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Sonideros, ejemplo del desdén hacia los derechos culturales

Rodolfo Pizarro (20), de las Chivas de Guadalajara, salta para disputar un balón al americanista Gil Burón (3). Foto Arturo Campos Cedillo

Ángel Vargas

La exigencia y el ejercicio de los derechos culturales figuran entre los principales pendientes por resolver en la sociedad mexicana, sostiene el politólogo y promotor cultural Jesús Cruz Villegas (Ciudad de México, 1977).

Gran parte de la ciudadanía no relacionamos el tema de la cultura con los derechos. Todavía vemos lo cultural como privilegio o un lujo, como un favor, explica.

Una de las máximas de los derechos humanos es la integralidad y que todos los derechos son igual de importantes. El derecho al agua lo es tanto como el de la vivienda o los culturales. Sin embargo, hay quienes piensan que es más importante que se tengan servicios públicos a que se generen espacios de identidad cultural.

El también activista de derechos humanos, colaborador de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF), aborda esa temática en el libro Pasos sonideros, publicado recientemente por la Secretaría de Cultura del gobierno federal y la editorial Proyecto Literal.

Se trata de una investigación en la que el autor profundiza en el movimiento de sonideros de la capital del país como muestra fehaciente de ese desconocimiento y, en consecuencia, falta de ejercicio de los derechos culturales entre aquellos individuos o grupos que han contribuido a la creación y forman parte de la identidad cultural urbana, así como el desdén de las autoridades por los mismos.

Universo inconmensurable

El universo sonidero es inconmensurable. Se ha visto desde el arte contemporáneo, lo antropológico, la teoría social y la sociología de la cultura. Sin embargo, a pesar de ser considerado un elemento importante de la cultura popular, no se ha concebido su aporte para la defensa de los derechos culturales en nuestras sociedades, destaca Cruz Villegas en entrevista con La Jornada.

El especialista precisa que el sonidero es lo que se conoce en la actualidad como diyéi o mezclador que ameniza con su voz y su presencia un acto social o fiesta realizado en la calle u otro espacio público, como una plaza o un mercado.

El término sonidero, desde su origen (a mediados del siglo XX), está ligado a la representación e identidad de los barrios en diferentes ciudades de México, aunque especialmente en la capital del país. Son figuras de identidad cultural muy importante para muchos barrios. Incluso, parte ya de una tradición, define.

Poner música, sin embargo, no convierte a cualquiera en sonidero. De acuerdo con el investigador, este personaje debe reunir varias características para ser considerado como tal.

Las más importantes, enumera, son: poner música; que ésta sea del género tropical (como cumbia, guaracha, salsa, son, ballenato, rumba, chachachá); adoptar un nombre artístico; apropiarse de los valores sonideros: hablar y enviar saludos entre las canciones; así como tener un logotipo, y presentarse en nombre de un barrio.

Cruz Villegas precisa que uno de los propósitos principales de su libro es abarcar aspectos de los que no se habla tanto y no quieren reconocerse en torno de la identidad cultural urbana, ejemplificados en lo que ocurre con esos singulares personajes.

No busqué hacer una revisión histórica o reconocer el valor cultural del mundo sonidero. Sí, su alcance ha llegado a los museos y también a otras esferas que no pertenecen a lo popular. Sin embargo, hay ciertos elementos de ese mundo que están en peligro, como su derecho a utilizar la calle para los bailes, indica.

No está escrito pero en los hechos hay una prohibición de que se realicen bailes en las vías públicas de la Ciudad de México. Con ello se puede perder uno de los elementos fundamentales del mundo sonidero, que es ejercer su derecho al espacio público.

El investigador subraya que los derechos culturales no están relacionados sólo con el acceso a las bellas artes o las manifestaciones culturales, sino también con las manifestaciones de origen popular, las expresiones de los barrios.

Eso es también cultura, y a veces las autoridades reniegan y hasta lo desprecian; dicen que no es cultura. Prohíben, por ejemplo, los bailes en las calles, porque aseguran que en ellos hay violencia y drogas, aunque estos no son aspectos inherentes; se deben más bien a una problemática de inseguridad, agrega.

“Cuando se cancela un baile no sólo se está cancelando el tema cultural de la identidad de los sonideros, sino también de los asistentes a esos encuentros. Los sonideros existen porque no toda la gente podía ni puede acceder a los grandes salones ni a una discoteca; por eso se hacen bailes en las calles.

Entonces, sí es una situación que tiene que ver con un tema de exigibilidad de derechos en cuanto a que el Estado no los reconoce.