Víctor Flores Olea

Sí, a primera vista parecería muy fácil, pero en la práctica surgen mil dificultades y lo posible se convierte en una montaña de acertijos casi sin solución. En efecto, en el papel parece sencillo que en una elección las dos formaciones políticas que se ostentan como de izquierda en México, para el caso Morena y PRD se unan en un frente común. En abstracto, no parecería difícil pero en la práctica resulta mucho más complicado que en el papel. Y es que claro intervienen otras consideraciones, y en primer lugar, en el fondo, el de la dirigencia que encabezaría al nuevo frente, y el de la militancia que debería concretarse a la postre para dirigir esa coalición.

Por supuesto que las dificultades no son pocas, sobre todo cuando uno de los partidos (el PRD) tiene sobre la arena de la pelea electoral casi 30 años, con una larga historia complicada, y el otro (Morena) apenas recién ha surgido a la palestra electoral, lo cual, ahora podemos verlo, debería facilitar en principio su participación en un frente común. No es así, en todo caso, por ejemplo el caso del PRD, cuya historia le pone un sin fin de obstáculos muchas de los cuales, al parecer, son insuperables. Pero más allá de estas consideraciones, y por distintas razones, para ambos partidos no parece nada fácil el tránsito a un frente común.

En esta historia tan llena de malos entendidos y a veces dobleces, hay al menos dos hechos que parecen incontrovertibles: primero, el hecho de que una sola fuerza o formación de izquierda, por ejemplo Morena, no parece suficiente para echar del poder al PRI, y que para ello le sería necesario la contribución de otra fuerza política (¿o serían suficientes como refuerzo los actuales ciudadanos todavía en duda sobre su voto para el 1918, y que deberán entregar sus votos a Morena).

En otros artículos, y sabiendo que del lado del PRI están a la orden del día las operaciones fraudulentas en el voto electoral, hemos dicho que Morena debería ganar en la próxima elección con alrededor del 5% más votos que el PRI, cuando menos, para que su triunfo sea incontestable y se reconozca plenamente su ventaja y ganancia. Si tal cosa es verdad, se refuerza la tesis de la alianza de las izquierdas, en la actual circunstancia alrededor de Morena, que debería hacer indiscutible el triunfo de López Obrador, e imposible otro fraude más de las “mafias en el poder”.

Teóricamente, decíamos antes, la posibilidad anterior no debería ser demasiado remota, aun cuando en la práctica parece mucho más difícil por las ambiciones y esperanzas de muchos integrantes de esta izquierda amplia, que no dejan el paso libre ni a un frente electoral ciudadano de muy amplia mayoría, ni permiten que se exprese la mayoría efectiva que ha logrado López Obrador en estos meses, y años, de peregrinar incansablemente a lo largo y ancho de la República. La necesidad, y la posibilidad objetiva de un frente unificado de las izquierdas, es más factible y eficaz que en otros tiempos. Ojalá no se frustre por intereses y visiones personales.

Este esfuerzo que no debiera ahorrar voluntades de la izquierda, para formar el frente común posible al que nos referimos, es necesidad perentoria en un país que ha vivido ya varias décadas bajo el dominio del neoliberalismo, con un resultado desastroso en prácticamente todos los rubros, comenzando por el de seguridad y el del bienestar social, y también, no lo olvidamos, el de las drásticas y trágicas realidades en la concentración de la riqueza y en una miseria que se ha agigantado enormemente en el país. Más allá de la nomenclatura de los partidos, este conjunto de problemas reales ha sido básicamente ignorado por el PRI. Por supuesto, la violencia social que prevalece a lo largo y ancho de México es uno de los resultados más angustiosos y trágicos que vivimos, y ese conjunto sería una razón más, o un conjunto de razones adicionales, para procurar de verdad esta imprescindible formación de un frente democrático de las izquierdas, bajo la dirección natural de López Obrador, que se comprometa seriamente a enfrentar tales problemas que tienen en crisis al país.

Por supuesto, han de vencerse las dificultades y contradicciones al interior de las izquierdas, que parecen un obstáculo enorme para que se cumpla el objetivo que postulamos. Todos esperamos que no lo sean tanto, o que los militantes que están enredados en ellos, puedan al final de cuentas superarlos y dejarlos atrás. Ya que resultaría inconcebible que por pugnas, diferencias o no coincidencias coyunturales, que debieran entenderse como transitorias y superables, se frustre la posibilidad de que la izquierda tome el poder en México. La deuda histórica de quienes así actuaran no tendría perdón ni explicación, y quedarían marcados como falsos voceros de una pretendida izquierda con la cual dicen coincidir, cuando en el fondo su moral profunda coincide con la reacción mexicana, tan vasta que nos llena de temor.

La ausencia de una real apertura hacia la izquierda, pone al país al borde de un abismo tal vez sin regreso. Claro que es el peligro de una derechización profunda de México, pero también el peligro de una guerra civil que enfrente por la vía armada a los sectores más representativos de la izquierda decidida, con una derecha que significaría la regresión de México por muchos años, tal vez décadas. Tales son los peligros que surgen de un manejo sectario y retrógrada de la elección presidencial el año próximo. ¨La izquierda o el fascismo¨, parodiando la frase de hace varias décadas del gran Fernando Benítez.

No obstante seguimos en el optimismo, que no deja de reconocer las dificultades, y esperamos como siempre el mejor desenlace posible de este intríngulis.

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