Pilar Torres Anguiano

“Cada alma se convierte en lo que contempla”
Plotino[1]

Más que una reseña, hagan de cuenta que esto es un TikTok del unboxing de un libro. El libro que llegó a mis manos, era una edición bonita como bonita es esa experiencia de tomar un libro nuevo, abrirlo y oler sus páginas nuevas. En seguida parece un epígrafe: Simone Weil sentencia que “el arte no tiene futuro, porque todo arte es colectivo y hoy ya no hay vida colectiva… El arte no podrá renacer si no es en el seno de una gran anarquía”.   De entrada, pienso que esta frase dialoga, casi en choque, con una idea atribuida a Borges, según la cual el arte, en cambio, es profundamente individual. ¿Ustedes qué piensan?

Con un título que parece paradoja, resuena la más reciente novela de Daniel Rodríguez Barrón, Manual de resurrección para vagabundos y profetas (Ediciones del Lirio, 2025). La historia arranca con un crimen: el asesinato de Guillermo Mayo, profesor de la UNAM y crítico de arte. Lo que parece un caso policiaco más, pronto se convierte en una expedición por los laberintos de la academia, el muralismo y las comunas artísticas del siglo XX mexicano. Daniel Rodríguez Barrón construye un gran relato trastocado por jerarquías rígidas, ideologías extravagantes y conspiraciones que van desde el rosacrucismo a las sectas anarquistas.

No es la primera vez que el autor explora este territorio. En La soledad de los animales ya había vinculado la mística de Plotino Rhodakanaty con el ecoanarquismo contemporáneo. En esta ocasión, su obsesión -celebro las obsesiones de Daniel- se concentra en un supuesto cuadro perdido de Diego Rivera: La revolución permanente, que se vuelve clave para entender el “Corrido de la revolución proletaria”, célebre mural en las paredes del edificio histórico de la SEP, en tiempos de Vasconcelos.

Así, una obra de arte se ve convertida en mito y, sobre todo, en un ejemplo simbólico de la manera en la que el arte crea comunidad. Paradójica y proféticamente no es la pintura en sí, sino la cadena de personas que la han mirado, la han comentado y la han deseado, lo que mantiene vivo su significado. Y así, en las páginas de la novela, las historias vagabundean y quienes las encarnan, profetizan.

Las historias regresan, buscan una circunstancia nueva sólo para continuar, para seguir… A veces creo -dice Daniel- que hay historias antiguas que buscan cerrarse en nosotros, que buscan una carne nueva para ver si logran concluir, pero únicamente consiguen perpetuarse.

El vagabundo y el profeta se parecen más de lo que quisiéramos admitir. El primero camina sin rumbo, cargando en su cuerpo la parábola de la intemperie; el segundo anuncia lo que nadie quiere oír, cargando en su voz la intemperie del tiempo. Ambos son expulsados del presente: el profeta porque habla del futuro, el vagabundo porque no tiene lugar en el ahora. El desierto del profeta es la calle del vagabundo; la ceniza del que mendiga es la antorcha del que predica. Si uno encarna el hambre de pan, el otro encarna el hambre de sentido.

El vagabundo camina sin mapa, pero su andar traza rutas invisibles que otros, más tarde, reconocerán como sendas. También en el arte. El profeta anuncia lo que aún no existe; el vagabundo lo busca sin saberlo. Ambos son exiliados del presente: el profeta, porque habla del futuro; el vagabundo, porque no tiene lugar en el ahora. El vagabundo recoge las sobras del mundo; el profeta, sus silencios. Entre ambos, sostienen la memoria de lo que nadie quiere escuchar. La calle es para el vagabundo lo que el desierto fue para los profetas: un lugar de prueba, de hambre y de revelación.

Con todo esto quiero decir que el título de la novela tampoco es gratuito. El autor distingue entre “vagabundos” y “profetas”: los primeros, errantes y abiertos a la incertidumbre; los segundos, seguros de su destino y capaces de arrastrar multitudes. En este contrapunto se libra la verdadera disputa de la novela: ¿quiénes determinan el rumbo de las ideas artísticas y políticas?, ¿los peregrinos que dudan o los visionarios que imponen?

Así, no se limita a ser una novela policiaca ni una “novela negra”. El género es apenas pretexto para plantear interrogantes mayores: ¿qué es preferible socialmente, el caos o la injusticia?, ¿el arte debe ser un peligro o limitarse a la decoración?, ¿cómo se entrelazan relato, identidad y memoria colectiva? Las respuestas no se dan en un seminario teórico, sino en la carne de los personajes, que arriesgan su vida por aquello en lo que creen.

En tiempos en los que se discute sobre el arte generado por inteligencia artificial, la novela recuerda algo esencial: la creación artística no se agota en el objeto, sino en la comunidad que lo rodea. Una máquina puede producir imágenes infinitas, pero no fundar comunas ni sostener el pulso vital que surge cuando alguien reconoce en una obra un espejo de su propia existencia. Cada alma se convierte en lo que contempla.

El profeta anuncia lo que vendrá y el vagabundo encarna lo que ya llegó: el despojo, la desnudez, la intemperie. Ambos son voces fuera del mercado, testigos incómodos de una verdad que nadie quiere admitir.

Si el arte es al mismo tiempo creación individual y experiencia colectiva, esta muy recomendable novela, confirma lo mejor de ambos mundos: nace de la voz singular de un autor y, al mismo tiempo, invita a formar comunidad en torno a sus preguntas y dilemas.

No soy artista, nada más lectora, pero no me dejarán mentir: ese goce estético y ese orgullo profundamente individual que implica terminar la lectura de un buen libro, cobra un mayor sentido cuando se comenta con los demás; de preferencia en un café y no en un tiktok.

X: @vasconceliana

[1] Citado por Rodríguez Barrón. “Manual de Resurrección para Vagabundos y Profetas”. Página 34

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