Luis Ricardo Guerrero Romero
—Vasili Kandinsky acertó en muchas de sus manifestaciones artísticas, en plantear al mundo una forma diferente de apreciar las figuras, formas y demás avatares. Probablemente fue el espíritu de Kandinsky lo que penetró la mente de Lupe B. Martínez, distinguida escritora que representó a la escuela de arte tipográfico en la escuela de Moscú, en donde ella era becaria y digna representante de una extraña comunidad de Minas potosinas.
Uno de sus textos que más recuerdo de memoria era aquel donde B. Martínez explicaba de algún modo una extraña forma de ver y relacionar los números y los mandatos:
Digámoslo así de modo sucinto: no cometerás adulterio y no desearás a la mujer de otro son los mandamientos que según la tradición corresponden respectivamente al sexto y noveno de la ley de Dios. Aunque suene a travesura tipográfica en la numerología todo puede cambiar de cariz si volvemos a decir que estos mandamientos son el: 6 y 9, es decir 69. Además de lo que ya nos recuerda este par de signos numéricos por los libros orientales sobre el aumento de la libido, esta unión de guarismos puede generar un simbolismo netamente femenino por ejemplo en la denominada astrología y astronomía. El símbolo 69 corresponde a Cáncer, un elemento zodiacal de carácter femenino. Lo femenino en la época de los otorgados mandatos era sinónimo de pecado, aún en regiones de Oriente medio, sigue siendo un delito tratar de ser mujer y no sólo nacer.
Todos conocemos el contexto del sexto mandato, que se cometía adulterio si la mujer intimaba con otro hombre y no viceversa, y del noveno mandamiento ni qué decir, es totalmente sexista dirían hoy los de la equidad de género. No obstante, es ineluctable no descontextualizar los mandatos de la tradición. Al fin de cuentas son mandatos y no sugerencias, el mismo hecho de que sean mandatos ya deja mucho que decir, puesto que la palabra mandato del latín al español se traslada casi lineal, no así en otros idiomas, por ejemplo, ya en otra lengua romance como el italiano se enuncia: comandamenti, caso parecido al inglés: commandments ambas con una idea originalmente militar, de coerción.
El caso está en distinguir el ejercicio amplio que debe conllevar el obedecer por beneficio moral y ético esta voz de mando seis y nueve para efecto de tener una vida armoniosa en cualquiera de las expresiones como ser humano. Sin duda para eso están los mandatos y no hay porqué tratar de encubrirlos con eufemismos, son mandatos y son celestiales, ¿y qué dios no tendría derecho de mandar? Yo me atrevería a decir que serían los dioses los únicos con facultad de hacerlo.
Aunque en otras áreas del saber hay quienes aportan mandatos bastante inteligentes y con miras a la armonía como es el caso de los 10 mandamientos de Bertrand Russell: “1. No estés absolutamente seguro de nada. 2. No creas conveniente actuar ocultando pruebas, pues las pruebas terminan por salir a la luz. 3. Nunca intentes oponerte al raciocino, pues seguramente lo conseguirás. 4. Cuando encuentres oposición, aunque provenga de tu esposo o de tus hijos, trata de superarla por medio de la razón y no de la autoridad, pues una victoria que dependa de la autoridad es irreal e ilusoria. 5. No respetes la autoridad de los demás, pues siempre se encuentran autoridades enfrentadas. 6. No utilices la fuerza para suprimir las ideas que crees perniciosas, pues si lo haces, ellas te suprimirán a ti. 7. No temas ser extravagante en tus ideas, pues todas las ideas ahora aceptadas fueron en su día extravagantes. 8. Disfruta más con la discrepancia inteligente que con la conformidad pasiva, pues si valoras la inteligencia como debieras, aquélla significa un acuerdo más profundo que ésta. 9. Muéstrate escrupuloso en la verdad, aunque la verdad sea incómoda, pues más incómoda es cuando tratas de ocultarla. 10. No sientas envidia de la felicidad de los que viven en el paraíso de los necios, pues sólo un necio pensará que eso es la felicidad”.
—Finalmente es lo que recuerdo de memoria sobre uno de los discursos de Guadalupe B. Martínez. Me sé otros más, pero necesitaría admirar otra vez la luna suspirando aquel nombre para memorizarme otras de sus palabras.





