Luis Ricardo Guerrero Romero
Jerónimo no era un agricultor cualquiera, por las mañanas en las que el sol ardía más de lo normal, se ponía a escribir sobre el suelo polvoroso elucubraciones so pena de ser despedido de su trabajo. Pero a él, igual que a ti, qué le iba importar un trabajo miserable. Entonces fue la mañana del día que pasó, bajo un calor mastodóntico cuando Jerónimo agachado comenzó escribir en la tierra haciendo escalofríos en la corteza terreste:
Vesania, posee una historia etimológica que parece esconder, en su interior, un pequeño drama lingüístico. Ya en el latín formada por el prefijo ve-, que funciona como negación o privación, o sea: no; y por sanus, que significa “sano”, “equilibrado” o “en buen juicio”. En esa unión se gesta un sentido inquietante: la ausencia de cordura, el desajuste del espíritu respecto a la razón. Así, la vesania no es simplemente la locura; es, más bien, el momento en que la razón se extravía, como un carnicero ha olvidado cómo hacer el corte exquisito y preciso.
Asimismo, sanus designaba en Roma no sólo la salud corporal, sino también la claridad mental que permitía juzgar rectamente, un ciudadano sanus era alguien capaz de gobernarse a sí mismo. Pero al anteponerse el prefijo ve, esa armonía se fractura: el lenguaje señala entonces una mente que ha dejado de ser morada de la prudencia. La vesania aparece como una grieta en el equilibrio humano, una ruptura del orden interior.
Sin embargo, la cultura no se conformó con explicar la locura mediante palabras; también quiso representarla. Un ejemplo extraordinario se encuentra en la pintura La extracción de la piedra de la locura, por El Bosco. En esta obra, se presenta la escena que oscila entre la sátira y la inquietud filosófica: un supuesto cirujano realiza una operación para extraer del cráneo de un hombre la “piedra de la locura”. El personaje intervenido, sentado con resignación, encarna la antigua creencia de que la insensatez podía localizarse físicamente dentro del cuerpo. El falso médico, con un embudo en la cabeza —símbolo de engaño—, sugiere que quienes pretenden curar la locura pueden estar tan extraviados como el propio paciente.
Siglos después, el filósofo Michel Foucault profundizó en este problema en su célebre obra Historia de la locura en la época clásica. Foucault sostiene que la locura no es únicamente una condición médica, sino también una construcción histórica y cultural. Cada época define qué significa estar “sano” y, por contraste, quién debe ser considerado “insensato”. En la Edad Media y el Renacimiento —época cercana a la de El Bosco— la locura aún dialogaba con la sociedad a través del arte, la literatura o la sátira. Con el paso del tiempo, sin embargo, la modernidad optó por encerrar y silenciar a los locos en hospitales y asilos.
La vesania no sólo expresa la negación de sanus; también revela la tensión entre la razón dominante y aquello que la sociedad decide excluir. El cuadro de El Bosco parece anticipar esta reflexión foucaultiana: el supuesto médico que “cura” la locura es tan ridículo como la creencia que lo sostiene. La escena se convierte así en una crítica irónica a la pretensión de extirpar la irracionalidad del ser humano.
Entre la etimología, la pintura y la filosofía emerge una misma intuición: la cordura es un equilibrio frágil. Cuando el sanus se pierde, el lenguaje lo llama vesania; el arte lo convierte en imagen; y el pensamiento, como el de Foucault, lo examina para revelar que la locura, más que una simple enfermedad, es también un espejo incómodo de la razón humana.
Jerónimo perdió todo el sol en aquella habitación polvosa, imaginando que era un jornalero mal pagado.





