en una conversación sobre quién tiene derecho a ocupar la ciudad, expresarse y participar en sus decisiones.

Podemos leer allí una posibilidad política de la pasión futbolística. Seguir a un equipo produce experiencias, recuerdos, lenguajes, vínculos, enseña a reconocerse entre desconocidos y a sentir que lo que ocurre a otros también nos concierne. Esa pertenencia puede proporcionar un terreno para organizarse. Cuando el precio de una entrada expulsa a un sector de la afición o una práctica discriminatoria restringe nuestra participación, el afecto por los colores del club puede convertirse en una pregunta sobre nuestros derechos.

Pero la unidad también tiene sus exclusiones. En São Paulo, durante las movilizaciones democráticas de 2020, Dadá Ganam, aficionada del equipo Corinthians, reclamó a los organizadores la escasa presencia femenina en una primera protesta. Su testimonio muestra cómo el hecho de ampliar la convocatoria requirió cuestionar cómo se había organizado. Defender la democracia en la calle también exige discutir quién puede participar y ser escuchado dentro del propio movimiento.

Toda identidad colectiva delimita un nosotros. La cuestión filosófica y política es qué hacemos con esa frontera, quién puede atravesarla, qué solidaridades permite y qué jerarquías protege. La pertenencia futbolística no agota nuestra relación con los demás, tranquilamente podemos reconocer en el rival a alguien cuya identidad importa para la nuestra. Construir ese reconocimiento requiere acuerdos, prácticas y disposición a revisar las exclusiones propias.

Las cuatro camisetas de Río permiten volver sobre la pregunta inicial. El vínculo con un equipo puede convertirse en capacidad de agencia colectiva cuando encuentra formas de organizar el afecto, de discutir intereses comunes y de actuar con otros. Así, la cooperación empieza a tomar cuerpo cuando la pertenencia abre la puerta a responsabilidades y problemáticas que van más allá de sus colores.

El próximo clásico volverá a separarlos porque su rivalidad futbolística continúa indemne a pesar de todo el trabajo que hacen juntos. Mientras tanto, han encontrado razones para salir juntos a la calle y construir una forma de participación política a partir de su pasión por el futbol.

@davidperezglobal

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