Emilio Payán
La relación de Livma Zacarías Farah con la joyería comenzó a los cinco años, cuando insistió a su madre para que le comprara unos aretes largos, de esos que parecen adquirir vida con el movimiento del cuerpo. No quería solamente llevarlos. Quería saber qué otra forma ocultaban, qué podían ser si dejaban de ser aquello para lo que habían sido hechos.
Tal vez desde entonces comprendió que ninguna forma es definitiva.
Creció en la Ciudad de México entre cinco hermanos, primos, juegos y largas tardes dibujando sobre la alfombra con su hermano Abraham. Los aretes que compraba tampoco permanecían intactos: los desarmaba con las pinzas de depilar de su madre –que inevitablemente terminaba arruinando– y volvía a reunir las piezas según otro orden.
Hacer y deshacer es, desde entonces, una manera de pensar.
Livma nació en 1971. Ha trabajado con pintura, xilografía, esmalte, cerámica, joyería y papel hecho a mano. Durante un tiempo, dibujó con alambre sobre la pulpa húmeda e incorporó vidrios, espejos y clavos. Cuando el papel se secaba, aquello que antes estaba separado quedaba unido para siempre. O, al menos, durante ese breve tiempo al que llamamos siempre.
Parece pensar con las manos. No parte siempre de una idea abstracta para después buscar el material; muchas veces es el material el que provoca las preguntas. Una piedra, un vidrio, un hilo o un alambre contienen posibilidades.
Quizá todo su trabajo nazca de esa intuición. Un día dobló un alambre hasta convertirlo en un anillo y dentro colocó un pequeño fragmento de espejo. Lo llevó durante meses. Su madre le sugirió hacerlo en plata. Livma aprendió entonces el modelado en cera perdida y la fundición.
Cada material conserva algo de su historia: de las manos que lo trabajaron, del lugar del que proviene. Para Livma, una cuenta nunca es solamente una cuenta. Es una pequeña porción del mundo. Algunas parecen venir de un tiempo remoto. Otras, de lugares que acaso sólo existen cuando alguien las recuerda. Una cornalina puede llevarla hasta la antigua Roma; un vidrio reciclado, pintado a mano, puede hacerla pensar en las manos desconocidas que alguna vez lo sostuvieron.
Durante más de 30 años ha reunido cristales, vidrios de India, huesos, piedras, cuentas africanas, cuentas de Nepal y ámbares. Las guarda, las mira y espera.
El hilo de lino ocupa un lugar esencial en sus collares. No es sólo aquello que sostiene las cuentas. Tiene peso, textura y color. El nudo no se esconde: permanece a la vista y ocupa también el lugar de una cuenta. Tal vez el collar comience allí: en el hilo.
Después llegan las piedras, como llegan ciertas palabras: sin prisa, buscando el lugar que les corresponde. Existe un hilo visible y otro que no vemos. Uno atraviesa las cuentas. El otro atraviesa su vida.
Ese hilo une a la niña que desmontaba aretes sobre una mesa con la mujer que todavía hoy sostiene una piedra entre los dedos y espera comprender dónde debe estar.
Sus collares también tienen música. Durante años la fascinaron los largos collares de Janis Joplin: aquella acumulación de cuentas de colores; esa mezcla extraña de fuerza y libertad. En los suyos, el ritmo se construye entre cuenta y cuenta, y la repetición de una secuencia: cuatro nudos, una distancia, un espacio vacío.
Así aparecieron sus primeros collares largos y flexibles. Después, el fieltro dejó de ser sólo un separador para convertirse en materia de la pieza. Su trabajo concede importancia a lo que parecía secundario.
Una vez rodeó una canica con alambre. El alambre fue creciendo alrededor de ella hasta parecer una flor, no imitaba ninguna flor conocida. Era una que hasta entonces sólo había existido en su imaginación. Después llegaron otras pequeñas esculturas. El alambre se convirtió entonces en otra manera de dibujar: una línea que ya no necesitaba papel.
Por eso nunca hubo verdaderas fronteras entre sus disciplinas. El papel, la pintura, el hilo, el alambre, la piedra y el vidrio pertenecen a una misma conversación.
Hoy vive en Argentina y ha vuelto a pintar. Trabaja con gouache en una serie sobre partículas en expansión. Y piensa nuevamente en el papel.
Quizá la vida consista también en eso: saber esperar hasta que las circunstancias permitan que aquello que estaba dormido resurja.
Toda la obra de Livma parece haber nacido de esa paciencia: mirar algo aparentemente insignificante hasta que revele la forma que llevaba escondida. Hay quienes reciben los objetos tal como el mundo los entrega y así los dejan. Livma desarma para imaginar. Une para recordar.
Un hilo casi invisible atraviesa todos esos años. Y quizá no haga falta más. Porque también nosotros somos eso: fragmentos dispersos que el tiempo reúne por un instante. Al hacerlo nos recuerda algo sencillo y profundamente humano, que quizá la vida consiste precisamente en eso, en encontrar el hilo invisible capaz de mantener unidas nuestras historias.







