Luis Ricardo Guerrero Romero

La penúltima ocasión que la viste estaba tranquila y algo dispuesta a mostrar su cuerpo, el que ya estaba erosionado, el que veneraste, el intacto, el de tanto y del mucho, el que ciertas veces lúdicamente discrepaste, Aeliani pocas veces jugó contigo, pero era de las favoritas del salón, más en las clases de francés: “Le sage, indigné, les harangue; / Le sot plaint ces fous hasardeux; / Les enfants leur tirent la langue / Et les filles se moquent d’eux”. (El prudente, indignado, los arenga; / El tonto compadece a esos locos aventurados; / Los niños les sacan la lengua / Y las chicas se burlan de ellos) Paul Verlaine “Grotesques”. Entonces esa fue la penúltima vez que la viste. Pero inmutado te encuentras porque sabes de los coyotes de la teriantropía que se esconden en cada uno de nosotros, en cada poro, en cada tramo de alma, en la diatriba de nuestra pena de ser humanos una y otra vez.

Tuviste la nostalgia de ser persona, de mirar, de oler, de imaginar, de escuchar como el eco de tus sospechas pronto se abre a un estilo de otra manera de ser. Apenas reconociste a Aeliani en sus formas cambiantes e inocuas, como cualquier animal social desde Mesopotamia hasta el hoy de nuestros padres coyote o chacal intemperancia bífida … so be it, so be it, so be it.

De los muchos animales que hay, los hermosos y los más terriblemente hermosos el coyote es una mezcla oportuna entre el lobo y la mascota agraciada de un canino. El coyote es noble, pero es también astuto, es la composición sagaz que lo nahuales aspiran al mismo tiempo que las historias cuentan. La palabra coyote es nuestra, es hecha en casa a partir del náhuatl. Un zorro plateado, un perro lobo, una mixtura de animal domesticado con el animal no domesticado, es un ejemplo de todo hombre, de toda mujer.

Desde la voz náhuatl: cóyotl, nos es legada esta palabra, sustantivo quizás sólo usado en el campo o también en los sitios donde el beneplácito y la traición se conjugan. De allí los llamados “coyotes” o el ejercicio de “coyotear”. En Mesoamérica el coyote, y en el otro Oriente el chacal, somos las venas del mundo. Recordemos que lo que se conoce como panteón mexica hay el concepto descriptivo del Huehuecóyotl o bien, “coyote viejo” éste era el dios de la danza, afín con las artes y el canto, asimismo con las pasiones lujuria y el deseo carnal; en pocas palabras el coyote es un hombre, o todo hombre es teriantropía: therión y ántrophos, ni tan bestias, ni tan humanos, simples coyotes bípedos como la penúltima vez que viste a Aeliani.

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