Luis Ricardo Guerrero Romero

Durante la semana convulsa que experimentaste, hubiste de notar un sencillo homenaje a esas artes casi inéditas, éstas te llevaron a agendar un nuevo plan, una sutil estrategia que en lo oculto de tu mente ya se encuentran almacenadas. Sencillamente me refiero a aquellas actividades que exigen el arrojo de cualquiera, cualquiera que se disponga a ser un poco menos ridículo que el propio ridículo. Habrás de repensar la idea de Heráclito —que el estudiante de latín en la escuela de formación aventura—: Non convenit ridiculum esse ita ut ridiculus ipse videaris (It is unseemly to be so funny that you yourself become ridiculous): Es indecente ser tan divertido que tú mismo te haces ridículo. Lo anterior citado para más de uno pasará por ridículo. Pero ¿qué conlleva la ridiculez?, ¿por qué es necesario serlo y no gozarse de serlo?

Lo que te aconteció en las páginas de tu vida resultó tan interesante como una astrología para el ciego, la pronosticación para el escéptico, suerte de alquimia para el ortodoxo, fue un hecho de la cábala para el de cabales principios cristianos, una teúrgia que buscó el ateo; y ridículamente no encontraste hacer algo que abonase a tu destino. El destino es ridículo, porque la libertad es cosa seria.

Finalmente, hoy vuelves al mismo caso, a gozarte de los triviales momentos que empobrecen el alma, te ríes de ti mismo, y el sí mismo se burla de ti. Dos tipos de risas conoces: la que satisface y libera el espíritu, y aquella trémulamente risa alimentada por el fiasco ajeno. Quizá hay un goce más, pero suena tu celular demandante por atenciones, revisa, contesta, y ríe por algo que no es real.

Las líneas que anteceden esta otras más, nos han descrito un sistema complejo de entender, y es difícil no por su contenido, sino por su inutilidad, a quién le ha de servir repensar, repasar y reorientar el sentido de lo ridículo, de cierto modo, será ridículo analizar los ridículos. Las cosas habituales catalogadas como tales son súbitas, momentáneas, inesperadas e imprecisas, no sé, parece que con esa clasificación describo la cadena trófica en la cual el ser humano se incluye, quién será el responsable en devorarnos al fin de nuestra vida.

Pero sin mayor preámbulo, pasemos a nuestra ridícula palabra: ridículo. Idea que se deja oír en fiestas, hogares, academias, y en cualquier sitio donde algo no es “simpáticamente correcto”, no obstante, nada tiene que ver esa acepción dada al verdadero sentido de la ridiculez. La voz latina rictum: indica la boca abierta, o las fauces levantadas, y nada más que eso es lo que originó la palabra ridículo, la cual a partir de la idea anterior evolucionó con su semántica correspondiente a: rideo (reír), de donde se suscitó: ridiculus, acción que causas la risa, aquello cómico de la vida, la broma certera e inteligente. Pues hacer reír o reírse con el otro no es un chiste.

Ya autores de laudable y prolija intelectualidad trabajaron el tema de lo risorio en un esquema concreto, como el caso del eximio Ernesto de la Peña con su obra: Carpem risum. Y él como vaca sagrada ha dado en el punto de lo que sí y no es ridículo en Rabelais. Ridículo de mal gusto sería el spoiler de tal obra, y ridículo, risorio sería destripar el texto.

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