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Nuevo caos por el poder en Lugansk, Ucrania

El gobernante de Lugansk, Igor Plotnitsky (en la imagen), ordenó ayer la sorpresiva destitución de su anterior aliado y ministro del Interior, Igor Kornet. Foto Afp

Juan Pablo Duch, corresponsal

Moscú. La lucha por el poder entre los grupos que conforman el gobierno de los separatistas de Lugansk –una parte importante de la región homónima de Ucrania que no se subordina a Kiev y cuenta con el decisivo respaldo de Rusia– provocó un caos en que, todavía este miércoles, nadie sabe qué ocurrió los días anteriores y cómo va a terminar.

El gobernante de Lugansk, Igor Plotnitsky, ordenó el martes anterior la sorpresiva destitución de su anterior aliado y ministro del Interior, Igor Kornet, en tanto la procuraduría abrió una investigación acusándolo de todos los males imaginables.

Kornet rechazó los cargos y se declaró en rebeldía. Reviró que gente cercana a Plotnitsky trabajaban para el servicio de seguridad de Ucrania, al tiempo que anunció que policías leales a él rodearon los principales edificios gubernamentales en Lugansk.

Plotnitsky no tardó en aclarar que autorizó la detención de los tres implicados en el supuesto complot en su contra –Irina Teitsman, jefa de su Oficina; Yevgueni Seleverstov, director de seguridad gubernamental; y Anastasia Shurkayeva, directora de la radio y televisión locales–, cuando Kornet ya había sido cesado.

Después corrió el rumor de que Plotnitsky había huido a Rusia y que los hombres de Kornet, en efecto, habían tomado el control de la ciudad de Lugansk, justo cuando aparecieron militares, con uniformes sin distintivos y armas modernas, protegidos por carros blindados y, según otras versiones, hasta algunos tanques.

Plotnitsky reapareció este miércoles en Lugansk, arremetió contra Kornet y lo responsabilizó de un intento de golpe de Estado. En paralelo, empezó a decirse que los militares sin distintivos se subordinan a Aleksandr Zajarchenko, líder separatista de Donietsk, la región colindante, especulación de inmediato desmentida.

Hay quien cree que los militares que controlan Lugansk son unidades especiales del ejército ruso –como las que en su momento aparecieron de repente en Crimea y sólo mucho después el propio presidente Vladimir Putin reconoció que “desde luego eran tropas nuestras”–, lo cual ahora también mereció un contundente desmentido del Kremlin, cuyo portavoz, Dimitri Peskov, afirmó que lo que sucede ahí es “asunto de su exclusiva incumbencia”.

El vocero se refería sobre todo a la iniciativa –que de pronto comenzó a comentarse en los medios locales–, de unificar Donietsk y Lugansk, bajo el mando de Zajarchenko, en una nueva formación estatal (desempolvando Novorrosiya, idea de 2014, o la posterior sugerencia de Malarossiya), que no está prevista en los acuerdos de Minsk y que enterraría definitivamente esa vía de negociación, cuando sigue sin encontrarse consenso para poder enviar cascos azules de Naciones Unidas a la zona de conflicto.

Llegó a considerarse esa posibilidad, toda vez que sería una manera de solucionar las desavenencias entre los grupos que se disputan en Lugansk el control sobre los flujos de dinero que llegan de Moscú en forma de subsidios y de ayuda privada, aparte de los impuestos que pagan los magnates para seguir operando en las minas y otras sectores de la región.

Pero Plotnitsky no tiene intención de retirarse de la escena política y, al ser uno de los firmantes de los acuerdos de Minsk –que se reconocen como la única hoja de ruta para alcanzar un arreglo político del conflicto en Ucrania–, para el Kremlin es indispensable que siga al frente de Lugansk, lo quieran o no sus enemigos internos o vecinos.