Pilar Torres Anguiano
Si comprender es imposible, conocer es necesario.
Primo Levi
“Mil grullas”, de Yasunari Kawata es una novela publicada en 1952, en un contexto en el que la sociedad japonesa estaba lidiando con los efectos de la posguerra y la ocupación estadounidense. También es un libro que me observa desde esa zona de mi librero destinada a los libros que compré para leer después.
Desde mi ignorancia, durante mucho tiempo pensé que la obra trataba de la historia de Sadako Sasaki, una joven que sufrió los efectos de la bomba atómica y se hizo famosa por doblar grullas de papel con la esperanza de recuperarse. Pero “Mil grullas” no trata de eso.
En japonés existe una palabra para casi todo. Para el placer (y la culpa suave) de comprar libros que aún no se leen, está tsundoku. Para las personas que sobrevivieron a la bomba atómica, está hibakusha. Cada palabra nombra una forma de silencio. Y hoy, a ochenta años del 6 de agosto de 1945, me pregunto qué es más peligroso: olvidar … o nunca haber escuchado.
Hibakusha: los que cargan el día después
En Japón, hibakusha no es solo una designación técnica para los sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki; es un título que lleva peso. Quienes sobrevivieron a los bombardeos atómicos enfrentaron no solo heridas físicas y radiación, sino sospecha, marginación y discriminación. A muchos se les negó trabajo, matrimonio, seguro médico. Eran, irónicamente, una amenaza viviente: recordaban que lo impensable había ocurrido. Algunos intentaron callar, otros hablaron durante décadas sin ser escuchados. Algunos se convirtieron en activistas, otros en sombra. Todos sobrevivieron. No todos vivieron.
Para la defensa emocional que impide sentir ante el horror, el psiquiatra Robert Jay Lifton estudió a los hibakusha, describió un fenómeno que llamó anestesia psíquica: una especie de entumecimiento emocional como mecanismo de defensa frente a lo insoportable.
Dolorosamente, en estos casos el sobreviviente no es siempre un héroe, sino alguien que carga con preguntas sin respuesta, con culpa, con el deber de dar testimonio. Y a menudo, lo hace en un idioma que nadie quiere oír.
Ayer, el Holocausto, Hiroshima y Nagasaky; hoy, Palestina. Pero ¿y si no fuera solo del sobreviviente? ¿Y si fuéramos todos, como sociedad global, quienes decidimos entumecernos ante el testimonio del otro? El hibakusha encarna lo que la historia preferiría dejar en ruinas.
Tsundoku: lo que posponemos entender
Hay algo profundamente poético en el término tsundoku. Nombra una tendencia universal: comprar libros y no leerlos. Acumularlos con amor, con promesa, con la esperanza de un “algún día”. Me atrevo a decir que, con los hibakusha, con los sobrevivientes, hacemos algo parecido.
Los escuchamos a medias, los leímos a saltos. Los archivamos en la memoria colectiva para tomar distancia, como quien guarda un volumen doloroso en el estante más alto. Un tanto porque duelen y otro tanto porque incomodan. Tal vez porque su existencia cuestiona la narrativa de la victoria, del progreso, del poder. Porque, siguiendo esa tendencia nominalista hasta sus últimas consecuencias, si no los nombro, no existen (al menos para mi). Así, los convertimos en libros que nadie quiso abrir.
¿Qué le debe el mundo a quien sobrevivió al infierno? ¿Qué significa sobrevivir cuando la moral, el lenguaje y el cuerpo han sido desbordados?
Primo Levi decía que el verdadero testigo del horror no es el que sobrevive, sino el que murió. Y que, por eso, toda sobreviviente carga con una culpa paradójica. Desde luego, no por haber hecho algo malo, sino por haber quedado solo con la voz del testimonio.
Emmanuel Lévinas escribió que el rostro del otro nos obliga. No a comprender, sino a responder. La ética, según Lévinas, no es una rama de la filosofía: es su fundamento. El yo se constituye en la responsabilidad hacia el otro, no en la autonomía y, en tiempos de algoritmos que nos vuelven ciegos al rostro humano, Lévinas nos recuerda que ver al otro no es mirar: es escuchar el imperativo de responder. Vale la pena recordarlo hoy ante los peligros de convertir el dolor en espectáculo.
En ese triángulo formado entre la culpa de unos, la indiferencia de otros, y la responsabilidad de todos, habitan los hibakusha. Y, con ellos, todas las víctimas de lo irreparable: los migrantes, los desplazados, los sobrevivientes.
Leer el dolor como acto ético
El problema no está en que no tengamos palabras para nombrarlos, sino en que las decimos sin escucharlas. Leer no es solo pasar la vista sobre palabras. Es dejarse afectar. Ser conmovido. Comprender desde dentro.
A ochenta años de Hiroshima y Nagasaki, la historia aún espera ser leída. No como un capítulo cerrado, sino como una página viva que interpela. Las víctimas, los sobrevivientes de ayer y hoy siguen ahí, como libros antiguos que aún nos miran desde la estantería. No piden compasión. Piden lectura, comprensión, dignidad.
Tal vez si alguna vez nos abrimos —a ellos, a sus voces, a su memoria—, también nosotros sobrevivamos un poco mejor a este tiempo que, sin darnos cuenta, nos ha ido anestesiando.
En japonés existe una palabra para casi todo. Para el libro comprado y aún no leído: tsundoku. Para el cuerpo que sobrevivió al infierno nuclear: hibakusha. Para la incapacidad de sentir frente al horror: anestesia psíquica. ¿Y nosotros? ¿Tenemos una palabra para el silencio al que condenamos a quienes sobreviven?
@vasconceliana





