Carolina Gómez Mena

Ciudad de México. El cardenal Norberto Rivera Carrera señaló que en Cuaresma los actos de caridad, justicia, piedad y austeridad, no son suficientes para lograr una “verdadera conversión”, la cual “no consiste en actos exteriores, solamente”.

Al encabezar la celebración del miércoles de Ceniza en la Catedral de Metropolitana, dio inicio a la Cuaresma, tiempo de preparación para celebrar “la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo”.

El arzobispo de México vio con buenos ojos que en este tiempo muchos feligreses multipliquen sus actos de caridad, justicia, piedad y austeridad, pero dejó en claro que eso no basta para la conversión a la cual todos los católicos están llamados. “Ojalá y que nosotros tengamos obras nuevas de justicia, obras nuevas de amor para con el prójimo, una relación nueva con nuestro entorno. Pero no basta”.

Añadió que la Cuaresma tiene su sentido cuando se encamina a la celebración de la Pascua, a celebrar la muerte y resurrección de Cristo. No como un acontecimiento del pasado, sino como algo que estamos viviendo en nuestra propia vida.

Rivera Carrera explicó que por lo general los católicos asisten a recibir la ceniza como un símbolo de aceptación del sacrificio, el dolor, la austeridad, los actos de piedad, y de cambio de rumbo en su vida, “pero esas dos acciones no bastan, pues es necesario reconciliarnos con Dios, abrir nuestro corazón al padre, y dejar que la misericordia inunde toda nuestra vida”.

Recordó que en tiempos del profeta Joel cayó sobre Judá una gran calamidad, y en ese contexto el profeta invitó a todo el pueblo a una verdadera conversión, que no consistía en actos exteriores, solamente, “en rasgar las vestiduras, sino en convertirse de corazón, en cambiar el corazón”.

Indicó que la conversión lleva un elemento mucho más importante: “regresar a Dios, abrirle el corazón a Dios, aceptar a Dios en la propia vida. Ése es el camino de la verdadera penitencia. Se suponen, sí, los actos que mortifiquen el cuerpo, los actos de privación, los actos que nos tengan templados para enfrentar la lucha con el enemigo. Pero no basta la mortificación, no basta tampoco, simplemente, cambiar de obras, como si nosotros creyéramos en una salvación que se obtiene por las obras, una justificación que se alcanza por méritos propios, no basta cambiar de moral. Es necesario algo más profundo: sentirse criatura, perteneciente a Dios, abrirle el corazón a Dios, ponerse totalmente en sus manos, hacer su voluntad”.

Resaltó que estar totalmente en manos de Dios “es lo que le da la salvación al hombre, en eso consiste la verdadera conversión, no solamente dejar el mal”.

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