Emilio Payán
La historia de Magdalena Jitrik está atravesada por una experiencia que no eligió y que, sin embargo, terminó por darle forma a su mirada. El exilio, más que un episodio, se volvió una condición: una manera de estar en el mundo y de observarlo con distancia.
En 1974 salió de Argentina. Tenía ocho años cuando sus padres–escritores, comprometidos con la historia y la política– se vieron obligados a abandonar el país. Su padre, Noé Jitrik, crítico literario y profesor universitario, había sido expulsado de la universidad tras una nueva intervención militar. Su madre, Tununa Mercado, trabajaba como periodista en el diario La Opinión desde principios de los años 70. La muerte del presidente Juan Domingo Perón aceleró un proceso de endurecimiento político que pronto se volvería irreversible. Las amenazas llegaron antes que la certeza. México apareció primero como una invitación académica y, después, como un refugio.
Su infancia transcurrió en la Ciudad de México en un tiempo que se volvió largo sin anunciarlo: 13 años no previstos. Allí el destierro dejó de ser una excepción y se convirtió en vida cotidiana. México fue un país de acogida, un territorio formativo. Magdalena creció rodeada de talleres, de artistas, de conversaciones en las que el arte no era una promesa futura, sino una práctica presente.
En el Centro Activo Freire, que recibió a los hijos del exilio latinoamericano, un profesor de arte, Arturo Marín, introdujo una diferencia que marcaría su camino: trató la pintura como algo serio, no como entretenimiento ni como ornamento. Allí comenzó una relación sostenida con el hacer pictórico todavía sin nombre.
El retorno a su nación de origen no tuvo la forma del regreso. Fue, más bien, otro desplazamiento. En 1987, ya adulta, se instaló en Buenos Aires. El país había cambiado y ella también. Venía de una escena artística intensa y experimental y encontró un medio fragmentado, sin referencias claras. Durante un tiempo, su trabajo fue incierto. No había una obra consolidada, sino una búsqueda.
Ese proceso encontró un primer punto de apoyo a fines de 1990, con su exposición individual en el Centro Cultural Ricardo Rojas. El espacio, entonces universitario y alternativo, permanecía al margen de los circuitos dominantes. No fue un gesto grandilocuente, sino una aparición discreta. Sin embargo, la recepción abrió posibilidades. En ese lugar, Magdalena encontró algo más que una sala: un contexto.
Poco después asumió tareas curatoriales en el mismo espacio, junto a Jorge Gumier Maier, figura central del arte argentino de los años 90. Esa experiencia le permitió pensar la producción artística no sólo desde el lugar de quien pinta, sino también desde quien organiza, selecciona y observa. Funcionó como una escuela paralela, silenciosa, decisiva.
La pintura de Magdalena Jitrik no se explica por su biografía, pero tampoco es ajena a ella. Sus obras no narran el exilio: lo contienen. Trabaja desde la abstracción geométrica, donde la forma deja de ser un recurso para volverse un lugar de prueba. En ese espacio persiste una tensión entre orden y fragilidad, entre construcción y desvío. Las formas parecen sostenerse, como si supieran que nada es definitivo. El color no irrumpe: permanece. La estructura no se impone: se pone a prueba.
En su obra no busca la anécdota ni la ilustración. Trabaja con la memoria como residuo, no como relato. Lo que aparece en las telas es una conciencia del tiempo: capas, interrupciones, recomienzos. Nada está completamente cerrado. Nada es del todo estable.
Entre México y Buenos Aires no hay una línea recta. La obra se construye en ese espacio intermedio donde el pasado no se abandona y el presente nunca termina de fijarse. Quizá por eso su pintura no proclama certezas. Se limita a permanecer, a insistir, a recordar, sin decirlo, que toda forma es también una forma de resistencia.
A partir de 2000, Magdalena se vinculó de manera activa con el movimiento social. Participó en asambleas populares y movilizaciones; además, fundó, junto con otros activistas, el Taller Popular de Serigrafía en San Telmo. Esa experiencia colectiva fue una práctica en la que la imagen circula, se comparte y se vuelve herramienta.
Desde entonces, Jitrik trabaja en ese territorio donde las fronteras se vuelven visibles. No separa el arte de la política: las hace convivir. Optó por cargar de sentido político la práctica artística, por hacer que la pintura dialogue con el poder, con la historia, con aquello que insiste en no quedar fuera del cuadro. En su gesto hay una decisión clara: apropiarse el oficio de la pintura como vía de acción política.





