Por La Jornada en Línea

Salamanca. En vísperas de recibir el doctorado honoris causa por la Universidad de Salamanca, una de las más antiguas de España, con casi 800 años de historia, el ex rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y actual secretario de Salud, José Narro Robles, defendió el idioma que compartimos casi 500 millones de personas como eje de unión de la comunidad hispanoamericana. La ceremonia solemne se desarrolló en el paraninfo del centro universitario y fue presidida por los reyes de España, Felipe VI y Letizia.

Inicio esta presentación con una confesión. Al orgullo y la gratitud que me acompañan, incorporo una pincelada de mi biografía: ¡soy un ser humano privilegiado! En efecto, no se trata solo de este momento. Provengo de una familia de la clase media mexicana. El esfuerzo de mis padres, sumado a las oportunidades que me han brindado las instituciones de mi país, junto con la perseverancia, han hecho posible mi superación. En todo esto destaca la Universidad Nacional Autónoma de México, a la que rindo homenaje emocionado.

La educación pública de México y mis maestros; mi esposa, mis hijos y nietos junto con mis hermanos, amigos y compañeros de trabajo; la fortuna de poder responder a los retos y posibilidades que la vida me ha planteado, junto con el apego a los valores laicos en los que siempre he creído me han convertido en un ser privilegiado.

Tan es cierto que soy privilegiado, que estoy aquí. En una de las cunas primigenias de la cultura occidental; en uno de los centros del saber; en una de las casas del pensamiento humano; en uno de los sitios donde se viven intensamente el humanismo y el interés por los demás; en una institución llena de historia, de lecciones de vida y de vidas ejemplares. Tengo conciencia de este privilegio que me obliga a seguir luchando. ¡Gracias Universidad de Salamanca! ¡Gracias Claustro Universitario! ¡Gracias querido rector!

De igual manera quiero expresar mi gratitud a algunos de los muchos españoles que me han hecho un ser humano mejor. En la última década de mi vida ellos me han enseñado muchas cosas. A ellos debo el poder estar aquí. De ellos he aprendido, con ellos he crecido en la superación. Gracias a la querida doctora Esther Giménez-Salinas por compartir conmigo ideas y palabras para esta disertación. Gracias a Ángel Gabilondo, a Emilio Botín, Plácido Arango, Francisco Luzón, Víctor García de la Concha, Daniel Hernández y Teresa Sanjurjo entre muchos, muchos otros, como doña Ana, Adela y Adelaida, José Antonio, Fernando, Carmelo, Luis, Manolo, Juan, Pedro, Ignacio o Jaume.

De manera muy especial, expreso mi sincero agradecimiento a la comunidad de esta prestigiada institución de educación superior española, que tan cerca ha estado en diversos momentos de su historia de mi entrañable casa de estudio y de trabajo. De la institución en la que fuí rector y gracias a la que ahora colaboro con el gobierno que encabeza el presidente Enrique Peña.

II

A partir de hoy comparto esta honrosa distinción con tres mexicanos ilustres que con mayores merecimientos recibieron este reconocimiento. Me refiero a los doctores Ignacio Chávez y Guillermo Soberón, ambos ex rectores magníficos de la UNAM que fueron distinguidos en 1977 y 1986 respectivamente y por supuesto, al extraordinario escritor e intelectual Carlos Fuentes quien lo recibió en 2002.

Quiero referir las palabras pronunciadas por el Doctor Ignacio Chávez en la ceremonia correspondiente. Por la elegancia y elocuencia las tomo prestadas: “Me acerco hoy a esta Universidad con la dulce emoción del peregrino que viniera del fondo de la historia, salvando cordilleras y océanos y llegara, después de un largo camino de cuatro siglos, en busca del santuario donde nació su fe.”

Recurro también al doctor Guillermo Soberón, quien hace tres décadas señaló: “Vengo de una tierra fuerte, vigorosa y altiva como la que me recibe. Soy de una raza digna, orgullosa y creativa, como la que aquí se encuentra. Los mexicanos no somos españoles de Allende el mar; somos el producto de una combinación genética y cultural tan bien acabada que no produjo un híbrido sino una nueva forma de ser. Pero no por ser distintos somos ajenos”.

Evoco a Carlos Fuentes quien dijo: “Las civilizaciones no chocan: se funden, se influyen, se enriquecen mutuamente y nos preparan para reconocer la pluralidad de nuestra propia cultura y la fraternidad de la nuestra con la del otro. La Universidad, portadora de universalidad en su nombre mismo, es el espacio privilegiado del reconocimiento del yo en el tú y del tú en el nosotros. Solo habrá paz en el reconocimiento de lo diferente como propio. Solo esta disposición mental derrota a los fascismos xenofóbicos, racistas, anti-migratorios que amenazan la convivencia creativa de lo plural en el seno de cada sociedad”.

III

El doctorado honoris causa que hoy recibo genera en mi múltiples consideraciones. En primer término, el orgullo que representa estar en este espacio en el que han estudiado, dictado cátedra o compartido su pensamiento y visión del mundo y de la vida, personajes de la talla de Fray Luis de León, Francisco de Vitoria, Beatriz Galindo, Miguel de Unamuno, María de Maeztu, Gloria Begué, José Saramago, Mario Vargas Llosa o mis compatriotas antes citados.

Por otra parte, se que esta distinción esta relacionada con la defensa invariable que he hecho de la educación superior pública. Reconozco que soy uno de los muchos que ven en la educación el medio idóneo para encarar nuestros problemas y para conquistar un futuro más promisorio para nuestros pueblos. Mi carrera académica me ha permitido entender el potencial de la educación para combatir la ignorancia, atenuar la pobreza y propiciar la igualdad, además de crear riqueza material y espiritual y fomentar la convivencia civilizada entre las personas y las naciones.

Estoy convencido que la educación es la llave maestra que permite el acceso a todos los derechos humanos y al disfrute de una vida más humana, mas consiente, más productiva, más digna y más feliz. En tanto que sin ella, no hay justicia y tampoco democracia. Sin educación ni los individuos ni las colectividades pueden ejercer su libertad a plenitud.

Por último, debo aceptar que la lucha por establecer el Sistema Internacional de Evaluación del Español ha influido sustancialmente para que yo pudiera llegar a esta ceremonia. Esa noble aspiración, ahora convertida en parte de la realidad, ha demandado no sólo de la fortaleza de instituciones como las nuestras, también de la autoridad moral de hombres como don Víctor García de la Concha, un ser humano extraordinario.

En este acto solemne hago propicia la ocasión para unirme con júbilo a los festejos por el octavo centenario de la Universidad de Salamanca. Al mismo tiempo deseo un futuro luminoso para esta generosa casa de estudios que tanto influyó en la génesis y el desarrollo de universidades de América Latina.

IV

En la cultura occidental la universidad tiene una existencia que en poco más de siete décadas alcanzará su primer milenio. En su fructífera trayectoria ha sido capaz de adaptarse a los cambios que tienen lugar en el mundo y de generar muchas de las transformaciones más significativas del conocimiento universal.

La educación que se imparte en las universidades ha sido el medio idóneo para conservar, trasmitir y recrear el conocimiento más adelantado; para comprender el significado de nuestras raíces históricas y su vigencia en nuestrotiempo; y para sustentar el desarrollo científico y tecnológico. La educación universitaria nos ha permitido recrear lo más valioso del pasado, entender mejor nuestro presente y prepararnos para proyectar un futuro mejor.

Las universidades tienen múltiples desafíos derivados de la realidad social en la que se desarrollan. A continuación deseo mencionar dos de ellos. El primero es un tema que acompaña a otras instituciones y a la propia vida colectiva. Me refiero a la presencia de la mujer en la toma de las decisiones y la dirección de los proyectos en nuestras casas de estudio.

En muchos sitios del mundo las mujeres son mayoría en las universidades. De igual forma, cuando se analizan los rendimientos y avances académicos, esto es, la calidad de los estudios, las mujeres también tienen mejores resultados. Sin embargo, cuando se revisa internacionalmente su presencia al frente de las universidades, en general no superan el diez por ciento de los casos y casi ninguno país tiene el 15 por ciento. Es urgente decidir que se debe hacer para transformar esta realidad o para acelerar el cambio.

Otro reto deriva de los riesgos que tiene la tendencia de hacer ordenamientos de la supuesta calidad de las universidades. ¡Qué bueno que nos preocupemos por identificar los alcances de nuestro trabajo! ¡Qué mal que pretendamos comparar lo que no es contrastable! ¡Qué bien que se evalúen la producción científica, la opinión de los empleadores o el acceso de los egresados al mercado laboral y los ingresos que obtienen al hacerlo! ¡Qué terrible que en las mediciones se ignoren la función social de la institución, su contribución a la movilidad social o su aporte a la consolidación del régimen de libertades!

V

Siento el imperativo de aprovechar la oportunidad de dirigirme a este Claustro que hoy cuenta con la presencia de sus majestades, los reyes de España, para hablar de un asunto fundamental: lo que pasa en nuestro mundo, lo que ocurre en cuanto a sus contradicciones, sus maravillosas posibilidades y sus lamentables rezagos; las amenazas que se ciernen sobre todos en escala planetaria; los valores que desafortunadamente mueven al mundo y los que deberían hacerlo; la responsabilidad histórica de nuestras generaciones.

Somos afortunados. Lo somos por supuesto por estar, pero en especial por ser. Por haber tenido la oportunidad de vivir y asimilar los grandes cambios científicos y tecnológicos de los que nos hemos beneficiado. El nuestro es un mundo fascinante y paradójico.

Este mundo es tan fantástico, que lo que durante mi niñez pertenecía al reino de la fantasía o de la ciencia ficción, hoy forma parte de los juguetes de mis nietos. Es verdad, lo que hoy se hace en casi cualquier hospital bien dotado en el servicio de imágenes médicas, formó parte de mi experiencia como cinéfilo al final de los pasados años sesenta. No hay duda, a pesar de que persisten grandes brechas y rezagos, hoy existen avances sustanciales en la defensa de la equidad, la inclusión y el apego al estado de derecho.

Este mundo sorprendente, amenazado por nosotros mismos, está lleno de contrastes, pero también de oportunidades; es cada vez más virtual, pero igualmente más articulado; es más provisional, pero más previsible; está dominado por la tecnología y por quienes acumulan recursos financieros; pero hay más preocupación colectiva por el ambiente y los derechos humanos, y se cuenta con mayores formas de participación social. Nunca antes se había gozado de los niveles de libertad y democracia que hoy tenemos.

Sin embargo, en razón del propio desarrollo, también tenemos afectaciones globales. Lo que sucede en un sitio del mundo repercute en el punto más distante. En virtud del crecimiento poblacional y del progreso desigual, la pobreza ha aumentado, existen cientos de millones de personas que sufren de desnutrición, analfabetismo y que enferman de padecimientos prevenibles.

Junto a esos males de siempre, despiertan condiciones que considerábamos eliminadas. De nuevo se presentan guerras religiosas; aparecen formas de violencia inusitadas, producto de actos terroristas que generan muerte y sufrimiento de la manera más absurda; hay millones de personas que abandonan sus países por temor o por falta de oportunidades; el binomio libertad seguridad parece desequilibrarse; y el crimen organizado, el narcotráfico y la trata de personas adquiere un rostro cada vez más inhumano.

Nuestro sistema de valores cívicos se ha debilitado y los mensajes para los jóvenes están equivocados. Ni la felicidad ni el éxito o la realización personal, se deben medir por la riqueza material acumulada.

¿Será posible que no entendamos las quejas de la historia? ¿Acaso permanecemos sordos frente a los lamentos del espíritu humano? ¿Alguien en nuestros espacios puede decir que no conoce las noticias de la vida? ¿Podría ser que no se perciba que el mundo tiene miedo? ¿Será que no hay nada que se pueda hacer y que el único camino está marcado por la indiferencia o el egoísmo? Mi respuesta frente a todas esas interrogantes es un NO rotundo.

Es cierto, soy un optimista sin remedio, pero en este caso entiendo que no es solo eso. Somos muchos los que compartimos una visión distinta y que trabajamos por alcanzar un mundo más justo, libre y democrático. Me alienta y al mismo tiempo me preocupa el pensamiento de gigantes como Octavio Paz que en 1945, al hacer la crónica de los trabajos de la Conferencia de San Francisco, escribió: “La esperanza es el instinto de salvación del hombre y es indestructible; no es posible agotar la esperanza de los hombres, pero si es fácil agotar su paciencia”.

Un mundo sin ideales es un mundo sin ideas. Al nuestro le hacen falta bloques y utopías. Utopías para renovar la esperanza y fijar aspiraciones superiores. Bloques que no sean de aquellos que se usan para construir murallas, para aislar o dividir. Le hacen falta agrupaciones y países que reconozcan la conveniencia de alinear sus intereses y de articular sus esfuerzos para eliminar la pobreza y la ignorancia, para alcanzar la justicia y la inclusión. Debemos tomar riesgos para hacer nuestra tarea. Escuchemos el consejo de Mark Zuckerberg: “En un mundo que cambia tan rápido, la única estrategia garantizada para fracasar es no tomar riesgos”.

VI

Termino con la reiteración de mi agradecimiento y con la expresión de un compromiso. ¡Gracias por permitirme vivir este momento tan extraordinario! Tengan la seguridad de que me esforzaré permanentemente, para ser digno portador de la distinción que me han concedido, para merecer mi pertenencia a esta espléndida comunidad a la que hoy ingreso.

Muchas gracias

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