Pilar Torres Anguiano
Desde las doce se llenó la pulquería,
Los albañiles acabaron de rayar,
¡Qué re’ picosas enchiladas hizo Otilia,
La fritanguera que allí pone su comal!
Chava Flores
Las ciudades se caminan con la memoria y la memoria recorre las calles donde los nombres oficiales poco importan porque lo que realmente cuenta es lo que pasó ahí: la abuela que vendía tamales en la esquina, las niña y niños que crecieron jugando bote pateado con los otros de la cuadra, el árbol que sembraron mi papá y mi hermano afuera de la que creí que era nuestra casa. Las ciudades se levantan también con historias.
Pero de pronto, algo se rompe. Un café con lámparas industriales y menú en inglés ocupa la vieja miscelánea del barrio. Una galería de arte contemporáneo reemplaza al taller mecánico y la boulangerie de doble nombre francés reemplaza a la panadería de siempre. Los nuevos habitantes no saludan. No saben quién fue Don Miguel. No les interesa.
De los creadores de “El que es pobre es pobre porque quiere”, llega hoy: “¿Pero por dios, bola de resentidos, a quién podría molestarle que mi colonia, antes grafiteada y fea ahora se vea linda, elevando el nivel socioeconómico y el valor de la propiedad?”
La ciudad empieza a hablar otro idioma, uno que no todos entienden. Cambia su acento. Cambia su memoria. Y quienes la habitaron antes, los que la hicieron ser lo que era, comienzan a desaparecer. No por elección, sino por exclusión.
Como en Casa tomada, los viejos moradores son desplazados poco a poco por una presencia que nunca se nombra del todo. No hay invasores armados ni amenazas abiertas. Solo una incomodidad creciente, una extrañeza. Hasta que un día, como los hermanos del cuento de Cortázar, se van, dejan la llave bajo la puerta, y la ciudad cierra un capítulo sin siquiera saber que lo ha perdido.
¿Quién escribe ahora la historia de nuestras ciudades? ¿A quién se le permite quedarse y a quién se le borra?
La violencia no siempre golpea y patea. A veces llega vestida de diseñador, ipad bajo el brazo y un discurso sobre “revitalización”. Entra sin patear la puerta, pero cambia la cerradura. Se disfraza de progreso, pero deja fuera a los mismos de siempre. La gentrificación no arrasa con bulldozers, sino con rentas impagables y decisiones urbanas tomadas a puertas cerradas.
Es fácil no ver el despojo cuando viene aesthetic. Cuando el parque antes abandonado ahora tiene bancas de diseño, cuando el grafiti de protesta se reemplaza por murales instagrameables y todo se ve bonito. El problema no es el cambio en sí —toda ciudad vive de transformaciones—, sino quién las decide y a costa de quién. Henri Lefebvre escribió que todos tenemos “derecho a la ciudad”. No solo a habitarla, sino a imaginarla, construirla, decidir sobre ella. Pero cuando el capital entra como dueño, ese derecho se vuelve privilegio. Y el barrio, que era comunidad, se convierte otra cosa.
¿Puede una ciudad que expulsa a los más pobres llamarse justa? ¿Puede una calle que borra su historia llamarse renovada? La gentrificación —en su forma más cínica— no quiere compartir la ciudad. Quiere rehacerla para un público selecto, y la rediseña dejándola como set de película gringa, con prisa y sin memoria.
Eso pasa cuando la ciudad deja de mirar a sus habitantes para mirar solo a los inversionistas. Cuando olvida que lo que hace habitable un espacio no es su diseño, sino la vida que lo atraviesa. Y es que la idea de elevar el barrio parece noble, pero: ¿a quién se eleva, y a quién se deja caer? Porque no todos vuelan con alas propias.
Ese proceso empieza como una promesa luminosa, pero termina destruyendo a la comunidad que le dio sentido al lugar. Y cuando por fin cae, porque todo cae, solo queda una postal bonita… y un barrio vacío.
Hannah Arendt lo llamaba “el espacio de aparición”: ese sitio donde las personas se muestran como seres políticos, donde actúan, hablan, existen en lo común. Una plaza, una banqueta, una reunión comunitaria. No se trata solo de presencia física, sino de posibilidad de sentido. La gentrificación, al transformar lo público en escenografía, interrumpe ese espacio de aparición y lo convierte en vitrina.
¿Quién aparece en las nuevas ciudades? Jóvenes blancos en scooters eléctrico, doñas güeras paseando a sus perros con pañuelos de marca; influencers extranjeros buenaondita que no pagan impuestos, pero graban sus videos en rincones que no construyeron, flores que no plantaron, murales que no entienden.
Y para los que sí pudieron darse el lujo de quedarse, el desplazamiento simbólico es tan profundo como el físico. Si el espacio ya no te reconoce, si nadie te saluda, si ya no sabes a quién pedirle ayuda, entonces el barrio dejó de ser tuyo, aunque aún vivas ahí.
La pregunta no es si este proceso puede detenerse —aunque tal vez debería—, sino si es posible imaginar otro tipo de transformación urbana. Una que no confunda belleza con exclusión, sino en calidad de vida compartida. Una que reconozca que lo común es más valioso que lo exclusivo.
David Harvey habla de justicia espacial. No es un concepto abstracto. Es saber que las decisiones urbanas tienen consecuencias éticas: que al abrir una ciclovía se puede cerrar un mercado; que al renovar una plaza se puede desplazar a quienes la habitaban; que al embellecer se puede también destruir. Por miopía moral, por desinterés; por narcisistas y gandallas, pues.
Quizás la pregunta más honesta no sea cómo evitar la gentrificación, sino cómo evitar convertirnos en sus cómplices. Y aunque no decidamos los precios del suelo, sí decidimos qué historias vemos, a quiénes escuchamos, a quiénes saludamos. Y en eso, tal vez, aún tengamos algo de poder. Porque todos, de alguna forma, somos parte del relato que la ciudad cuenta de sí misma, de la ciudad que se traga a sí misma.
X: @vasconceliana





