Luis Ricardo Guerrero Romero

Cosset Urbina de camino hacia La Rambla (Barcelona, España), va distinguiendo una lista de estampas que allá en su patria son ausencias, son atisbos, son ideas, y a veces son nada. En su termo viaja de un lado a otro una bebida mineralizada con sabor a limón que en la noche anterior reposaba en el refrigerador de aquel hotel en donde se hospeda en estos días aciagos donde la presión de una capacitación laboral y la ausencia de él, no le permiten del todo disfrutar los aromas, risas, climas y clímax que le oferta España. Como ya es costumbre en su mochila lleva un par de hot dog preparados al estilo de la vieja escuela, es decir, un preparado tradicional pero deleitable. Suele ser ley que los alimentos, tanto como las personas hechas al modo natural y más común son mejores que los elaborados al modo más complejo, ultra fabricados, perdiendo su esencia, su sabor inicial.

Ya era su quinta vez que transitaba su paso sereno por La Rambla, de tanto qué ver no jerarquizaba lo que sí y lo que no captaba su atención, pero en una fugaz mirada, se puso de frente al Museu de l´ Erótica, poco le interesaban las exposiciones que dentro de allí se albergan, aunque su curiosidad fue más allá. Ingresó al edificio no por morbo sino en el ánimo de entender el frenesí de las personas en aquel lugar en donde por unos días estaba. Luego del recorrido entendió que nada de lo allí expuesto le podría ser ajeno a cualquier habitación de los adolescentes. —Museo de adolescentes, pensó Cosset mientras su pie derecho tocaba la realidad de la calle transitada—. Acabó el recorrido, tronó sus dedos, bostezó, se talló el pasado de los ojos para limpiar su enfoque, y en una banca junto a los arbustos comenzó a degustar su deleitable comida mientras hacia una video llamada con el amor de su vida (Gerardo), el delite supremo que inenarrablemente ha llenado su existir, él, quien ha hecho un museo de amores genuinos el corazón de Cosset.

Terminó la llamada: —besos amado hijo.

No lo supongo, lo sé, que como le pasó a Cosset, la protagonista del relato anterior, hay una taxonomía de deleites: viajar lo es, capacitarse y mejorar lo es, los placeres sensuales lo son también, comer tus alimentos predilectos, un disfrute son, conocer y conocerse así mismo lo deleite es. Más aún, para quien es mamá o papá, no habrá deleite que se compare con ver y vivir a sus hijos. Pero cada uno sabrá sus deleitables apetitos, yo más bien ofrezco divagar sobre esta palabra que suele ser poco expresada, pero mucho muy empleada en la vida.

Delite, es un sustantivo, que también se encuentra como verbo deleitar, significa: gozo, satisfacción; es decir que, cada que experimentamos estos placeres nos deleitamos, nos encantamos. Quizá con sólo despertar ya advertimos un deleite. De allí que esté catalogado como una emoción que engloba el agrado, la dicha.

Esta voz nos fue heredada del latín: delenio: ganar, seducir, cautivar, mitigar, aliviar. Tal sustantivo también nos describe lo lenitivo, (de-lenitivo); el latín: delenitor (delenite> deleite) significa el que cautiva o seduce. Así pues, todo lo que es delite nos seduce, de lo contrario lo impediríamos. ¿Cuál es tu deleite?

l.ricardogromero@gmail.com

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