The Independent/Annabel Nugent

Si hay un rasgo común entre los provocadores, es el odio al consenso. La disidencia es su esencia. El consenso, su azote. Si el director danés Nicolas Winding Refn recibiera elogios por alguno de sus filmes, bueno, prácticamente estallaría. “Entraría en crisis”, asegura Refn a The Independent. “Dejaría de hacer películas. Es lo mismo que si a nadie le gustara: ¿qué tiene eso de interesante?”.

A sus 55 años, Refn ha hecho muchas cosas –como traspasar los límites de la necrofilia en pantalla–, pero nunca ha hecho una película que guste a todo el mundo. Estuvo cerca en 2011 con Drive, protagonizada por Ryan Gosling, por la que ganó el premio a mejor director en Cannes. Pero incluso esa tuvo sus detractores.

Sus otras películas son Bronson (2008), un retrato pictórico del infame prisionero protagonizado por Tom Hardy; Only God Forgives (2013), una retorcida historia de madre e hijo con Gosling y Kristin Scott Thomas; y The neon demon (2016), protagonizada por Elle Fanning sobre un grupo de modelos californianas sádicas.

Su nueva película, Su propio infierno, es tan desconcertante y hermosa como sus predecesoras. Sophie Thatcher interpreta a Elle, una joven estrella que llega a una ciudad futurista iluminada con luces de neón para rodar una película de ciencia ficción con su ex amiga y quizás antigua amante, interpretada por Havana Rose Liu, ahora casada con el padre de Elle, un cineasta ausente. En otro lugar, en otro universo, en el Tokio de la posguerra, un soldado estadunidense llamado Private K (Charles Melton) busca a su hija desaparecida, mientras un asesino en serie llamado Leatherman anda suelto.

La primera película de Refn en 10 años provocó abandonos de sala en Cannes y acusaciones de incoherencia, pero también de genialidad.

“No había luz”

La cinta se rodó tras una operación de corazón en la que Refn estuvo al borde de la muerte durante 25 minutos, y por eso lleva el peso de esa resurrección. “No había luz”, comparte ahora sobre el tiempo que pasó al otro lado. “Vive tu vida ahora, porque no creo que haya mucho más después”.

Refn habla en términos religiosos, una perspectiva que parece contradecir su estética ultramoderna: las gruesas gafas negras y el traje ajustado. “La fe forma parte de nuestro ADN, nos guste o no, y una vez que te enfrentas a una realidad tan dura, te interesas por su curso”, afirma.

Sin duda, alguien movía los hilos del destino cuando, tras su recuperación, fue invitado a reunirse con el nuevo Papa junto a un grupo de directores. “Dios me devolvió la vida y luego me dijo: ‘Conoce a mi representante en el Vaticano’”, ríe Refn, quien salió de la reunión con un mensaje de saludo del pontífice para su hija.

Convertirse en padre fue el segundo factor que lo transformó. Ahora es más cauteloso con la violencia, aunque no se note en sus películas. En Su propio infierno hay una o dos escenas de cuerpos mutilados. Según Refn, se trata más de una preocupación intelectual que práctica. De todos modos, últimamente ha descubierto que lo más violento que un puño ensangrentado es el silencio prolongado. “Lo que antes se consideraba peligroso en el entretenimiento –la violencia, el sexo o cualquier comportamiento perverso– ya no lo es gracias a Internet, porque todo es accesible”, afirma.

Refn creció en una familia ligada al cine; su padre es Anders Refn, un respetado montador cuya obra incluye películas como Breaking the waves y Antichrist, de Lars von Trier. Sin embargo, fue criado por su padrastro y su madre, directora de fotografía. Comparte muy poco en común, artística o filosóficamente, con Anders. Fue mudarse de Copenhague a Nueva York cuando era niño lo que más le marcó. “Experimentar esa meca cultural, esa última etapa del vibrante Nueva York, fue lo que me formó”, asegura.

Su ópera prima, Pusher (1996), rodada cuando tenía 24 años, nació de esa experiencia. Un crudo thriller sobre el submundo criminal de Copenhague, que dio a conocer al mundo el talento tanto de Refn como del joven Mads Mikkelsen, a quien había elegido para un papel secundario.

Pusher no es lo que uno espera de una película de Nicolas Winding Refn. “Con el tiempo, me di cuenta de que la realidad tiene sus limitaciones. El realismo tiene límites. Que algo sea cierto no significa necesariamente que sea interesante…”

Su segunda película, protagonizada por John Turturro como un policía obsesionado con encontrar al asesino de su esposa, se rodó en un momento en el que Refn, según él mismo, estaba eufórico por su propia fama. “Fue todo culpa mía, lo cual es bueno”, acepta. “Dios fue muy bondadoso al hacerme esto cuando era joven, así que al menos tuve la fuerza y la arrogancia para superarlo”. Si hubiera sucedido ahora, “¿estaría aquí sentado? Cuanto mayor te haces, más difícil es aceptar el fracaso”.

La ruina financiera de Fear X, sin embargo, condujo directamente a una segunda película de Pusher y luego a una tercera, completando una trilogía que, si bien no es del agrado de todos, sí goza de prestigio.

Sobre la relación con su colega, el danés Lars von Trier, durante todos estos años, la gente se pregunta si su rivalidad es real. Refn sonríe: “Lars es tan showman como yo. Es el rey de los showmen”.

“Obviamente, lo admiro mucho y le deseo lo mejor porque está muy enfermo (en 2022, von Trier anunció que le habían diagnosticado Parkinson), así que es una pena. Al mismo tiempo, nuestras batallas infantiles y abiertas son en gran medida un truco teatral para entretener. Alimenta nuestra sed de drama”.

Digas lo que digas de Refn, siempre ha hecho las cosas a su manera. “Lo único que siempre he querido es ser libre, ser yo mismo”.

Considera que el fracaso de Fear X fue consecuencia de ir en contra de esa mentalidad. “Intentaba ser aceptado, intentaba dar lo que se esperaba, lo que el sistema quería, y Dios me castigó duramente por ello. Me dijo: ‘No vuelvas a hacerlo. Sé tú mismo. No intentes ser nadie más’”.

Tras haber impulsado las carreras de Mads Mikkelsen y Tom Hardy, no hay mejor persona a quien preguntar que a Refn sobre quién debería interpretar al 007. “Prefiero hacer mi propia versión de Bond”, afirma. “Con ese nivel de financiación, hay que aceptar las restricciones que conlleva. Hay quienes se adaptan muy bien a las restricciones. Simplemente, no es lo mío. Quiero libertad”.

Su infierno privado corre en salas de arte de la CDMX como La Casa del Cine o Cinemanía.

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