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El chamamé no sólo un ritmo mestizo, es “una manera de ser»

El acordeonista explica que su música es su manera de entender la tradición del chamamé, una música folclórica muy poderosa del noroeste de Argentina. Imagen tomada de su página en Facebook

Merry MacMasters, enviada

Guanajuato, Gto. Las sonoridades del chamamé argentino se apoderaron de la Ex Hacienda de San Gabriel de Barrera gracias a la calidad y carisma del acordeonista Chango Spasiuk (Apóstoles, 1968) y su quinteto. Horacio Eugenio, su nombre de pila, expresa en entrevista que le dicen chango, que significa niño, desde antes de empezar a tocar acordeón a los 10 años. Su apellido es de origen ucraniano ya que sus padres inmigraron a Argentina.

En sus cuatro décadas de trayectoria Spasiuk ha pasado por “un montón de momentos musicales desde tocar en un cumpleaños, un casamiento, de ser un mal músico de baile, de concierto, hasta aprender muchas cosas en el camino y tratar de encontrar mi sonido”. En este lapso también han aparecido diferentes personas y músicos con los que Chango ha desarrollado diferentes proyectos.

Actualmente su música se expresa por medio de los instrumentos vistos en el concierto: violín, violoncelo, percusión, guitarra y acordeón, que formó parte del 45 Festival Internacional Cervantino, y cuya sonoridad es “el centro de gravedad de mi música”.

¿Cómo es esa sonoridad? “Es mi manera de entender la tradición del chamamé, una música folclórica muy poderosa del noroeste de Argentina, que tiene infinitos rostros y muchas maneras de tocar en sus formas tradicionales y su modalidad más contemporánea. He nacido en esta tradición y he buscado mi modo de entender y expresarla. No es ni una fusión, ni una mezcla, es un simple desarrollo personal de una tradición en la cual nací”.

Spasiuk precisa que el chamamé se toca en seis provincias: Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Chaco, Santa Fe, Formosa, a la vez que incluye al “gran Buenos Aires” por la cantidad de provincianos que allí viven. Esta música folclórica también moviliza parte de Paraguay, del sur de Brasil, y parte del Uruguay. Entonces, “es como el Mercosur antes del Mercosur”, dice con humor.

El chamamé, prosigue, no es sólo un ritmo mestizo y criollo, muy parecido al huapango de México en seis por ocho, sino es “una manera de ser, de pararse, de vivir en esa región del país”. Tiene mucho que ver la inmigración que ha recibido la provincia en cuestión: “Misiones, de donde vengo, región fronteriza con el sur de Brasil y Paraguay, ha recibido muchos inmigrantes. Entonces, no sólo se toca el chamamé sino polkas, chotis, valses, y otros elementos que tienen una sonoridad más europea, aunque forman parte de la música folclórica del lugar”.

Señala que la palabra chamamé viene del idioma guaraní. Sin embargo, después vinieron los jesuitas quienes tocaron música barroca en la selva, también llegó la música mestiza y criolla, y las poblaciones africanas que influenciaron todo el folclor de Sudamérica. Luego, arribó el inmigrante con el acordeón. No obstante todas estas capas superpuestas “muchas simpatizan con la idea de que chamamé significa “doy sombra menudo. Es una imagen metafórica y alegórica de un mundo sonoro en el que se siente protegido”.

La mayoría de las piezas interpretadas en el concierto son composiciones de Spasiuk, sin embargo, “quien ha nacido de esta tradición no puede dejar de tocar a los compositores arcotípicos del chamamé como Mario del Tránsito Cocomarola”.