Luis Ricardo Guerrero Romero
Cuando don Anselmo nos llevó a ese lugar, pocos dábamos crédito de tal imagen. La tarea que nos había sido legada en un documento corroído y viejo era algo absurda, pero habría que hacerla para evitar que una desgracia mayor nos sucediese. A todos los implicados en aquel asunto de San Juan Parangaricutiro, Michoacán, nos hubiera encantado no ser parientes del antiquísimo hacendado, pero ya conocen la historia del dinero, todo se hace por él y en él, el padre omnipotente de cualquiera. ¿Quién de los allí presentes no buscaba riqueza y poder?, ¿a cuántos de nosotros, le importó poco ser pariente don Juan Labriega? Así que, no importó picar lava petrificada, ni el tiempo que nos tomaría esa tarea, lo que nos tenía allí en el antiguo San Juan (pueblo fantasma y enterrado por la erupción de 1943) era el dinero que nos esperaba y el evitar una desgracia mayor para los descendientes. Don Anselmo advirtió que lo único que debíamos hacer era desbastar y escarbar en el punto geométrico indicado, y que allí encontraríamos la riqueza. Sin más miramientos comenzamos a romper aquella historia enterrada en lava, sin embargo, la realidad era igual por meses, pero nada ni nadie nos arrebataría ese dinero. El dinero, y sólo el dinero es lo que mantiene al hombre, las relaciones sociales, e incluso los más pobres, los catalogan así por falta de dinero. El dinero mueve al mundo: el amor, el sexo, y Dios, son producto del dinero. La salud, es dinero; un millonario puede tener enfermedad terminal y morir tranquilo, no comprará salud, pero sus familiares estarán estables con el tiempo. Un menesteroso enfermo de gripe, no podrá solventar ni un té de limón y miel. Nada hay más importante que el dinero, sin éste nada falta, todo sobra. Por eso, después de 15 años, continuamos aquí en San Juan Parangaricutiro, Michoacán, don Anselmo ya murió, y varios de nosotros no escuchamos bien, hemos perdido todo lazo de amistad, nuestra familia está enterrada bajo la negra piedra que guarda nuestro dinero.
Al día de hoy, el dinero de Juan Labriega nadie lo ha encontrado, y aunque siguen anselmos con sus ensalmos invitando a los interesados a excavar por la fortuna, no se ha logrado encontrar, tal vez el sentido del dinero es otro. Por ejemplo, está el sentido del poder, que es muy cierto, pues el que tiene dinero, tiene poder. Ya desde su origen la voz griega δυνατος (dynatos), asignaba el poderoso, rico, aristócrata, de aquí la palabra dinastía, que era la familia con poder pecuniario. Eso de la pecunia, nos refiere al primer valor de cambio, los animales, pero también nos remite a la antigua Roma donde surge el adjetivo denarius (lo que contiene diez), que originó la palabra dinero sin omitir el sentido helénico ya citado. El denario fue la primera moneda informal, y el denario regis, la primera oficial, mientras eso se estilaba en los lares europeos, en Arabia y Yugoslavia se empleaba el dinar. Es decir que la idea semántica griega, resultó para varios contextos históricos y sociales. Si es verdad que el dinero da poder como lo sugiere la voz helénica, también dota de larga vida o duración, pues aquí se suma a la idea de dinero el sustantivo tardío dηυarioυ (denarion), moneda equivalente a 16 ases, ya que el denarius romano, equivalía a 10 ases, y el griego duraba más, por obvias razones. El dinero, asimismo, tiene que ver con el as, cabe aclarar que As, no es aquel del número atómico 33 (arsénico), sino la idea de uno, del griego εις (as), uno sólo. Hoy en día no usamos ases para contar, sino pesos, en un sentido arcaico y de cultismo –quizá ridículo–, podemos expresar: préstame 16 ases, para una chela.




