Como sabemos bien, el 7 de mayo de 2017 se enfrentaron, en la segunda vuelta de las elecciones francesas, Marine Le Pen, de la extrema derecha, y Emmanuel Macron, de centro derecha pero el cual, ante el peligro de un ascenso al poder de los desatados reaccionarios partidarios de Le Pen, reunió a su favor prácticamente a toda la gama de los electores franceses salvo precisamente a los de la extrema derecha, que siguen mostrando su fidelidad por Le Pen, y naturalmente otros votantes sin consistencia ideológica que pudieron haber votado por la candidata extrema a la presidencia de la República francesa.

Naturalmente nos estamos adelantando a los resultados ya conocidos (hoy) de la elección, hasta ese punto llega nuestra seguridad de que el electorado francés no dejará pasar más allá de esta segunda vuelta a Madame Le Pen, hija de su antecesor en la extrema derecha francesa, su padre Jean-Marie Le Pen, fundador del Frente Nacional. Como su padre, Marine Le Pen se opone radicalmente a la inmigración hacia Francia y Europa de ciudadanos de cualquier parte del mundo, especialmente del Medio Oriente, de Europa del Este y de África, sosteniendo que las migraciones tienden a destruir los valores y las tradiciones culturales francesas y la esencia misma de los conceptos de ley y orden que habrían sido los fundamentos del desarrollo de ese país. Marine propondría entonces severas restricciones a la inmigración y medidas económicas enérgicas para reducir el desempleo, que se supone es particularmente alto en Francia.

En el debate que hace unos días sostuvo con el ganador Emmanuel Macron, se mostró particularmente hostil a la Unión Europea, sosteniendo que esa Europa disminuye y atenta fuertemente en contra de la soberanía francesa. Afortunadamente, no sabremos cuáles serían los pasos de Marine para desligar a Francia de la Unión Europea.

Vale la pena mencionar también que su padre Jean Marie la criticó duramente hace unas cuantas semanas diciendo que debió llevar su campaña con un tono mucho más agresivo, “al estilo de Donald Trump”, y sin tantas concesiones a las “ideas comunes” que han adoptado tan gran número de franceses. Por supuesto el principio de derechos humanos hubiera quedado en gran rezago bajo el mandato de Marine, lo que nuevamente por fortuna no veremos.

Por supuesto, el candidato triunfador en las elecciones de este domingo, Emmanuel Macron, tiene un historial importante como banquero (socio de la Empresa Rothschild) y como relator de la «Comisión Attali» en 2007, cuando redactó un informe sobre crecimiento económico encargado por Nicolas Sarkozy; estos contactos lo introdujeron al círculo de Francois Hollande, quien después lo nombraría ministro de Economía. Ya entonces el ala izquierda del Partido Socialista francés criticó su designación, pero el hecho concreto es que Macron estuvo encargado por el Elíseo de cultivar las relaciones públicas con las principales empresas de Francia y Europa. En agosto de 2016 dimitió como ministro para dedicarse de lleno al movimiento político que acababa de formar “¡En Marcha!“. Miembro del Partido Socialista desde los 24 años fue activo, y colaboró intensamente con la Fundación Jean-Jaurés. De cualquier manera, resulta una excelente noticia para el mundo que no haya sido derrotado en Francia y que haya quedado fuera de combate el extremismo de derecha, país que siempre ha sido un modelo a seguir por jóvenes e intelectuales de muchos lugares del planeta.

El 30 de agosto de 2016 Emmanuel Macron dimitió como ministro de Economía para dedicarse al proyecto de su movimiento ¡En Marcha! sin descartar convertirse en candidato en las elecciones presidenciales de Francia de 2017, como ocurrió, si François Hollande desistía. Dejó el cargo siendo el ministro mejor valorado del gobierno y el político de la izquierda preferido de los franceses. Alejándose de los postulados socialistas Macron declaró en agosto: “La honestidad me obliga decirles que ya no soy socialista”. En 2015 había explicado que había sido militante del Partido Socialista pero que ya no lo era. En noviembre de 2016 confirmó su candidatura a las elecciones presidenciales de Francia de 2017.

Se inicia pues un nuevo ciclo político para Francia, en lo cual vale la pena destacar, sobre todo, la derrota de la extrema derecha, sin que esto signifique que Macron conserve algo de las ideas socialistas fundamentales, o que el socialismo, por más diluido que se le considere, sigue formando parte de su programa político y social. De todos modos, como decía, es una buena noticia para el mundo que la extrema derecha haya sido derrotada rotundamente.

Pero mientras esto ocurre en Francia, en Estados Unidos su ejemplo y guía Donald Trump hace de las suyas. En primer lugar parece a la postre haber ganado su propósito de eliminar el Obamacare como sistema de auxilio médico para los estadunidenses, en esas ocultas negociaciones en que los congresistas demócratas habrían aceptado lo principal de la eliminación del Obamacare. En una primera aproximación se calcula que alrededor de 24 millones de estadunidenses quedarán sin protección médica, y que el sistema llegará a las aseguradoras médicas privadas, reforzando de paso, extraordinariamente, la concentración de los ingresos y la eliminación de la atención médica ciudadana a decenas de millones de personas. Es decir, en una palabra, ampliando abismalmente la brecha y las diferencias entre ricos y pobres. ¡Uno de los mayores escándalos parece ya realizados en la era Trump!

Por otro lado, Trump sorteó el obstáculo, al menos provisionalmente, de quedarse con un gobierno sin presupuesto y paralizado por la ausencia de recursos, como resultado de su inoportuna solicitud de fondos para construir el muro con México. La cuestión fue pospuesta para decisión al próximo septiembre, es decir, se abre un compás de espera para que el presidente de Estados Unidos encuentre una solución “a modo” sobre la cuestión del muro.

Naturalmente, los aparatos de publicidad en manos del presidente han lanzado “vivas” a las dos conclusiones, elogiadas como victorias extraordinarias para Donald Trump, quien además cumpliría estrictamente con otros tantos compromisos de campaña.

Vemos pues que el mundo de hoy oscila entre la extrema derecha y un liberalismo que apenas osa decir su nombre.

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