Jessica Xantomila

Para muchos de los mexicanos deportados de Estados Unidos que habían vivido más de una década en ese país, el proceso para lograr un plena integración social puede ser largo y casi imposible por los lazos que los mantienen atados a la nación vecina, principalmente su familia más cercana y los bienes económicos acumulados por los años de trabajo.

A ello se suma el esfuerzo de empezar de cero en México, es decir, encontrar un empleo formal, ahorrar para comprar o rentar una casa y poco a poco volver a satisfacer sus necesidades.

Para Manuel Sánchez, la deportación ha significado la ruptura de 40 años de vida en California, lo que ha implicado separarse de sus dos hijas mexicanas y un hijo y cuatro nietos estadunidenses, además de la preocupación por no saber qué pasará con sus pertenencias: casa, automóviles, ropa, entre otros.

Esa realidad le impone pensar que aunque pudiera quedarse en la Ciudad de México para trabajar y construir un hogar para sus hijas en caso de también ser deportadas, “es casi imposible”, porque lo que más quiere está del otro lado de la frontera. “Sueño en regresar y ver a mi familia, allá tengo todo, quién me espere. Fueron 40 años y sí pesan”, lamentó.

En entrevista, compartió que el proceso de detención y de retorno a México ha sido “traumático”. Agentes migratorios lo detuvieron el 13 de junio pasado en Van Nuys, mientras viajaba en su camioneta rumbo al trabajo.

“Me trataron muy feo, como un sinvergüenza y criminal, porque me pararon, me tumbaron al suelo, uno de ellos me puso sus rodillas en el lomo y me colocaron esposas en las muñecas”.

Señaló que fue ingresado al centro de detención migratoria Lancaster, donde estuvo 10 días, antes de su deportación a Chiapas, junto con más de un centenar de connacionales, incluidos niños. “Nos tratan como delincuentes”, reprochó.

Otro caso es el de Dayareli Castillo, quien junto con sus tres hijos regresó a México hace 11 meses y aún no han podido recuperarse plenamente.

En entrevista, relató que tras 20 años de vivir en Estados Unidos se vio obligada a volver porque a su esposo lo deportaron en julio del 2025 y quería evitar la separación familiar.

Para retornar, expuso, tuvo que buscar apoyo de organizaciones civiles y autoridades consulares porque dos de sus hijos, menores de edad, son estadunidenses. “Fue todo tan espontáneo, difícil y con mis niños pequeños no sabía qué hacer”.

Indicó que, tras un año, su esposo sigue sin conseguir un empleo formal, por lo que ayuda al negocio de la mamá de Dayareli; mientras los hijos, quienes ya estudiaban en Estados Unidos, enfrentan dificultades escolares por el idioma.

“Ellos llegaron sin saber leer ni escribir bien en español, por eso les está costando trabajo en la escuela”, aseveró.

La mujer, de 44 años de edad, mencionó que buscarán regresar a Estados Unidos para que sus hijos vivan allá, al ser su derecho como ciudadanos estadunidenses.

Pero mientras eso sucede, la familia aún intenta recuperarse “del shock” de la deportación, porque aseguran que “nuestros sueños se esfumaron”.

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