Luis Ricardo Guerrero Romero

Lucía di Carreto, una mujer de talle atractivo y mirada cautivadora, era descrita por todos los toscanos como una amable ciudadana de la cual no habría por qué desconfiar, era el tipo de mujer que al salir de compras, saludaba con una sonrisa a todas las personas de los aparadores que la atendían; por las avenidas compraba dulces a los niños indigentes; en las esquinas, ofrecía dádivas a los mendigos y pan a los desamparados; tenía un día especial para revisar lo que hubiera de innecesario en su guardarropa para luego donarlo a los inmigrantes que albergaban en una casa de asistencia; y ni qué decir de su corazón gratuito para los ancianos asilados en instituciones públicas, esos lugares eran sus preferidos, puesto que con alegría donaba tiempo y dinero a aquellos veteranos olvidados por el amor familiar. La señorita di Carreto solía dar propina en los lugares donde iba a comer y con aquiescencia se mostraba frente a cualquier necesitado.

El día de su pesaroso suicido, que al parecer fue hace tres días, una semana antes de su cumpleaños número 31, di Carreto dejó en el muro de la habitación un clavel sujetado por un enorme clavo de concreto, y dentro del capullo especias de clavo negro. Una nota en su mano derecha que decía: “todo, oye bien, es uno”, describía su acción letal como resultado de su pitagórica personalidad. Y nadie supo por qué Lucía, siendo tan buena, no se había suicidado antes.

Quizá el ritual que hizo Lucía antes de suicidarse nos explique el por qué la palabra clavel tiene cosas que ver con un clavo, aunque a simple vista se puede obviar, como se obvia el sentido de la frase: clavo clavus eicitur (un clavo saca otro clavo), que puede ser sustituida por: un clavel saca otro clavel, puesto que el sustantivo que designó a esta flor es precisamente clavell, palabra de raíces latinas y catalanas para hablar de la mencionada flor, pero el nombre otorgado de origen latino –a la vez simbólico– fue Dianthus, la flor de Dios, por la semejanza que guarda con los clavos de metal, los cuales hacen alusión al modo en que estuvo sujetada del tronco la muerte de Dios. No obstante, habrá que distinguir que la especie de la flor tiene variedad de formas, y con mayor acierto a la que se hace comparación es al clavel chino, que es mucho más semejante al clavo de metal, pero también hay una asimilación con la especie clavel del aire, que únicamente crece y se afianza en troncos, especie de clavel que se sujeta al tronco para vivir. Ambas especies de flor, clavel chino y del aire, se distinguen por su perfume particular de un aroma intenso, ciertamente, como el que caracteriza a la especia clavo (mejor conocido en la cocina universal como clavo de olor), que sin duda también es algo parecido a un clavo de metal.

Ya que estamos clavados en el asunto, recordemos que la idea de clavos y claveles es antiquísima, tanto como la diosa etrusca Nortia, a la cual se le encajaban clavos para asegurar un año más –clavus figendus–, es decir que los clavos eran símbolo y ofrenda para afianzar el tiempo, la suerte y la bonanza a los pies de un dios. Se obvia la tradición que se realiza hasta nuestros días. Los claveles en cierta forma alegórica son la llave para obtener un beneficio, y en cierta forma lingüística son lo mismo, puesto que el fenómeno de yod, trasladó el sonido /cl/ a /ll/, así clave (lo que permite sellar o asegurar algo, como un clavo asegura), es llave. El clavel en ese orden –aventuramos decir–, asegura belleza y color, tanto como las rosas. Y bien que, de este modo suponemos que el ya cadáver de Lucía, quiso asegurar belleza y noble fama.

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