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“La oleada de los migrantes no la va a parar Trump”

Agentes de la Patrulla Fronteriza, junto a un memorial de un inmigrante asesinado por un efectivo cerca de Somerton, Arizona. Foto Afp

Fernando Camacho Servín

La necesidad siempre puede más que el miedo. Por eso la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca difícilmente va a parar el flujo de las decenas de miles de personas que todos los años tratan de llegar a Estados Unidos en busca de mejores condiciones de vida.

Al menos así lo piensan los organizadores y usuarios del Albergue para Migrantes Casa Tochán, ubicado en la Ciudad de México, refugio temporal para quienes buscan hacer un alto en su camino hacia el norte, pero también para los que han decidido que vale más la pena quedarse en el país que exponer su vida tratando de llegar a Estados Unidos.

Aunque el presidente electo asume su mandato el 20 de enero de 2017, la incertidumbre y la inquietud de lo que podría hacer contra los migrantes una vez que ejerza el poder ya es tema de conversación entre quienes buscan cruzar el río Bravo, ya lo hicieron alguna vez y fueron deportados o tienen a su familia esperándolos del otro lado.

A ver si no nos manda para abajo este hombre

Ángel Callejas no se acomoda en México, pero tampoco en su natal El Salvador. Después de haber vivido en California, le siguen pareciendo extrañas las condiciones de la capital mexicana, donde conseguir empleo es una hazaña.

Él es una de las personas que se quedan en Casa Tochán mientras deciden si van a permanecer más tiempo en el país o si van a intentar el cruce por una de las fronteras más transitadas y peligrosas de todo el mundo.

En 1987, cuando era muy joven, Ángel logró pasar a Estados Unidos sin documentos y allí se quedó a trabajar por más de 20 años en la industria de la construcción. Luego de ser expulsado, trató de regresar en más de tres ocasiones y todavía no descarta volver a intentarlo, a pesar de las amenazas de deportación masiva de Trump.

A mí no me detiene eso y si me dan ganas de ir otra vez a intentarlo, yo voy. Aunque esté Trump, aunque pongan a otro, si a mí me dan ganas, voy. Y si la hago, bueno; si no, ni modo. La gente siempre va a querer ir allá, aunque a Estados Unidos nomás le haya quedado el nombre, porque la economía está botada ya, dice el salvadoreño.

Su paisano Johny Solimán, de 29 años de edad, no parece tan seguro de querer arriesgarse al cruce. Hace apenas tres meses llegó a la Ciudad de México, y aunque batalló para encontrar empleo, logró hacerse de un puesto de albañil.

El objetivo era llegar a Estados Unidos, pero en el camino, le cambia todo a uno. Hasta la familia te da la espalda. Dicen que ya estamos utilizando el dinero para otra cosa, pero no hay problema: ya me adapté a la Ciudad de México. Tengo trabajo y no me preocupo, dice el joven migrante en entrevista con La Jornada.

Los que sí suenan preocupados son sus tíos y primos que viven en el estado de Virginia. Se ganan la vida haciendo pupusas (el equivalente salvadoreño de las gorditas mexicanas) y trabajando en la construcción de casas y la fabricación de maletas, y aunque tratan de disimularlo, ya empiezan a vivir la ansiedad de una eventual deportación.

“Los salvadoreños así somos: tranquilos, a ver qué pasa. Pero me dicen: ‘uy, está peor ahora que ha ganado este hombre. Estamos esperando a ver qué pasa cuando él llegue al poder, porque quién sabe. A ver si no nos mandan para abajo también a nosotros’”, cuenta.

A unos cuantos días de asumir el cargo, el millonario que ganó las elecciones para sorpresa de casi todos ha anunciado que va a deportar a 3 millones de migrantes indocumentados que tengan algún antecedente penal.

Entrar a Estados Unidos suena cada vez más difícil, pero eso no disuade a quienes van huyendo de la muerte por hambre, pero también de la muerte por bala.

La gente sigue yéndose para arriba. En El Salvador todos quieran salir de allá porque está peligrosa tanta delincuencia. Eso (la victoria de Trump) no los detiene porque saben que no los va a matar y la necesidad lo hace a uno hacer el intento, dice.

En caso de que sus familiares sean deportados, Johny está seguro de que la falta de empleo, pero sobre todo la amenaza de las maras, van a obligar a su familia a volver a Estados Unidos como sea. Si no tienen sus fichitas ahorradas, van a desesperarse y van a intentar de nuevo subir.

Para Gabriela Hernández, coordinadora de Casa Tochán, tampoco hay duda de que miles de trabajadores internacionales sin documentos van a seguir embarcándose en un viaje donde se juegan la vida, pero también que puede haber más deportaciones.

Creo que cuando (el republicano) tome posesión, muy probablemente va a haber más revisiones en los lugares de trabajo, va a haber más mexicanos que regresen y nos vamos a ver obligados a recibir a población que venga deportada. Eso ya lo vemos en algunos albergues de la frontera (norte) y hasta en Puebla, señala la activista.

A las interrogantes de cómo va a recibir el gobierno y la sociedad a miles de personas que ya hicieron su vida en otro país y no tienen nada en México, dice, se suma la pregunta de si las redes de apoyo a migrantes tienen la capacidad de ayudarlos en sus primeros días de deportación.

Ahorita ya abrieron otros dos refugios en la Ciudad de México y hay otro en Cuautitlán, que parece que es muy grande, pero yo creo que todo esto nos rebasaría.

El tiempo para averiguarlo se acerca cada vez más.