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Bale se despide del Real Madrid con un sabor amargo

Gareth Bale llegó al Real Madrid como el jugador más caro del mundo, aspirando a ser el heredero de Cristiano Ronaldo, pero siete años más tarde, a pesar de las cuatro ‘Champions’ conquistadas, se va por la puerta de atrás, rumbo al Tottenham como cedido. Foto Ap / Archivo

Afp

Gareth Bale llegó al Real Madrid como el jugador más caro del mundo, aspirando a ser el heredero de Cristiano Ronaldo, pero siete años más tarde, a pesar de las cuatro Champions conquistadas, se va por la puerta de atrás, rumbo al Tottenham como cedido, para alivio de la economía blanca.

Los aficionados ven marcharse al jugador que ofreció grandes momentos, pero que, en conjunto, no justificó las expectativas ni el gasto invertido en él, aunque los destellos de calidad de Bale dejarán una marca imborrable.

El extremo galés puede presumir de haber marcado uno de los mejores goles en una final de la Liga de Campeones, con una chilena contra el Liverpool en 2018, a lo que se añade otro tanto crucial de cabeza contra el Atlético de Madrid en otra final de Champions, en 2014.

Además para siempre llevará su firma uno de los goles más bonitos en una final de la Copa del Rey tras una gran carrera que empezó casi en el centro del campo, para superar en velocidad a Marc Bartra y terminar batiendo al portero del Barcelona (2014).

Pero Bale nunca fue del todo querido en Madrid, pese a que la decepción era casi inevitable, dado el contexto de sus inicios.

Un traspaso millonario

«El coste del traspaso no tiene nada que ver conmigo», dijo a su llegada en septiembre de 2013, pero 93 millones de euros (110 millones de dólares) lo convirtieron en el jugador más caro y se esperaba que también fuera el mejor jugador del mundo.

Pronto empezaron sus lesiones, creando escepticismo en lugar de afecto y cuando su traspaso récord fue superado, su alto salario fue el nuevo metro para medirle.

El contrato firmado en 2016 por 30 millones de euros al año (35.3 millones de dólares), lo convirtieron en uno de los mejor pagados, pero este coste sólo intensificó la animadversión a medida que su contribución descendía.

Bale podría haber hecho más en el campo, donde desaprovechó muchos partidos por falta de energía o tal vez por falta de confianza en sus piernas.

Y fuera del campo, su falta de interacción fue vista como desinterés, su escasa soltura en español y su pasión por el golf fueron tomados como una falta de compromiso.

Hizo poco por congraciarse con los aficionados, pareciendo a veces disfrutar con su papel de outsider: «Siento más ilusión jugando con Gales», dijo.

Además, superar a Cristiano Ronaldo, el hombre que marcó casi una década del Real Madrid, siempre sería una tarea gigantesca y cuando el portugués se fue, era demasiado tarde con un Bale casi en los 30 años y prácticamente convertido en un paria por su declive bajo el mando de Zidane.

Relación tormentosa

El técnico francés ha cerrado la carrera merengue del galés tras cuatro de años relación, en la que se fue agotando la confianza mutua.

Cuando se pregunta a Bale por sus entrenadores favoritos, nombra a Harry Redknapp, Andre Villas-Boas y Chris Coleman, los que creyeron en él sin fisuras.

Zidane dio oportunidades a Bale y lo respaldó en público. Mantuvo su fe por un tiempo en el jugador, sospechando que sólo los partidos más grandes le hacían dar lo mejor de sí.

Luego le puso contra equipos más débiles, donde los errores defensivos fueran menos lesivos y al final acabó por dejarlo en el banquillo.

Zidane ganó la apuesta, transformando al Real Madrid y ganando el título liguero la pasada temporada, prácticamente sin Bale, que jugó sólo dos de sus últimos 11 encuentros.

Mientras sus compañeros manteaban a Zidane, Bale se quedaba en segundo plano, manos en los bolsillos, con la medalla de su segunda Liga.

Fue su última aparición con la elástica blanca tras una larga relación marcada por momentos inolvidables, una decepción persistente y alivio cuando todo acabó.