Pedro Miguel
Hace apenas un par de años, el 1 de octubre de 2024, se dieron cita en la toma de posesión de Claudia Sheinbaum siete exponentes latinoamericanos de gobiernos progresistas o de centroizquierda: los presidentes Luiz Inácio Lula da Silva, de Brasil; Gustavo Petro, de Colombia; Gabriel Boric, de Chile; Luis Arce, de Bolivia; Bernardo Arévalo, de Guatemala; Xiomara Castro, de Honduras, y el primer ministro de Belice, Johnny Briceño, además de Luis Abinader, de República Dominicana, y Roosevelt Skerrit, de Dominica, ambos nominalmente socialdemócratas. Hoy en día, el progresismo ha sido remplazado por feroces gobiernos autoritarios en Colombia, Chile, Bolivia y Honduras que, junto con Belice, Guatemala y República Dominicana, se han sumado al Escudo de las Américas, instrumento hemisférico de control neocolonial de Washington.
Mientras, Lula se encuentra en una situación más que complicada de cara a la segunda vuelta electoral que habrá de realizarse el próximo 25 de octubre en Brasil, en las que los pronósticos no le resultan favorables (https://rb.gy/nchpj4). Pero, incluso si el actual mandatario consiguiera reelegirse, encabezaría un gobierno atado de manos, rehén de un Poder Legislativo dominado por el Partido Liberal de los Bolsonaro y formaciones conservadoras menores, en tanto que el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula ha quedado reducido a una pequeña minoría (https://shorturl.at/ f4QzB).
Ese congreso no sólo sería usado como ariete contra la Presidencia, sino también contra el Poder Judicial, y colocaría al viejo dirigente sindical ante un permanente jaque, con la espada de Damocles de una destitución senatorial como la que sufrió Dilma Rousseff en 2016. El bolsonarismo no tiene ninguna razón para impulsar una medida semejante, pero la derecha no requiere de razones; de hecho, tampoco las tenía para encarcelar durante dos años al propio Lula.
Así, de las cinco mayores economías de América Latina, tres se encuentran ya controladas por la ultraderecha (Argentina, Colombia y Chile), en tanto que, en el mejor de los casos, en Brasil quedará un gobierno del PT cercado y a la defensiva, y en el peor, veremos la demolición del régimen democrático por parte de un bolsonarismo triunfante y ciertamente cargado de rencores. A eso hay que agregarle la probabilidad de que en España fracase la arriesgada maniobra de Pedro Sánchez de convocar a elecciones anticipadas y que el 30 de noviembre el país europeo más vinculado a América Latina amanezca con una coalición fascista triunfante.
Teniendo al norte la sangrienta y atrabiliaria administración Trump, el escenario continental –del subcontinente geográfico y del continente idiomático– no puede ser más adverso para México porque, para empezar, no es tarea fácil promover los pilares constitucionales de la política exterior de nuestro país: el trumpismo pretende construir un mundo en el que no tengan lugar la autodeterminación ni los principios de no intervención, solución pacífica de las controversias, igualdad jurídica de los estados, cooperación internacional y respeto y promoción de los derechos humanos, y ha hecho cuanto ha podido por dinamitar la paz y la seguridad internacionales.
Toda la ultraderecha continental está afiliada a esta tarea de destrucción de la civilidad y es, en sus diversas denominaciones y nacionalidades, criatura, beneficiaria y promotora de la barbarie trumpiana. Hasta aquí, todo pinta mal y daría la impresión de que México tendrá que librar una batalla por la civilización en solitario y con los vientos en contra: unos vientos que buscan desestabilizar y descarrilar a la Cuarta Transformación valiéndose de sus agentes locales: la oposición política, los medios desinformativos –casi todos los privados–, las redes y los vínculos con la delincuencia organizada local, cuyos hilos y dinámicas tienen su consola de control en Washington.
Pero ocho días después de la segunda vuelta en Brasil tendrán lugar las elecciones legislativas en Estados Unidos, y aunque allí la Presidencia no estará en juego, Trump corre el riesgo creciente de salir muy mal librado y de quedar con un cargo tan vulnerable y a la defensiva que podría verse obligado a moderar o incluso abandonar su obscena agresividad contra casi todo el planeta. Y más allá de las instituciones, en el país vecino del norte se multiplican los signos de hartazgo político, económico y social; la combinación de crisis económica, desventaja legislativa e ira ciudadana bien pueden forzar al corrupto magnate a sobrellevar una segunda mitad de periodo meramente testimonial, si no es que antes se ve sujeto a un impeachment.
Y en ese caso, la parálisis del trumpismo, que ha sido la columna vertebral del ascenso de la ultraderecha en América Latina, tendrá consecuencias regionales inversas a las que provocó su auge. La historia se parece a la marea y hoy toca remontar esta pleamar de inmundicia tan desalentadora, y no se trata precisamente de una tarea pasiva. Entender y actuar son los verbos fundamentales del momento.
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