Carlos López Torres
Los productores de piloncillo de la Huasteca media, Aquismón y Tancanhuiz especialmente, no pudieron contener su sensación de felicidad cuando les informaron que finalmente sus líderes habían logrado la entrega de molinos para caña, sin imaginar siquiera que a la vista estaba el desplome del precio del llamado “pilón”.
La tan esperada entrega de la dádiva populista llegó por fin entre discursos y aplausos, cumpliendo cabalmente con las reglas establecidas no escritas: los primeros beneficiarios fueron los líderes y gestores, aunque algunos de ellos ni siquiera son productores de piloncillo, después se dotó a los productores, aunque no todos alcanzaron.
El dinero del pueblo regresaba así al mismo pueblo, mencionaron en las entregas las autoridades. Todo era felicidad, como si se tratara de un anticipo a la conmemoración del Día Internacional de la Felicidad, instaurado por la Organización de las Naciones Unidas, teniendo como fecha precisamente ayer 20 de marzo.
Sin embargo, como ocurre con las dádivas interesadas, poco les duró el gusto a los piloncilleros, indígenas en su mayoría, ya que a los pocos días vino el desplome del precio del producto. La pregunta obligada apareció: ¿para que producir más pilón? A lo que recayó de inmediato la respuesta: hay que vender los molinos, como igual hicieron con las televisiones entregadas poco antes en otro acto populista para crear cierta sensación de felicidad en medio de la crisis económico-social.
La realidad se impuso: las leyes del mercado impidieron que, como millones de mexicanos, los indígenas huastecos disfrutaran de un “estado de grata satisfacción espiritual y física”, como define el Diccionario de la Real Academia Española al término felicidad, no obstante el condicionamiento de entregar migajas, artículos domésticos o dinero que ocasionan momentáneamente cierta felicidad, a cambio de la venta de voluntades, hábito recurrente de la clase política en su búsqueda de permanencia o ascenso al poder.
Así, un día antes de la celebración del Día Internacional de la Felicidad, la multitud que abarrotó la plaza de toros Fermín Rivera, que previamente recibió despensas para escuchar en voz del propio alcalde capitalino: “sí somos populistas, sí le damos a la gente que más necesita, sí somos populistas. Gallardo es sinónimo de apoyo a la gente que menos tiene y me vale madre lo que digan los partidos políticos…”, igual no ha logrado en este “sistema” ese “estado de grata satisfacción espiritual y física” del que nos habla el diccionario aludido.
Al contrario, en plena día de la celebración, en un episodio nada amistoso, más bien violento, que bien podríamos comparar, no obstante lo odioso que resultan ser las comparaciones, con ese arbitrario dicho recurrente: golpéenlos, luego veriguamos; policías que dijeron traer órdenes superiores, valiéndoles madre desalojaron a los indefensos globeros de la plaza de Armas, quienes al final de cuentas todos golpeados mostraron sus permisos para la venta. ¡Vaya forma de concretar el apoyo a una parte de la gente que menos tiene! Con esas acciones y discursos, el empresario Gallardo Juárez lo único que conseguirá es que la “gente que obstaculiza”, lejos de recibir la enseñanza sobre “cómo hacer las cosas”, siga feliz con los yerros del alcalde capitalino.







