Armando G. Tejeda
Salvador Dalí cambió su forma de entender el mundo y a sí mismo cuando leyó La interpretación de los sueños, de Sigmund Freud, obra que le abrió un universo de libertad sobre sus obsesiones y tormentos. Gran parte de su obra está impregnada de ese afán por escudriñar su sique, la misma que lo llevó a escribir: “yo escupo sobre mi madre”, o a relatar que cuando estuvo delante del féretro de su padre “puse mis labios llenos de vida sobre su boca fría. A menudo he dicho, parafraseando a Francisco de Quevedo, que la mayor voluptuosidad hubiera sido sodomizar a mi padre agonizante”.
El museo Thyssen-Bornemisza de Madrid presenta la primera gran retrospectiva de Dalí centrada en ese vínculo entre el artista y el sicoanálisis, El universo freudiano de Dalí, en la que mediante 128 obras se exponen con crudeza los desgarros más íntimos de un artista que siempre bordeó el precipicio del eros y el thanatos.
El curador de la exposición, Jaime Brihuega, uno de los máximos expertos en el universo de Dalí (1904-1989), explicó en la presentación de la muestra: “no hay duda de que sin el conocimiento de la obra de Freud, seguramente Dalí como artista hubiera sido otra cosa. Freud y la lectura de La interpretación de los sueños se convirtieron para el pintor en la patente de corso para mostrar con orgullo todo lo había dentro de él”.
Porque Dalí creció en un círculo familiar que le provocó un sinfín de inquietudes y temores: él mismo no entendía su sexualidad y su aspiración al hermafroditismo; su padre era autoritario y castrador; su madre murió cuando él tenía 17 años, y su lugar lo ocupó su madrastra; y su única hermana, Anna María, se convirtió en su amante en una relación incestuosa que narró en sus poemas.
Dalí descubrió la obra de Freud cuando vivía en Madrid, en la Residencia de Estudiantes, y estaba rodeado por otros artistas con los que compartía ideas y aspiraciones estéticas, como Luis Buñuel o Federico García Lorca.
El hallazgo del sicoanálisis le abrió las puertas de su universo imaginario, por eso admiró tanto al médico neurólogo austriaco, a quien trató de conocer al ir a su casa de Viena en cuatro ocasiones, pero en ninguna de ellas lo logró. Lo conoció en Londres, en 1938, gracias a la intervención del escritor Stefan Zweig; fue entonces cuando le entregó sus escritos sobre el libro de los sueños y una serie de dibujos que deslumbraron a Freud, quien consideró que eran cuadros con un “control lógico de unos sueños muy intensos”.
Para elegir las obras que forman parte de la exposición en el Thyssen, Brihuela buscó ese rastro sicoanalítico en las piezas con el afán de darle una coherencia y una evolución, ya que ese manto intelectual estuvo presente durante toda su vida. La muestra se divide en seis etapas; se inicia con el material onírico y su infancia marcada por la muerte de su madre, las playas y los acantilados de Cadaqués y el cabo de Creus.
Después se relata su etapa de Madrid, cuando conoció las propuestas surrealistas que llegaban de Francia y cuando descubrió los dibujos de tejidos neuronales de Santiago Ramón y Cajal. Aquí se incluyen obras fundamentales para entender ese interés que marcó su vida: Los esfuerzos estériles (Cenicitas) (1927-1928) y Los deseos insatisfechos (1928).
La tercera fase es su etapa en París, cuando Dalí dio el salto al surrealismo de André Breton y conoció a Gala. De esos años proceden Los placeres iluminados (1929) y El hombre invisible, piezas de escenas construidas con fragmentos de recuerdos, fantasías y símbolos. Después, la exposición relata el viaje de Dalí a Londres para encontrarse con Freud, con los dibujos que Dalí le dedicó en 1938. En esta apartado además están obras como Enigma sin fin y España, realizados el mismo año. La sección aborda además su ruptura con el grupo surrealista, del que fue expulsado en 1939, y el inicio de su etapa estadunidense. Aunque más adelante afirmó haberse alejado del pensamiento freudiano para interesarse por la ciencia y la religión, en opinión del curador Brihuega, “sus cuadros conservaron aquellas imágenes ambiguas y formas cambiantes, y esa manera de entender los sueños”, como se ve en obras del llamado periodo “tardío”, como La Madonna de Portlligat (1949) y La ascensión de Cristo (Piedad) (1958).
La exposición exhibe también la película Comiendo erizos de mar (1930), fragmentos de Un perro andaluz (1929) y La Edad de Oro (1930), de Luis Buñuel, así como de Recuerda (1945), de Alfred Hitchcock, en las que participó Dalí. Asimismo, se incluyen tres audiovisuales realizados por el escritor, productor y fotógrafo Joan Dolç para contextualizar la muestra: Salvador Dalí y Julio Romero de Torres (2026), Génesis de La metamorfosis de Narciso, 1937 (2026) y Dalí: Un esbozo freudiano (2026).
Para llevar a cabo esta exposición se solicitaron préstamos a colecciones públicas y privadas, entre ellas al Museo Dalí, de San Petersburgo, Florida, y al acervo de la Colección Pérez Simón, del empresario asturiano-mexicano del mismo nombre. La muestra permanecerá abierta hasta el 24 de enero del 2027.







