Soledad Loeza
De vuelta las elecciones han dado prueba de la imaginación de los políticos mexicanos, aunque no es de celebrarse como una virtud porque no la han empleado para erradicar la corrupción, diseñar nuevos partidos, responder a los problemas más urgentes del país, abrirle el paso a los jóvenes que quieren hacer política o pensar en la mejor estrategia de movilización electoral. La imaginación les ha servido para encontrar unas formas novedosas de defraudación del voto. Además, hay indicadores de que los perpetradores del fraude no tenían mucho interés en ocultarse y que les daba igual que se notaran las trampas. Es posible que hayan querido hacerlas evidentes para subrayar que son impunes porque siguen siendo poderosos.
Una reacción esperable ante los resultados electorales del estado de México, por ejemplo, era la sorpresa. La serie de escándalos de corrupción que han estallado en esa entidad y su asociación con un presidente cuya popularidad se disipa día con día, sugerían que el voto en el estado sería tanto un castigo para Enrique Peña Nieto –que obviamente está detrás de Alfredo del Mazo– como un indicador del ánimo de la opinión pública para 2018.





