Luis Ricardo Guerrero Romero

El Don de la cuadra es buena persona, se porta alivianado con nosotros, nos invita de comer y se pone las caguamas, es un señor que respetamos, pero la doñita es muy enojona, se molesta porque estamos bebiendo enfrente de su casa, hemos escuchado cómo le grita al don marido cuando éste nos aliviana con algo, cuál es la molestia, si no le hacemos nada, el que se rifa es él y no ella. Todos los de la calle admiramos al Don, pero a la Doña no la aceptamos, la respetamos y todo porque su esposo se porta barrio con nosotros.

Una ocasión él nos platicó que de chavo andaba igual que nosotros en una colonia de la periferia: Prados segunda, y pues sí lo respetamos también por eso, porque no cualquiera sale bien de esos rumbos. No sabemos cómo es que se pudo ligar a la Doña que según es de la alta sociedad de por Villa Magna. El amor hace cosas imposibles, como juntar a estos compas que ni familia tienen, pero se ve que en algún momento estuvieron enamorados.

Nosotros que andamos en la lavada, en el taloneo, no pretendemos casarnos, ni juntarnos, aunque ya varios tenemos crías, pero aún no ha llegado la hora en que por la calle o en la familia se nos llame como Don o nuestras rucas como Doñas. Esas palabras han de ser títulos que sólo la vida y sus experiencias da.

El texto anterior aunque con sus complejos sentidos nos dice una realidad, puesto que sabemos que el intítulo de Don, en nuestro idioma está fuertemente cargado de un significado respetuoso, y hasta en algunos círculos familiares, políticos, eclesiásticos, es una denominación de jerarquía. Reflejo de la conciencia que se tiene del hombre ya maduro, ya experimentado, ya con dotes (también tomamos esta palabra como quien posee bienes materiales). No obstante, el sentido de Doña, para nuestra comunidad idiomática e ideológica, sucede de manera contraria en las mujeres; pocas de nuestras agradables señoras, se sienten halagadas o respetadas cuando se les antepone a su nombre “Doña”. Quizás por el modo de expresarlo; si una mujer aborda el autobús y el operador le menciona, −¡Doña le falta un peso!; o el vendedor que llega a la casa preguntando: −¿se encuentra la Doña? Con honestidad, no resulta eufónico y se puede oír un poco despectivo. Aunque la misma situación puede aplicarse con “Don”.

Caso contrario en algunas mujeres que se engalanan con su Doña, rotulando sus negocios o llamándose así entre amigas. −Vamos al pozole de doña Paty. A ciencia cierta, no logro descubrir por qué no les gusta a las mujeres ser llamadas Doña. Si en ambos casos Don y Doña, son una historia de poder y autoridad.

Del griego δωμος, al latín domus; reflejan la idea de domicilio, casa; y para que exista una casa, debe existir un Señor, un dominus. Dominus es señor y jefe de sus siervos los domésticos, y junto al dueño de la casa gobierna la domina, la Señora, o sea poseedores de la casa (del gobierno, de los valores, de la experiencia) son dominus y domina. Algunos textos hacen referencia a Dominus y Damna (la que está siempre con el Señor). Dueño y dueña, Don y Doña, (en donde la diptongación de /ue/ pasó a /o/, y hubo pérdida de vocal final /o/). Y sólo los dueños están facultados para dar, el griego Διδωμι, o didomai, dar, conceder, permitir, es decir el Don y la Doña. Súmese que no se refiere únicamente a los bienes materiales. De modo que tanto los dones y las doñas, nos procuran de su sabiduría.

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