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Discuten Putin y Lukashenko sobre la crisis en Bielorrusia

Juan Pablo Duch

Sin declaración conjunta –y mucho menos, acuerdos vinculantes–, ni reuniones paralelas de sus ministros ni tampoco habitual rueda de prensa concluyó este lunes el encuentro a puerta cerrada entre el titular del Kremlin, Vladimir Putin, y su huésped, el gobernante de Bielorrusia, Aleksandr Lukashenko.

No hace falta tener bola de cristal para dar por seguro que, al margen de lo que pudiera deducirse de las palabras protocolarias de bienvenida, el tema principal, si no el único, de las conversaciones –cara a cara– que tuvieron lugar durante cuatro horas en la residencia veraniega Bocharov Ruchei de Putin en Sochi, costa del Mar Negro, tuvo que haber sido la crisis política en Bielorrusia –un país que Rusia sólo concibe como aliado en términos de geopolítica– que no ha sido capaz de resolver Lukashenko, más de un mes después del fraude que cometió para anunciar su sexta reelección como presidente.

Tampoco es novedad que la magnitud de la protesta contra Lukashenko sorprendió a Putin, quien –al mismo tiempo– no puede permitir que el presidente de un país vecino cuya permanencia en el poder depende del apoyo militar y económico que le brinda (esta vez le ofreció conceder pronto un crédito por mil 500 millones de dólares para paliar “estos tiempos difíciles”) se vea forzado a dimitir por el repudio pacífico de la mayoría de sus gobernados, lo que crearía un precedente peligroso en el espacio postsoviético y echaría por tierra la versión del golpe de Estado de inspiración foránea para acercar la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) a la frontera de Rusia, que se usa aquí para justificar el apoyo a personajes de muy dudosa reputación pero en última instancia subordinados.

El Kremlin está cansado de las promesas incumplidas de Lukashenko, a quien considera una especie de activo tóxico, y trata de sacar provecho de su actual debilidad para arrancarle concesiones que garanticen que Bielorrusia, sin importar quién la gobierne, no pueda salirse de la órbita rusa.

Lukashenko viajó a Sochi en busca de un espaldarazo de Putin, ciertamente lo consiguió de palabra, aunque todo, en realidad, va a depender de si el bielorruso acepta entregar el relevo al candidato que proponga Moscú después de llevar a cabo una reforma constitucional y celebrar nuevos comicios.

Para que ello sea factible es necesario que la oposición acepte el plan y, si no, que Lukashenko sofoque la protesta, sin cometer ningún baño de sangre, antes del 9 de octubre, cuando por ley tiene que tomar posesión como presidente.

Entretanto, mientras Lukashenko sugiere hacer esa reforma constitucional y convocar elecciones dentro de dos años, la oposición demanda que se vaya ya y Rusia plantea que la transición sea cuanto antes, el Kremlin trata de evitar que se produzcan sorpresas en Bielorrusia.

Por eso, a partir de este lunes y hasta el día 25 de septiembre, en el territorio bielorruso empezaron las maniobras militares Fraternidad Eslava-2020, en las cuales participan, entre otros soldados, 300 efectivos de las tropas de desembarco aéreo de Rusia y 70 unidades de lo más reciente de su armamento.

En las maniobras castrenses eslavas, que tienen lugar en la región de Brest, cerca del linde con Polonia, declinó participar el ejército de Serbia y, por razones obvias, el de Ucrania no recibió invitación.