Juan Pablo Duch

El Kremlin y la Casa Blanca pueden darse por satisfechos: lograron liberar este jueves a quienes denominan víctimas de una injusticia que –mediante un canje en el aeropuerto de Abu Dabi, capital de los Emiratos Árabes Unidos, cual corresponde ahora una vez cancelada la opción preferida de la guerra fría en un puente en Berlín Occidental– demuestra cuánto se preocupan por sus ciudadanos.

La injusticia, vista por el gobierno ruso, es que Viktor Bout, considerado uno de los mayores traficantes de armas del mundo, cayó en una trampa en Tailandia tendida por los servicios secretos de Estados Unidos y, llevado ante un juez del otro lado del Atlántico, recibió una condena de 25 años de prisión por “conspirar para matar a ciudadanos estadunidenses y vender armas a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia”, entre otras, cerca de 800 misiles tierra-aire y 5 mil fusiles de asalto Ak-47.

Películas y libros sobre el Mercader de la muerte –como era conocido Bout en el mundo de los negocios turbios– están al alcance de quien quiera saber más de la vida de este ex militar y presunto agente del espionaje soviético que se dedicó a vender armas (soviéticas y después rusas) a quien estuviera dispuesto a pagar por adquirirlas, sin importar qué iba a hacer con ese arsenal criminal.

Pero si un mérito hay que reconocer a Bout es que nunca abrió la boca y asumió en silencio una culpa que –liberado ayer por el Kremlin tras 13 años entre rejas– podría parecer que no era sólo suya, aunque nunca reveló el nombre de ningún cómplice o jefe, así como tampoco detalles del esquema de venta de armas ilegales que, en opinión de quienes han seguido de cerca su trayectoria, lo hubieran podido convertir en testigo protegido.

La injusticia, vista por Estados Unidos, es que una de las mejores basquetbolistas del mundo, Brittney Griner –dos veces campeona olímpica, estrella de los Phoenix Mercury, así como figura del equipo UMMC de Yekaterinburgo de la primera división rusa desde 2018, aprovechando el parón de las temporadas de la WNBA, la liga profesional estadunidense femenina–, acabó condenada a nueve años de prisión por narcotráfico.

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