Ricardo Bravo

Dos tendencias destinadas a unirse y a tener consecuencias onerosas finalmente colisionaron. Por un lado, la mejora continua de la inteligencia artificial (IA) y su capacidad de aglomeración y síntesis del conocimiento. Por el otro, la continuación de instituciones burocráticas del gobierno mexicano que se mueven, como diría el expresidente López Obrador, como “elefante reumático”; todo el que haya hecho un trámite en casi cualquier institución de gobierno, de cualquier nivel, conoce esos sentimientos animales que resurgen cuando se nos tira en cara la más descarada ineficiencia (de hecho, hay videos de quienes actúan bajo la influencia de esos sentimientos, muy lamentablemente).

A nadie debe sorprender que las dos tendencias finalmente se hayan encontrado en uno de los campos que, pronostico, traerán mayores problemas en el futuro cercano: la educación. La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) decidió utilizar la IA para que los aspirantes a las diferentes licenciaturas de su oferta educativa tomaran, por primera vez, el examen de admisión en línea. La justificación de este cambio, según las autoridades universitarias, era facilitar que estudiantes de distintas partes del país participaran sin desplazarse. No es un mal objetivo. Datos de la institución indican que 158,721 estudiantes presentaron el examen para concursar por los 21,962 cupos disponibles.

La IA que la UNAM utilizó monitorea a cada uno de los aplicantes durante la aplicación del examen y detecta conductas y acciones atípicas o sospechosas, que reporta al usuario —en este caso, a la universidad— para que este tome las medidas pertinentes. En un primer momento, la herramienta pareció hacer bien su trabajo: la universidad reportó que el 2% de las aplicaciones fueron canceladas, pues detectó que incurrían en “conductas contrarias a lo establecido en la Convocatoria”. Días después, sin embargo, la UNAM informó que se detectaron más irregularidades en los resultados: un aumento inusual de calificaciones perfectas, o casi perfectas; en medicina, por ejemplo, se informó que el 98% de los admitidos obtuvieron puntajes extremos, que rompen la tendencia histórica.

El problema puede abordarse desde diferentes perspectivas: la empresa que proveyó el servicio de IA para la UNAM; el estado de la más grande casa de estudios de nuestro país y su posible decadencia; el estado de la educación en México debido a la baja inversión; el estado de la educación mundial en el periodo neoliberal, etcétera. A mí me interesa, en términos más generales, ¿cuál es la función que debe desempeñar la educación en tiempos de la IA? Me parece que, hasta el momento, se han adoptado dos enfoques ante el fenómeno de la IA en la educación. Uno es más restrictivo y el otro, más pedagógico.

El más sencillo es el restrictivo. Ese enfoque intenta, mediante múltiples trabas, impedir o dificultar que los estudiantes utilicen herramientas de IA. El examen de la UNAM es un claro ejemplo. La UNAM busca, con herramientas de IA, sancionar a quienes utilicen IA en su examen de admisión. Otras herramientas de este tipo ya están bien instaladas en el quehacer diario de las instituciones de nivel medio y superior. Verificadores potenciados por IA revisan los trabajos de los estudiantes y emiten un informe con el porcentaje de composición humana y el de IA. Y bueno, como lo ejemplifica el caso de los exámenes de admisión de la UNAM, hay un problema importante con estas medidas. Simplemente, entramos en una carrera de IAs en la que gana la que mejor se esconde o ataja fallas. Muchos verificadores, de hecho, ya han reportado fallas de este tipo. Los usuarios aprenden que hay un tipo de ensayo generado por IA que no es detectado por la IA de los verificadores. Entonces, piden a su IA que genere únicamente ensayos de ese tipo.  Cuando los verificadores detectan el problema, solicitan a la IA verificadora que ajuste los parámetros. Y así hasta el fin de los tiempos…

Otra posible acción de tipo restrictivo es regresar a los orígenes: al lápiz y a la pluma, a la goma y al transportador. Una de las críticas al proceso de la UNAM va, precisamente, en esta línea. ¿Para qué hacer exámenes en línea cuando las instituciones educativas (nacionales, pero también extranjeras) corren siempre tarde, tras el desarrollo de la IA? Muchos profesores ya adaptan sus cursos para que los ensayos y exámenes se realicen de manera presencial, sin dispositivos electrónicos, con lápiz y goma. Ya imaginan que todo esto representa más trabajo para el profesor que ya de por sí vivía de manera precaria. Aprender a escribir es una de las habilidades primordiales para el desarrollo intelectual de los estudiantes. Vale la pena el trabajo extra. Mi reconocimiento para ellos.

Existe otro enfoque, que es más pedagógico en su tratamiento de la IA y la educación. La posición es realista: aceptémoslo, por más que lo intentemos, la IA está aquí para quedarse y no habrá forma de detener su avance. Los niños y jóvenes estarán expuestos a la IA desde sus primeros años. Está en todas partes. Entonces, la educación tiene que cambiar para incorporar la herramienta en la formación de niños y jóvenes. El aprendizaje basado en problemas, que surgió antes del advenimiento de la IA, es una posible respuesta al fenómeno. Esta metodología se enfoca, ya no en la información que el profesor comparte con el alumnado, sino en cómo se utiliza la información, junto a sus compañeros, en ejercicios prácticos y escenarios de la vida diaria.

Este método, que ya ha mostrado resultados en el mundo, resulta prometedor para abordar las nuevas complejidades en el mundo de la IA, pero no es la respuesta definitiva. Para esa, se necesita repensar la educación de manera más general: ¿para qué queremos educar a las nuevas generaciones? ¿Por qué tiene valor la educación? Si lo tiene, ¿es un valor en sí mismo o es el vehículo para alcanzar otra cosa que sí es valiosa? De regreso a la filosofía. Debemos tener respuestas a esas preguntas para crear métodos educativos que atiendan las necesidades de hoy. Si no lo hacemos pronto, el discurso de que la educación institucional ya no sirve para nada seguirá creciendo. Curioso, uno de los promotores de este discurso, Elon Musk, tiene una empresa de IA conversacional. Si fuera yo de teorías conspiratorias, diría que nos están comiendo el mandado. “¿Para qué ir a la universidad si mi IA puede darte toda la información que necesitas?” Pensará el billonario. Necesitamos tener claro para qué.

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