Federico Anaya Gallardo

Te preguntarás, querida lectora, por qué me he dedicado por cuatro semanas a reflexionar acerca de la Historia de esa pequeña península de Asia que –llenos de delirio– los occidentales creemos que es un continente y llamamos Europa. No sólo es que me dejé llevar por el entusiasmo de reflexionar en serio acerca de esa raíz de nuestra Nación Mexicana, sino que quise repasar contigo algunos quiebres del devenir geopolítico que demuestran la impredecibilidad de la narración histórica. Esos quiebres implicaron nuevas-inesperadas oportunidades, fueron encrucijadas que cambiaron el juego internacional. Lo que los angloamericanos llaman “game-changer”. Agrego dos quiebres más antes de regresar a los asuntos que nos conciernen hic et nunc (aquí y ahora, como decían nuestros míticos abuelos romanos).

Hace ya mucho tiempo… tanto que parece que lo que allí ocurrió sucedió en una galaxia muy lejana, dos grandes y orgullosas naciones se habían enfrentado con fiereza en lo que hoy llamamos Palestina. En la escuela preparatoria nuestras maestras nos contaron que, en medio de esa disputa permanente, ambos estados firmaron un documento que podría contar como “el primer” tratado de paz en el Derecho internacional. Era el año 1269 antes de la Era Común (la que nosotros, los cristianos, impusimos al globo). Los firmantes fueron, por una parte, Usermaatra-SetepenRá-Ramsés-Meriamón a quien los libros de Historia modernos resumen como “Ramsés II”. Su contraparte era Hattusilli III –o, como se le llama su texto del tratado, Hattusili, Gran Rey, Rey de la Tierra de Hatti, Valiente, Héroe, hijo de Mursili, nieto de Suppiluliuma. El tratado fue llamado “Eterno” por sus firmantes. (El texto del mismo lo puedes consultar en traducción al inglés en el libro Ancient Near Eastern Texts Relating to the Old Testament editado por James B. Pritchard en 1950, en la Liga 1, pp. 199-201.)

La Academia lo llama “Tratado de Plata” porque originalmente estaba grabado en tablillas de ese metal en cuneiforme acadio. Más común es el nombre “Tratado de Kadesh” porque puso fin a un siglo de guerras entre Egipto y Hatti –las dos superpotencias de la región en aquella época– luego de una gran batalla en la ciudad de Kadesh, a orillas del río Orontes, a 24 Km de la actual ciudad de Homs en Siria. (Una región que como puedes apreciar es escenario tradicional de cruentas batallas.) Pero, para nosotros, ese tratado es aún más interesante porque resultó el canto de cisne de los dos grandes estados firmantes. 92 años después del “Tratado Eterno”, en el 1177 antes de la Era Común, había ocurrido lo que los arqueólogos modernos llaman el Colapso de la Edad de Bronce. No sólo los estados de Ramsés y Hattusilli fueron borrados del mapa, sino que desaparecieron muchos otros, como los del mundo micénico (en la actual Grecia). Quiebre y game-changers : nuevos actores geopolíticos emergieron para substituir a los ausentes, entre ellos Asiria –la de la famosa ciudad de Nínive adonde, asegún la Biblia, nuestro Dios occidental mandó a predicar a un tal Jonás.

Mi profesor de Derecho Romano, Guillermo F. Margadant, solía bromear con nosotros acerca de la aparición del Islam en el siglo VII de la Era Común. Nos decía que un día en un desierto apartado y miserable, “un visionario iletrado, Mahoma… recibió del arcángel Gabriel informes detallados sobre el otro mundo y buenos consejos para la vida en este”. Desierto habitado por árabes pobres, despreciados por los grandes señores de los grandes estados. Estos últimos eran Heraclio de Constantinopla y el persa sasánida Cosroes II. Estos dos emperadores estaban batallando los últimos combates de otra guerra de cien años en la cual a veces ganaban los persas y a veces los romanos (bizantinos). En 628 Heraclio mandó a Cosroes un ultimátum extraño: “Arrojemos las armas y abracemos la paz. Apaguemos el fuego antes de que lo consuma todo.” (Sobre el final de esa larga guerra, puedes ver Heraclius: Emperor of Byzantium  de Walter E. Kaegi, Cambridge, 2003. Accesible en parte en la Liga 2.) Heraclio tenía razón, pero era demasiado tarde. El fuego de la guerra entre sasánidas y bizantinos ya había consumido todo. Seis años antes de su ultimátum, en 622, Mahoma había huido de La Meca y fundado en Medina su nueva comunidad de creyentes. Siguiendo las instrucciones del alado Gabriel ese Mahoma construyó una comunidad política (أمة, uma) tan eficaz en su igualitarismo y consenso social (عصبيّة, asabiya, solidaridad) que sus musulmanes (المسلمين, almuslimin, seguidores) conquistarían todo el mundo conocido. En 636, ocho años después del ultimátum de Heraclio, el imperio sasánida fue derrotado por los Califas Justos y Constantinopla había perdido Palestina, Egipto y el Norte de África. Igual que dos milenios antes, los estados hegemónicos desaparecían y eran sustituidos por recién llegados –en este caso, absolutamente inesperados. Quiebre y game-changer.

¿Qué caso tiene indagar en los anales de la Antigüedad, querida lectora? Los escépticos nos dirán que es pérdida de tiempo. Pero alguna vez, en alguna parte, Armando Bartra nos decía que volteamos hacia el pasado con la esperanza de que lo que fue, pueda volver a ser. Si los herederos de Ramsés y Hattusilli fueron barridos por nuevas fuerzas; si los estados de Heraclio y Cosroes fueron derrotados por una banda de justicieros salidos de la nada… podemos imaginar que hay una posibilidad –aunque sea lejana– de que los poderosos de hoy no se impongan sobre la Humanidad.

Por supuesto, malo será que a los hegemones capitalistas de hoy los sustituya un sangriento Estado depredador como la Asiria de Salmanasar V que destruyó los reinos judíos y nos dejó la leyenda de las Diez Tribus Perdidas de Israel (2 Reyes 18, 9-12). Mejor fue el destino del Medio Oriente que vio desaparecer a los déspotas bizantinos y sasánidas para articularse bajo los primeros califas islámicos –un imperio más razonable y más justo que los previos.

Los acontecimientos históricos –leídos críticamente– nos permiten imaginar qué hacer ante las nuevas coyunturas. De entrada, deberíamos repasar la agencia popular en los ejemplos que te acabo de comentar. Incluso en medio de las leyendas religiosas del Viejo Testamento la vemos. Cuando los asirios sitiaban las ciudades judías, sus generales le reprochaban al Pueblo haberse dejado manipular por sus reyes para confiar “en este báculo de caña cascada, en Egipto”, mientras despojaban el templo de su Dios y oprimían a los pequeños. En el ejemplo musulmán la cuestión es mucho menos romantizada y analizada más sistemáticamente. El gran tunecino Ibn-Jaldún (1332-1406) describió la dialéctica histórica de su Pueblo mediante la oposición del desierto-pobre-pero-puro y la ciudad-rica-pero-corrupta. Del desierto nacía siempre una nueva asabiya/solidaridad que liberaba a los pobres del campo y la ciudad para refundar cíclicamente el Estado musulmán. Su Introducción (مقدمة, Muqaddimah) a la Historia de la Humanidad la puedes descargar, en la edición del FCE mexicano, vía Scribd, en la Liga 3.

Me acerco a nuestros días, querida lectora. En 1660 se celebró el Tratado de los Pirineos entre España y Francia. Los monarcas de ambos estados se reunieron en la Isla de los Faisanes, en medio del río Badisoa, que es la frontera entre ambos países en tierras de Euskadi. Eran el español Felipe IV Habsburgo, de 55 años; y el francés Luis XIV Borbón, de 21 años. Las edades importaban. El español se ostentaba como El Rey Planeta y era la cabeza de la aún primera potencia europea –y del mayor imperio global de la época. El francés aún vivía bajo la tutela de su regente-maestro, el cardenal Mazarino, pero imitaría al español llamándose a sí mismo Rey Sol. El tratado ponía fin a un conflicto largo, parte de la Guerra de los Treinta Años. Me importa subrayar que en 1660 Francia aún era el socio menor en esa negociación. Por ejemplo, un artículo del Tratado de los Pirineos obligaba a París a rehabilitar a un aristócrata francés, Luis II de Borbón-Condé. Este señor había tratado de derrocar al rey niño Luis XIV en La Fronda y luego se había pasado al lado español en la guerra. Pero España se aseguraba que le restaurasen privilegios y estatus. Aparte, el joven Rey Sol se casaría con la hija del Rey Planeta –sin que los hijos pudiesen aspirar al trono español. Las posesiones españolas en Flandes quedaban a Madrid y Francia renunciaba a Cataluña –que había ocupado aprovechando una rebelión contra el Rey Planeta.

Disculpa los detalles, lectora, pero importan. En 1660 Francia debe conceder mucho a España porque ésta última aún era el poder hegemónico en Europa. Pero la paz permitió al Rey Sol reorganizar su Estado, construir un Ejército y una Marina, dominar a la aristocracia, reorganizar la economía. En 1664 su ministro Colbert funda compañías para comerciar en las Indias Occidentales y Orientales; coloniza Quebec y Madagascar; establece enclaves en la India. A partir de 1667 hace la guerra a los debilitados españoles en Flandes y en 1682 ocupa la boca del Mississippi, fundando la Luisiana (que Luis decía incluía Texas hasta el Río Bravo). Cincuenta años después del Tratado de los Pirineos, la correlación de fuerzas había cambiado completamente. Francia era la potencia hegemónica en Europa, España se volvía el junior partner de Versalles… y en 1713 el Rey Sol logra imponer a su nieto Felipe en el trono de Madrid (los borbones de hoy vienen de allí).

Ojo. Los logros franceses en el siglo XVII no se debieron al “genio” de un monarca. La estructura burocrática y el espíritu proto-nacional que los permitieron habían sido sembrados por el cardenal Richelieu (1585-1642) durante el reinado del más bien inepto padre del Gran Luis. Y la sociedad que formó a Colbert también engendró tres generaciones de grandes pensadores, de Moliere y La Fontaine a Voltaire y Montesquieu… y más allá. Con todo, lo que a mí más me sorprende es que Richelieu, nacido durante la vida del más poderoso rey español, Felipe II Habsburgo (1527-1598), quien estuvo a punto de destruir el Estado francés… Richeliu haya sido capaz de imaginar una reorganización social y política que revirtiese la relación de dependencia entre Francia y España.

Regreso a las enseñanzas de Ibn-Jaldún. De nada sirve la imaginación de los grandes políticos si sus proyectos no se sostienen con una asabiya/solidaridad que incluya a todo el Pueblo. La tragedia del triunfo de Luis XIV estriba en ese punto. El Rey Sol no tiene planetas a su alrededor. A su muerte, Francia es el hegemón europeo, pero su Pueblo está excluido de toda la gloria versallesca. La injusticia llevará a la Gran Revolución de 1789-1793. La potencialidad de lo popular se ve en que el Pueblo Francés no sólo reconstruyó el poder de su Estado y lo convirtió –otra vez– en el hegemón europeo, sino que convirtió su credo revolucionario en la Utopía por la que todos los Pueblos del mundo venimos luchando desde entonces (Libertad, Igualdad, Fraternidad). Un siglo después, en 1917-1918, Lenin releía los pasajes de la Gran Revolución buscando evitar los errores y potenciar los aciertos.

Decía Bartra que lo que pasó puede suceder de nuevo. Hoy, estamos a merced de un hegemón imperial peligroso y abusivo. Aunque no es un gigante de pies de barro (sería demasiado fácil), Estados Unidos de América es un hegemón atravesado por muchas contradicciones. Su aristocracia es egoísta y ciega. Sus políticos muestran pocas luces. No hay asabiya/solidaridad en su Pueblo. ¿Qué decir de sus vecinos canadienses y mexicanos? ¿Cuáles son nuestras potencialidades y fortalezas? ¿Hay un quiebre? ¿En qué consiste? ¿Será un game-changer?

agallardof@hotmail.com

Ligas usadas en este texto:

Liga 1:
https://www.tarsus.ie/resources/Wisdom-Lit.-/ANET-PDF.pdf

Liga 2:
https://books.google.com.mx/books?id=tlNlFZ_7UhoC&redir_esc=y

Liga 3:
https://es.scribd.com/document/561825738/Introduccion-a-La-Historia-Universal-by-Ibn-Jaldun-Z-lib-org

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