Mario Patrón

Faltan sólo 84 días para el arranque de la Copa Mundial de la FIFA 2026. El evento con mayor cantidad de espectadores a escala global levanta siempre gran entusiasmo entre los aficionados; sin embargo, como ha ocurrido en cada edición, y especialmente en las más recientes, los preparativos no han estado exentos de tensiones y contradicciones.

En redes sociales sobran las voces que defienden la presunta neutralidad política del futbol. De hecho, la propia narrativa de la FIFA históricamente ha apelado a la no politización del futbol. Sin embargo, la historia nos muestra que el futbol ha sido y es utilizado como espectáculo dócil para la instrumentalización política, así como también puede ser un potente mecanismo de reivindicación social.

Pensemos, por ejemplo, en el Mundial de Argentina 1978, que por un lado fue presentado como el “Mundial de la Paz” para limpiar la imagen del régimen de Rafael Videla a escala global, al tiempo que las Abuelas de Plaza de Mayo aprovecharon la cobertura mediática para ganar visibilidad internacional y proyectar su exigencia de verdad y justicia frente al régimen de tortura, represión y desaparición de personas que caracterizó a la dictadura argentina, así como al resto de dictaduras latinoamericanas.

Aquella edición mundialista también fue motivo de otras expresiones de protesta, como la campaña de Amnistía Internacional “Futbol sí, Torturas no”, así como de un intento de boicoteo por organizaciones sociales francesas. Hoy, de cara a la edición 2026 del Mundial de Futbol, las contradicciones, tensiones y exigencias sociales no son tan distintas de las de aquel entonces. México está por recibir una copa del mundo en medio de una crisis de violencia.

Las desapariciones, que hoy se contabilizan en más de 132 mil, se conjugan con una crisis forense de más de 72 mil cuerpos que han ingresado a los semefos sin identificar y con un promedio de 57 homicidios diarios al cierre de 2025. Específicamente, el hallazgo de cuerpos en localidades aledañas al estadio mundialista de Guadalajara y los patrones de desaparición de personas en los alrededores del Ajusco, muy cerca del Estadio Azteca, contrastan con la actitud de privilegiar la concentración de energías y recursos públicos y privados para exacerbar mediáticamente la expectativa de la afición futbolera y para apresurar el acondicionamiento de la infraestructura mundialista.

A la revisión de altos contrastes debemos sumar la perspectiva de género, especialmente por tratarse de un deporte tan cargado de simbolismos y prácticas patriarcales, como el grito homofóbico lamentablemente tan frecuente en las tribunas, así como muchos otros insultos que reproducen y normalizan estereotipos y violencias.

Cifras del Banco Interamericano de Desarrollo, así como de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México, dan cuenta del considerable incremento de las llamadas y denuncias por violencia familiar y de pareja después de los partidos de futbol, así como de un notorio aumento de la actividad de comercio sexual tras dichos encuentros. Pero, ya que de violencia se trata, no sobra advertir que el entorno geopolítico tampoco abona para legitimar a Estados Unidos como digna sede del evento deportivo. Los distintos frentes de batalla abiertos en Medio Oriente con la participación protagónica de Estados Unidos contrasta con la vergonzosa entrega de un premio de la paz por la FIFA al mandatario estadunidense, Donald Trump, quien, por cierto, ya ha suspendido la entrega de visas a ciudadanos de 21 naciones participantes en la Copa del Mundo.

Por otro lado, la construcción de infraestructura para el turismo asociado al Mundial ha significado un proceso de gentrificación forzado que ha elevado drásticamente los costos de la vida en las ciudades sedes. Tal como ha sucedido en anteriores ediciones, se estima que el costo de la vivienda se incremente entre 40 y 155 por ciento –dependiendo de la fuente consultada– de cara a las obras del Mundial. Estas tensiones se han traducido ya en reubicaciones forzadas de los residentes tradicionales en los alrededores de los estadios mundialistas de las tres ciudades mexicanas que albergarán partidos, así como en el desplazamiento de personas en situación de calle.

Por todo lo anterior, los movimientos de familias buscadoras y distintas organizaciones populares han anunciado ya distintas acciones de protesta en contra de la realización del Mundial. Colectivos como el Frente Antigentrificación CDMX han anunciado manifestaciones en el contexto del partido reinaugural del Estadio Azteca el próximo 28 de marzo, y madres buscadoras se movilizarán el día del juego inaugural del Mundial en la Ciudad de México.

Como ciudadanía y frente a las profundas contradicciones y contrastes antes reseñados, deberemos estar atentos para no permitir la invisibilización de todos aquellos graves problemas que aquejan a la sociedad mexicana, cuya atención debería ocupar un nivel más alto de priorización que la celebración de una competencia deportiva. Con el antecedente de los Juegos Olímpicos de 1968 y el Mundial de 1970, debemos evitar que la justa deportiva oculte las graves violaciones a derechos humanos que día con día se viven en nuestro país.

Por ello, vale la pena tener en mente las palabras de Estela de Carlotto, presidenta de la asociación de las Abuelas de Plaza de Mayo, quien en el contexto del Mundial de Argentina 1978 dijo: “Mientras se gritan los goles, se apagan los gritos de los torturados y de los asesinados”.

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