Luis Ricardo Guerrero Romero

-¡Sabes lo que no es correcto!, que estés pensado qué cosa es o no lo correcto-. Cerró su ventada y ese sonido grgrgrrrrrr que es el idioma de todos los rieles de las ventanas del mundo no se dejó de escuchar. Fue así como Graciano terminaba su día que en realidad nunca fue suyo, sino de todos.

La noche hizo su labor, tratar de hacer el mejor de los silencios para dormir a sus terrícolas aunque no faltaron los desafiantes vecinos que entre copas y reconciliaciones le daban a sus altoparlantes una oportunidad más de sentirse jóvenes, ya que, sólo los jóvenes gritan, se excitan, se exaltan, se embriagan manufacturando su futuro. Graciano sabía que todo el mundo se rige por sus principios culturales y que lo que es bueno allá, por acá es detestable, aquello deleznable, otrora fue loable, y así mil millones de etcéteras. Todo en la vida es un evento de apetitos, un espiral apetecible. Claro que eso no le interesaba a las grandes potencias que buscan satisfacer sus sentidos capitalistas, ni le interesaba a los ismos que someten las hipotéticas almas con todo y sus billeteras; eso únicamente lo saben los abyectos que anhelan un suspiro creador para que algo cambie. Ultimadamente, como dijo Michel Foucault: “El hombre no es el problema más antiguo ni el más constante que se haya planteado el saber humano”. Graciano pensó: -¿el grgrgrrrrrr que hace la ventana al recorrerla sonará igual allá por la región Zuliana (Venezuela), rica en petróleo? Seguro que sí, pues las cosas no cambian de onomatopeyas, es el hombre el que fluctúa.

Un “sinónimo de apetito es hambre”, y esto es porque el apetito es en sí supervivencia y acción humana. Tener y a veces contener el apetito no es tarea fácil. Nuestro sustantivo en cuestión nos dicta una historia greco-latina; ya que tal voz procede del antiguo griego: απιθυμια [apithymia]: deseo, pasión. Luego en el latín se asume la forma con la prefijación de ad + petere, lo que nos heredó: apetito, un sentir que no llama desde el individuo, sino desde la cosa. Algo así un antojo. Es el sujeto seducido por la cosa, un individuo rumiante.

Hoy sin dilucidar en tanta cosa podemos decir, tengo apetito de a, b, c, d, y omega, pero en realidad es que ante tal situación el hombre se doblega, la voluntad humana es un títere cuando el apetito se suscita, ya sea sexual, alimenticio, mercantil, o mil etc.

La cuestión que nos ocupa ahora será: ¿es nuestra soberanía individual una farsa?, ¿por qué, ante un apetito hemos de declinar?, ¿es una prueba más de que sólo somos materia?

La verdad, no me interesa la respuesta, sino que broten las preguntas. Este 2026, ¿de qué tienes apetito?

l.ricardogromero@gmail.com

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