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Hugo Gutiérrez Vega, a un año de su largo viaje

Hugo y Lucinda con sus hijas Fuensanta (izq.) y Lucinda (der.)

La Jornada Semanal

Parafraseando a Garcilaso, ausente para siempre imagino hoy al escritor y poeta Hugo Gutiérrez Vega, como hace unos años en Guadalajara, cuando de manera espontánea, relató que “si tuviera que mencionar la etapas de mi vida que más me gustaron, diría que mi infancia; y más aún al hablar de Lagos de Moreno porque me devuelve la imagen de mí mismo, en ese periodo; veo a mi madre absorta en sus tareas, veo su hermosa figura vigilante, multiplicarse; veo a mi abuela en el interminable vaivén de su mecedora, alerta a mis movimientos; porque fui educado con el ejemplo, al viejo modo; las imágenes de la infancia son imborrables”.

Como en un trazo, con el tiempo detenido, el también embajador –porque el nombramiento se extiende hasta el retiro diplomático- habló de leyendas y fantasmas, en tierra de cristeros, “el miedo era fuerte en la infancia”, pero también “era rica la visión e imaginación infantil, con lecturas de cuentos de hadas; me gustaba la lectura”. La memoria oral de Gutiérrez Vega se despierta: “Aunque nací en Guadalajara, mis padres me llevaron a Lagos de Moreno donde viví de los tres a los siete años. Recuerdo, aunque nunca he llegado a saber con certeza, pero había perros rabiosos, aves cantoras y árboles enormes, frondosos. Amé toda esa región jalisciense que un día abandoné, amaba su amanecer, su aire.

En Lagos de Moreno inició sus estudios con monjas, “nos leían cuentos, a mí no sé si me gustaba más la voz de la monja que leía o la belleza de las palabras, algo me inquietaba; debía tener seis años, pero me enamoré de Sor Ascensión, guapísima religiosa; la he recordado después por un poema de Francisco González de León –un poeta de Lagos, autor de Campanas de la tarde, refinadísimo, relacionado con López Velarde y con los simbolistas franceses- que desde una ventana de su botica veía el patio del Convento de las Capuchinas y escribió un poema a Sor Asunción –mi Sor Ascensióny con una cachondería muy precisa dice: [Aquella monja/ que bajo la toca/ lleva una boca/ en forma de corazón/ corazón que es de ilusión/ de una escala cromática/ el color del labio superior es sonrosado/ y rojo ultra sanguíneo el inferior…] En mí, Sor Ascensión fue un sentimiento ingenuo, festivo, de miedo y amor infantil. Hoy todo queda lejos.”

La revelación de la literatura llegó más tarde a su vida; refería sin fórmulas su paso por el Colegio de los Jesuitas, en Guadalajara, y explicaba que el siglo XX propició en México una renovación pedagógica, con planes de estudio que fueron el indicador del Estado laico, para la región jalisciense el cambio fue lento, ignoro si por burocracia u otras razones, la realidad es que México es un país incomprensible o se explica por el peso del catolicismo”.

Describía la historia de su infancia con emoción: “pasábamos las vacaciones en ranchos de los tíos o cascos, ya no había potreros, había pasado el reparto agrario. Convivíamos con primos, entre Lagos y Ojuelos, en esas estaciones conocidas como de lluvias o de secas. Mi familia decía temporada de aguas, que era más bien simbólico, porque recuerdo haber pasado una buena cantidad de años de mi infancia viendo las nubes negras que se formaban en lo alto de la sierra. Los tíos eufóricos gritaban “ya vienen, ya vienen, ahí vienen, ahora sí llega, viene la lluvia” y de repente llegaba el viento y se llevaba la nube. Y así se sumaba otro año desastroso para el campo. Es tierra muy dura. Tierra que expulsa a la gente en busca de otros horizontes. Tierra que bien retratan Rulfo, Arreola, Yáñez; sin estéticas nihilistas. Una cruda experiencia”.

La familia de mi padre procedía de Santander, de la actual Cantabria”; por la vía materna “todos eran de Los Altos de Jalisco, ahí en la línea donde empieza El Bajío, de Guanajuato, justo en la zona de cristeros, donde se libró la primera y segunda Cristiada con sus batallas espantosas, crueles, violentas; donde los militares concentraban a toda la población en ciudades como León y dejaban los pueblos totalmente abandonados, destruidos. Un fenómeno que se dio en China en la época de los señores de la guerra, que recientemente se dio en Albania. Pero de algún modo los mexicanos fueron los pioneros de tierra quemada, tierra vacía”.

Con humor e ironía, el maestro Gutiérrez Vega confiaba “uno aprende a mirar el presente cuando revisa su pasado. Es muy importante que la gente recuerde. Yo tuve una infancia normal, no hablábamos de ideas, política o lecturas. Aunque todos tuvimos en la familia personalidades diversas, la infancia fue una burbuja, hablábamos de la vida cotidiana, de la charrería. En ese ambiente rural, con mis primas descubrí lo que nos diferenciaba como sexo, íbamos al corral para hacer ese tipo de comparaciones, era muy importante para la educación sentimental. Por eso brindo un homenaje a mis beneméritas primas. Y lo digo sin sorna”.

Crítico de sí mismo decía contundente: “era un lector precoz, por ello había sospechas de mi virilidad; mientras mis primos eran campeones de bailes a caballo, todos eran charros, orgullosos de sus destrezas, yo en cambio iba agarrado a la cabeza de la silla, como sacristán”. Divertido relataba un anécdota: “Un día lacé a mi tía Elenita en lugar de la yegua que montaba y casi la mato. Por eso me prohibieron que siguiera practicando la charrería. Así fue como me dediqué con gusto a la lectura. Fue una etapa fructífera para mí”.

El también dramaturgo y actor recordaba la revelación que le brindó la colección española Marujita, que editaba El Molino, “una maravillosa colección de cuentos de hadas holandeses, daneses, suecos, japoneses, que ilustraba el catalán Freixas. Solía esconderme debajo de la cama para leerlos, nutrían mis inquietudes”. Ya en la adolescencia empezó a leer poesía, sobre todo, a poetas de la misma zona, González de León, Plasencia, López Velarde. Vendría después la Generación del 27, “Cernuda fue el más grande de ese grupo. Inclusive plagié, inconscientemente, poemas del primer Alberti, hasta gané unos Juegos Florales, los de Sahuayo. No fue un plagio descarado, si no tarugo. Eso nos pasa mucho a los jóvenes poetas cuando empezamos. Luego leí a los ingleses, norteamericanos, franceses, rusos, alemanes. Me asomé lo mismo a Cervantes, Lorca, Shakespeare, Yeats, Byron, que a Moliére, Balzac, Flaubert, Goethe, Tolstoi, Faulkner, Chateaubriand, Víctor Hugo, en fin, la pasión por la lectura despertó en mí para siempre”.

“Tuve mucha suerte para vivir arrinconado en la etapa de mi infancia y leer, sin perder la convivencia con mis primos; fui muy feliz; hoy la gente no quiere perder el contacto directo con las demás personas, pero no lee. La Feria Internacional del Libro, por ejemplo, es un buen escaparate, pero salvo una pequeña élite cultural, la ciudad de Guadalajara es inculta. No quiero pasar por alto que casi la mitad de su población vive en situación de pobreza, como muchas ciudades del resto del país, pero pienso que la cultura necesita una burguesía orgullosa que la patrocine, no solamente campeonatos de futbol o golf. Sin embargo, es una burguesía que carece de buen gusto y nunca ha sido muy generosa. Guadalajara tiene mucha energía creativa, en la actualidad hay un pequeño grupo de jóvenes poetas, interesante, ninguna sociedad es buena o mala sin claroscuros. Guadalajara es una ciudad que los asesinos odian, pero a mí me encanta, y me he reconciliado con mis orígenes pese a sus gobernantes que naufragan con sus ideas retrógradas”.