Luis Ricardo Guerrero Romero
Estás nuevamente allí esperando a que llegue, ella es menor que tú, no por mucho, pero lo es, lo es, lo repites nueve veces más cual si fuese la enéada de la urbe, no egipcia sino de tu barrio. Aunque no tienes ninguna afiliación de tipo hechicera, religiosa o cualquiera de esas demencias tan rentables cuando alguien enferma o muere. La rutina típica, vas a la plaza que colinda con aquel templo, te das cuenta cuando llega y esperas la salida para verla otra vez.
Mientras ella está en su misa y de sumisa, tú la imaginas cantar después de haberle besado el sexo y haber dejado en ella aquel vigor que mancha tu almohada y no tu pudor. Ella lo sabe, o más bien piensas que lo intuye porque tus 40 años han despertado una intuición infinita, casi como el poder de cualquier mujer. Hoy es tu día, no es como otros, se acercó a un domingo más para seguir la farsa la cual estás dispuesto a seguir. Meditas una y otra vez —hasta Dios tuvo que cogerse en su imaginación a una menor de edad para después pedir perdón, para luego salvarnos—. Es su fiesta de quince años, pero toda la colonia sabe que no se comporta como tal, decenas de videos en Tik tok lo revelan, cientos de fotos en IG, lo certifican, de niña sólo tiene el recuerdo. Una típica fiesta cesará con su inocencia y a ti una espada te atravesará el alma, como típicamente se dice.
Por muy degenerada que haya sido la anterior desventura literaria, en algún sitio algo de ella fue verdad, y penosamente, lo más verdadero es que la inocencia ya no es típica en las fiestas. Algunos jolgorios han pasado a ser la antesala de la lujuria. En pro de la nueva era generacional a todo se le dice que ya es “normal”. Los papás se quejan de los nuevos libros de textos, pero inundan los ojos de sus hijos de redes sociales, empapan los oídos de canciones hipersexualizadas, es viable que el o la hija escoja su género, pero no es factible que ayuden a la manutención de los padres. Todo eso y cosas peores son las típicas estampas de familias mayoritariamente con un tipo de fe. Los días de fiesta están lujosas frente al altar, y por la noche y el resto de los años se violan a la puta de Babilonia, porque eso han hecho posible sus representantes, los máximos estafadores. También es típico en ellos “picarle los ojos a la fe”.
Quizá al lector la duda de lo típico no represente mayor notabilidad, pero no todo puede ser típico, no al menos en el sentido lingüístico por el cual estamos aquí. En grafías helénicas tal voz es emanada a partir de: τυπικος (typikos> typicos> típico) lo cual significa: ejemplo o escarmiento; así pues todo aquello que es ejemplo de o sirve para mejorar o disciplinar un sistema, nos resulta típico. Esto tiene vínculos con la palabra tipo, es decir el ejemplo de una “letra madre”.
Los trajes locales de alguna demarcación, comida, actitudes, ornatos, fiestas, están hechas a ejemplo de una primera, una típica que no es lo mismo que lo tradicional. Lo típico tiene más que ver con lo actitudinal, de allí que los juristas hablan de una tipicidad en relación con la acción o la omisión descrita por la ley.





