Luis Ricardo Guerrero Romero

Se quitó la cobija, dijo que hacía mucho calor, yo de verdad tenía frío interior, pero ella no estaba a gusto a mi lado luego del “acto amatorio”. A veces cada que me acuesto sin dormir pienso en ella o en ellas, son por así decir, una forma de distracción son sus cuerpos. Somos los objetos de un ente de placer.

Una de mis amigas con las que carnalmente estoy —no hay otra manera de estar—, me dice que mi locura es un peligro, que soy un tipo de enfermedad con piernas, sólo hablo porque tengo boca y un largo etcétera ignominioso. Me río y me da algo de qué pensar. Pero cuando ellas o ella se quita la cobija y se aquieta de sí, entonces entiendo que no estoy tan mal. Al fin de cuentas por qué les dará calor si sólo somos un par de previos cadáveres saciando un impulso animal. Nadie va a creer ese cuento del sexo como una entrega de amor. Si así fuera, si realmente el sexo fuera amor, la genitalidad no existiría. Todo tipo de relación sexo-genital es sólo eso, la suma de genitales complaciendo al sexo opuesto o al mismo sexo.

Volví a coger la cobija, pero ahora con otra mujer. Todo se quedó a la suerte del meneo, el mundo mismo es un meneo, una tribulación, un vaivén, la oscilación concupiscible. Sé que esto no es para siempre, porque cuando las fuerzas falten, la lozanía se marche, se emancipará el placer genital y sólo quedará una compasión por ellas, o por él.

Una cobija es una capa, una protección, una membrana de textil que en las horas de dormir nos sirve o a veces está demás. Es una analogía del despojo del himen en el relato anterior descrita por aquel sujeto con satiriasis o erotomanía. Aunque ya no es algo culturalmente importante en el acto genital-sexual, el meneo que rompe el himen desde antiguo es una tradición.

Empecemos por recordar que eso del himen es un epónimo, es decir, ese nombre dado a la membrana que reduce el orificio vaginal es herencia de un ser de la mitología, un tal Himeneo, o sea, esa membrana tan delgada y frágil como las alas de ciertos insectos (de allí que existe la clasificación de los: himenópteros), nos viene de Himeneo (υμεναιος).

Se tiene el registro en literaturas antiquísimas que en el suceso de esposarse se entonaban los himnos himeneos, estos sólo en el caso de entrar la pareja al lecho nupcial. En palabras actuales, el himno himeneo sólo se entonaba al coger o tener coito, lo cual indicaría por vez primera, el rasgar el himen.

Himeneo según la mitología es tan hermoso que se ha de confundir con una mujer joven bellísima, pero a la vez Himeneo al morir en su propia boda inmortaliza ese amor tan bello estéticamente. Un dato más a saber es que, los himnos himeneos deben concluir al salir la Estrella vespertina: Venus. La siempre diosa del amor erótico. En otras palabras, habiendo ya penetración, súbitamente surge Venus. Ya sabemos también en la morfología femenina aquello denominado: mons pubis, o bien, monte de Venus. Lo cual nos indicará que la próxima vez que se tenga un encuentro sexo-genital con una mujer, no deje de consultar un libro de mitología. Nos lo va a agradecer.

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