Luis Hernández Navarro
Tres décadas de terca resistencia y memoria parecen resumirse en tres imágenes. En la primera, una fotografía de Yuridia Pantoja en la Selva Lacandona de octubre de 1996, aparece la comandante Ramona sosteniendo en sus manos la bandera mexicana que los zapatistas mandaron a la fundación del Congreso Nacional Indígena (CNI). Ella camina rumbo al transporte que la trasladará a la Ciudad de México. A su costado derecho, la acompaña el entonces subcomandante Marcos, con su mano izquierda sobre los hombros de la bordadora tsotsil.
Las otras dos, actuales, son una pintura de caballete y la parte central del mural en manta elaborado por el artista plástico Gustavo Chávez, ambas con la impulsora de la Ley Revolucionaria de Mujeres Zapatistas, ataviada con su huipil de San Andrés Sacam´chen de los Pobres, como figura central. En el mural en manta, Ramona lleva una bandera nacional con la consigna: “Nunca más un México sin nosotros”. Ambas, son parte de la escenografía que se montó en el presídium de la asamblea-celebración del CNI, realizada hace unos días, en la Casa de los Pueblos Samir Flores.
Las imágenes de la comandante de ayer y de hoy simbolizan la continuidad y persistencia del espacio independiente que los originarios en resistencia se han dado para caminar juntos desde hace 30 años, cuando apenas y se conocían unos con otros. Plasma la identidad común forjada a partir de las innumerables luchas que los pueblos han protagonizado en torno a problemas comunes, bajo la sombrilla de una organización que no se reivindica como tal, sino como asamblea cuando se reúnen, y red cuando no están juntos.
La asamblea-celebración arrancó con la participación de 352 delegados de 32 pueblos indígenas (lenguas) correspondientes a 20 estados del país. Su participación es libre y consciente. Cada una de las representaciones se hizo cargo de los gastos para su traslado. Estuvieron también presentes invitados de 15 estados y 10 países de América y Europa, desde Guatemala hasta Grecia.
Según la vocera del CNI, María de Jesús Patricio Martínez, “en estos 30 años no se ha perdido el espíritu de caminar juntos y defender nuestras comunidades. De no dejar que nos sigan arrebatando nuestro territorio. De no permitir que se acaben nuestras aguas y deterioren el lugar donde vivimos. Eso nos mantiene vivos, nos mantiene unidos. En esos 30 años hemos visto cómo gobiernos de diferentes colores llegan y se van, y la situación sigue peor. Treinta años se dice sencillito, pero ha costado. Es como en las fiestas, donde llegan bastantes, pero cuando se trata de preparar los alimentos son pocos los que le entran. Unos se quedan viendo y otros esperan que los sirvan. Pero, si decidimos caminar juntos, hay que entrarle parejo”.
Además de la comandante Ramona, se recordó a algunos de sus fundadores y participantes que ya partieron: desde Juan Chávez a Bety Cariño, de Efrén Capiz a Eva Castañeda, sin dejar de lado al sacerdote jesuita Ricardo el Ronco Robles y al mayor jaramillista Félix Serdán. Toda una generación de dirigentes indígenas excepcionales, que, a partir de la convocatoria zapatista, se echó sobre los hombros el poner los cimientos y levantar los muros de la casa común, independiente y autónoma de cualquier gobierno, de los pueblos ancestrales. Y que, aunque ya no estén, siguen presentes como ejemplo y guía.
Asistieron también, junto a los representantes históricos que, contra viento a marea y una actitud incorruptible e inclaudicable, siguen en la brecha, una enorme cantidad de delegados comunitarios que nunca antes habían asistido a una reunión del CNI.
Signo de los tiempos, señal de la convergencia de caminos, participaron como invitadas integrantes de colectivos de madres buscadoras, como la mamá de Argenis Yosimar Pensado Barrera, desaparecido hace 12 años en Xalapa, que, entre lágrimas, dijo sentirse muy conmovida con lo que estaba viviendo. Y añadió: “Hay que seguir nombrando a nuestros desaparecidos, no podemos dejarles en el olvido”. Al concluir su intervención, las consignas no se hicieron esperar: “¿Por qué los buscamos? ¡Porque los amamos! ¿Hasta cuándo? ¡Hasta encontrarlos!”.
Los problemas que ahora enfrentan pueblos y comunidades que integran el CNI van más allá de la cuestión agraria; la salud, la educación, el agua, la proletarización, los programas gubernamentales que siembran envidias, fraccionan las tierras de uso común y dividen a la gente, los coyotes y caciques y la represión gubernamental.
Dos asuntos adicionales (y otro más, urgente) se han vuelto centrales: la defensa de los territorios y recursos naturales, de los que megaproyectos y capitales buscan despojarlos. Y la acción de la delincuencia organizada, en muchas ocasiones subcontratada por los grandes intereses, que ha convertido a los poblados ancestrales en zonas muy inseguras para vivir, sembrándolos con asesinatos, desapariciones y encarcelamientos.
El tercero es la consulta para una reforma a la ley indígena. Según Marichuy, con ella “nos quieren meter una ley amañada, que quiere controlar la autonomía y las tomas de decisión de nuestras comunidades. Quieren controlar la forma en la que cuidamos nuestras tierras. Eso quieren porque saben que les estorbamos. Pero saben también, que las comunidades no se van a dejar”.
La situación que enfrentan los pueblos originarios es muy grave, de acuerdo con la médica tradicional nahua y defensoras de derechos humanos “vienen por todo. No se van a detener. A 30 años, la situación está peor. Algunos pueblos ya están muriendo. Hay que demostrar que estamos decididos a defender este territorio, esta tierra, estos recursos naturales, que son los que nos dan vida”. Así las cosas.
X: @lhan55







