Bernardo Bátiz V.
Escribo está colaboración a La Jornada como un homenaje al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, político congruente, íntegro y patriota, con quien tuve el honor de coincidir en acciones políticas decisivas que contribuyeron a una transformación que parecía imposible y que ya va por buen camino.
Ahora, a lo de hoy: un buen amigo que ya no está entre nosotros, dueño de un ingenio notable, el abogado Eduardo Martínez de la Vega y Gloria, quien escribía con soltura epigramas y rimas, pero también textos jurídicos y filosóficos, allá cuando se hablaba, hace unos 50 años, de las difíciles relaciones entre México y nuestro buen vecino del norte, hizo este comentario que recuerdo hoy y he citado en otras ocasiones: “México recuperará los territorios perdidos en la guerra de 1847, con la alianza para la reproducción”.
Se hablaba entonces de la “Alianza para la Producción”. Unos, los oportunistas, veían esto como la puerta a la prosperidad capitalista, pero otros, desconfiados, con recelo, conocedores de la voracidad de los grandes empresarios, así como sabedores de las desigualdades entre ambas economías y también de las desigualdades entre ambos países, pensaban que sin la rectoría del Estado respecto a la economía, caeríamos en esa regla no escrita según la cual en un sistema de libre mercado absoluto, el pez grande se come al chico.
Mi amigo hacía referencia a un dato verificable; los migrantes o braceros que contraían matrimonio tenían de tres a cuatro hijos, mientras que los matrimonios entre anglosajones o no tenían hijos o se limitaban a uno o dos; fue tan solo una expresión ingeniosa, pero sin duda con más o menos cercanía a la realidad.
Lo anterior viene a cuento por algo que da en qué pensar tanto a observadores de nuestras relaciones, como a algunos funcionarios locales y nacionales, y especialmente a nuestra Presidenta, quien, como lo hace siempre, opinó con oportunidad y franqueza. Es que se supo, con motivo de un accidente de tránsito en Chihuahua, que habían participado en actividades policiacas, junto con agentes de la policía local, algunos agentes que pertenecen a una corporación oficial de Estados Unidos, lo que, sin duda, significa que hay al menos indiferencia, sino es que desprecio a nuestra soberanía.
Pero para entender cabalmente el significado de lo acontecido, hay algo más que es conveniente recordar y que viene al caso: cuando era presidente del vecino país Woodrow Wilson, su secretario de Estado, Robert Lansing, dijo aquello que merece ser recordado, su “profecía” según la cual, para dominar a México, no necesitan ellos, los gringos, de tropas, aeroplanos o buques de guerra; lo que hay que hacer, decía, es abrir las puertas de nuestras universidades a los jóvenes mexicanos ambiciosos, y cuando lleguen al poder, facilitarán el predominio de los intereses estadunidenses.
De mi parte, recuerdo otros hechos y otras advertencias del pasado que debemos tener siempre en nuestra memoria; una es la opinión que se ha atribuido a Sebastián Lerdo de Tejada, quien fue presidente de México y militante del partido liberal: “Entre México y Estados Unidos, el desierto”. Esto significa que ese destacado político mexicano advertía lo peligroso que es vivir tan cerca de una potencia imperialista.
Pero hay algo más. Recuerdo a mis compatriotas y, en especial, a quienes están al frente de la política exterior, algunos antecedentes que no podemos olvidar. Cuando en la Guerra de Tres Años Miguel Miramón tenía, mediante un sitio militar, acorralado al gobierno liberal encabezado por el benemérito Benito Juárez, para cerrar el cerco, mandó comprar dos buques de guerra en Cuba, pero éstos fueron capturados por buques estadunidenses y llevados detenidos a Nueva Orleans.
Recordemos también que en 1853 se firmó el Tratado de la Mesilla entre el gobierno de Antonio López de Santa Anna y el de Estados Unidos, por el que México perdió más de 76 mil kilómetros cuadrados de territorio, que ahora forman parte de Nuevo México y Arizona, por 10 millones de dólares. Recordemos también al diputado panista Carlos Chavira Becerra, quien murió por un infarto durante un debate en la Cámara de Diputados y quien había sido crítico severo del tratado de aguas firmado con Estados Unidos, porque en su opinión era inequitativo y desventajoso para nosotros.
Por último, no debemos olvidar el Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848, el peor de todos, por el que perdimos más de la mitad del territorio mexicano a cambio de 15 millones de dólares. Así es que no podemos ser tan confiados; como lo está haciendo el gobierno: colaboración en contra de los cárteles de las drogas, pero simultáneamente, firmeza y claridad en la defensa de nuestra soberanía.
Sin duda debemos ser muy buenos vecinos, comprar y vender con Estados Unidos, pero sin injerencias ni abusos. Quien no recuerde la historia, puede tropezar con la misma piedra.
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